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30/06/2005 | Irán: qué pensar

Rafael L. Bardají

Las elecciones en Irán han sido seguidas con una inusitada atención. La elección, finalmente, del ex-alcalde de Teherán, Mahmud Ahmadinejad, ha sido recibida con decepción. No sin razón, pero no por las razones que normalmente se han expuesto en los medios de comunicación.

 

Irán no es un país como otro cualquiera en lo que a su régimen político se refiere. Nuestras categorías no pueden ser transplantadas de manera automática y decir, como se dice, que ha ganado el ultraconservador Ahmadinejad sobre el pragmático Rafsanjani, no puede sino arrojar más confusión. Mahmud Ahmadinejad no es un conservador, sino un fundamentalista islámico, que son dos cosas bien distintas; Hashemi Rafsanjani no es un moderado, sino un buen discípulo de desaparecido Jomeini y un protegido de los guardianes de la fe islámica que gobiernan hoy Irán.   De hecho, a duras penas podemos confiar en que estas elecciones puedan ser calificadas de algo más que una farsa. Un reciente informe del Human Rights Wacht titulado “Acceso denegado: Las elecciones excluyentes iraníes” pone fríamente de relieve todos los mecanismos que los celadores de la revolución islámica emplean para evitar que las elecciones sean un proceso libre y democrático. Para empezar, y en contra del derecho instituido por la Convención de derechos civiles y políticos, en Irán no todos tienen el derecho y la oportunidad de presentarse como candidatos en unas elecciones. El Consejo de Guardianes de la Revolución, un órgano puramente ideológico, nombrado a medias por el Líder Supremo, Ali Jamenei, y los juristas religiosos, se reserva el derecho, entre otras muchas competencias, de seleccionar o vetar a quienes quieran. En las elecciones generales del pasado mes de febrero rechazaron a tres mil candidatos, casi la mitad de los que se presentaron, por no considerarlos fiables; en esta ocasión ha reducido de mil a 8 el número de contendientes, excluyendo en el proceso a las ocho candidatas mujeres que se querían presentar.   Las elecciones iraníes son a todas luces una farsa, destinadas a legitimar el poder de los clérigos fundamentalistas y que sólo perpetúan una política discriminatoria que castiga a las mujeres, a quienes no comulgan con los principios islámicos sobre los que se basa la república islamica y a todos los que prefieren otro sistema de gobierno. Es muy probable que la comunidad internacional hubiera preferido a Rafsanjani antes que Ahmadinejad, pero hay que decirlo bien alto: los reformistas iraníes no se presentaban a esta elección, simplemente porque están encarcelados. Los defensores del cambio, como Rostamjano, Echkevari o Ganji, se pudren en la cárcel donde los fundamentalistas los tienen encerrados.   Quienes han salido victoriosos de estas elecciones son, claramente, el Líder Supremo, guía espiritual –y en la medida en que en Irán religión, ley y orden están indisolublemente unidas- también guía político, Alí Jamenei, así como el hombre más importante del Consejo de seguridad nacional, Hasan Rojani, el padre del programa nuclear iraní. Frente al Islam dialogante con el que sueña Rodríguez Zapatero, quien tiene invitado al Irán de los ayatolahs a sumarse a su alianza de civilizaciones, copia, por lo demás, del diálogo de civilizaciones del vencido Jatamí, lo que se ha impuesto es un Irán a lo Corea del Norte, cerrado sobre sí mismo, envalentonado frente al mundo y enemigo de todo lo que valoramos en Occidente.   Pero no sólo han perdido los sufridos iraníes que hace un par de años, antes de que los movimientos estudiantiles de protesta fueran eliminados por los gobernantes de Teherán, podían soñar con una perspectiva de cambio. También hemos perdido los occidentales. Con la línea dura de la fe islámica más radical instalada tanto en las raseras del poder como en su imagen pública, la posibilidad de que Irán se muestre más flexible y acomodaticio en sus planteamientos sobre el programa nuclear, se reducen drásticamente.   Conviene recordar que Irán fue pillado in fraganti en el año 2003, gracias a las revelaciones de grupos disidentes, con un programa de enriquecimiento de uranio cuyo fin último no puede ser otro que dotarse de la capacidad de fabricar armamento atómico. Tras diversos tiras y aflojas con la Agencia Internacional de la Energía Atómica, Teherán, en noviembre de 2004, llegó a un principio de acuerdo provisional con tres países de la UE, el Reino Unido, Alemania y Francia. Los europeos solicitaban de Teherán el abandono de su programa de enriquecimiento y a cambio ofrecían una sustantiva ayuda tecnológica, energética y económica. Lo que obtuvieron, no obstante, fue el compromiso iraní de suspender temporalmente su programa nuclear, sin abandonar el principio de que es su interés  alcanzar la capacidad de enriquecer uranio y reservándose el derecho de llegar a hacerlo, si así lo consideran.   Desde entonces, Irán ha jugado abiertamente con los europeos. Ha aceptado congelar sus actividades ilegales tantas veces como ha anunciado su rechazo a todo acuerdo. Todo para extraer más concesiones de los europeos, para dividirles en su firmeza y para separar a Europa de Estados Unidos, quien siempre se ha manifestado contrario a otorgarle a los ayatolahs  prebenda alguna. Para muchos expertos, en realidad, lo que los gobernantes iraníes están haciendo es, simple y llanamente, ganar tiempo. Bajo la ilusión de firmar un alto a su programa nuclear, estarían arrancando de la comunidad internacional lo justo para, en su momento, presentar sus resultados, una bomba iraní. O, lo que es lo mismo, una bomba fundamentalista islámica. O, aún peor, una bomba capaz de ponerse a disposición de grupos terroristas como Hizbolá o Hamas.   El mundo occidental no debe llevarse a engaño con lo que estas recientes elecciones han traído. Su resultado no debe aceptarse como algo legítimo e indiscutible, porque el mecanismo no lo ha sido. Y sus implicaciones deben ser combatidas de manera contundente. Irán no es una democracia, bien al contrario. Las elecciones, por su falta de libertad, no son ninguna garantía de apertura, más bien lo opuesto. Y mientras los ayatolahs no estén exentos de sus vinculaciones con el terrorismo internacional, la perspectiva de una bomba atómica en sus manos es del todo inaceptable. Hay que hacérselo ver antes de que sea demasiado tarde.

Grupo de Estudios Estratégicos (España)

 


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