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18/04/2010 | De la bondad de las armas nucleares

Rafael L. Bardají

Desde su invención, las armas nucleares han provocado, sobre todo, fascinación, por su poder destructivo, y horror, por las consecuencias de su empleo. Yo diría, sin creer equivocarme mucho, que se ha impuesto el miedo y el horror en la opinión pública. Y, desde hace poco tiempo, mucho me temo que también entre gran parte de las elites políticas.

 

Vayamos por partes. Quizás el gran giro que está provocando una nueva ola antinuclear venga dado por el presidente americano Barack Obama. Va a hacer ahora un año, en abril de 2009, Obama dio un discurso en Praga en el que delineó su visión de un mundo donde el mayor peligro era el terrorismo nuclear: la mejor solución, según él, era un desarme atómico generalizado. Un mundo sin armas nucleares.

Consecuentemente, Obama mostró su deseo de llegar a un ambicioso acuerdo de desarme estratégico con Rusia. EEUU y Rusia tienen el 90% de las cabezas nucleares del mundo. Ese acuerdo fue recientemente firmado. Por otro lado, la nueva política nuclear americana, publicada apenas hace una semana, deja claro que Estados Unidos sólo considera el arma nuclear un sistema disuasivo que esgrimir únicamente contra otras potencias nucleares.

De cara a la próxima revisión del famoso a la vez que obsoleto Tratado de No Proliferación, Obama ha convocado una cumbre internacional para discutir el problema y obtener apoyos a su sueño de un mundo libre de armas atómicas. De momento, sólo Israel ha rechazado sentarse en un foro cuyo objetivo es criticar los sistemas estratégicos y demandar el desarme global.

Ante esta marea antinuclear, hay que decirlo bien alto y claro: no es ya que la bomba atómica sea el mejor regalo que Dios ha hecho a la Humanidad, es que el desarme nuclear, en las circunstancias actuales, es desestabilizador y peligroso.

De la bondad de las armas nucleares

Si no hubiera sido por el arsenal nuclear, muchos de nosotros no existiríamos, porque nuestros padres habrían luchado y, más que probablemente, muerto en la Tercera Guerra Mundial. Sin el temor a una represalia insoportable, los tanques soviéticos habrían avanzado hasta llegar a Gibraltar. De proseguir con la tendencia de bajas de la Primera y la Segunda, la Tercera Guerra Mundial habría dejado decenas de millones de muertos. Pero, en fin, no se llegó a librar.

Y si no se llegó a librar no fue por casualidad, sino por las armas nucleares. Por el miedo a una guerra total entre las potencias atómicas: EEUU y Rusia. Gustará o no, pero hay pruebas indudables de que el holocausto nuclear produjo un efecto balsámico en la confrontación Este-Oeste, moderando los comportamientos y marcando claros límites sobre lo que era posible y lo que no. Es más, hay evidencia empírica en otras zonas del mundo de que, cuando se dan las mismas circunstancias que en la Guerra Fría, a saber, gobiernos fuertes, estabilidad política, arsenales cuantiosos que no pueden ser destruidos en un primer ataque, buenos sistemas de alerta, y un entendimiento cultural y estratégico entre las partes, la existencia de armas atómicas resulta un factor de estabilización.

Pensemos en el conflicto entre India y Pakistán, potencias nucleares desde los años 90. Durante la crisis de 2002 que foco el territorio de Kargil, llegaron a movilizar a más de un millón de soldados: finalmente, se vieron compelidas a reducir progresivamente su agresividad y buscar un status quo. Es más, desde dicha crisis, comparable a la de los misiles cubanos que enfrentó a América con la URRS, han ideado un sistema de teléfono rojo y demás medidas de confianza que disipan cualquier duda sobre sus intenciones atómicas.

Ahora bien, garantizar la estabilidad mediante las armas nucleares requiere una gran inversión en recursos humanos, técnicos y financieros: los arsenales deben ser cuantiosos, mantenerse en perfecto estado de revista, estar diseminados, disponer de sistemas de detección avanzada de lanzamientos, etc. En fin, hay que tener una infraestructura a la vez amplia y costosa. Si sólo se cuenta con unas pocas cabezas atómicas y no se tiene seguridad sobre cómo se desenvuelve el adversario, el riesgo de estar 24 horas con el dedo en el gatillo, por si las moscas, resulta extremadamente peligroso: la incertidumbre y la inestabilidad conducirán, seguramente, a nefastos errores.

El desarme nuclear es un imposible

Una vez se ha descubierto o inventado algo, es imposible des-descubrirlo o des-inventarlo. Así de sencillo. El conocimiento está ahí, y la eliminación de los sistemas nucleares ni lo borra ni imposibilita que alguien lo aplique. Por lo que se sabe, si se cuenta con el material nuclear: 25 kilos de uranio u 8 de plutonio, con sólo cuatro científicos con conocimientos específicos se puede montar una bomba sencilla.

También sabemos que el diseño de cabezas sofisticadas ha estado circulando por medio mundo gracias al mercadeo de países como Corea del Norte o de redes clandestinas como la del padre de la bomba pakistaní, A. Q. Kahn. Su rastro se ha encontrado en sitios como Irán y Libia. Con dinero, tiempo y empeño, se pueden hacer barbaridades...

Porque esa es otra que se suele olvidar: que no todo el mundo considera un ideal el desarme nuclear... y no precisamente por las razones aquí expuestas. Si bien nosotros, los occidentales, vivimos con una mentalidad post-nuclear, según la cual las armas atómicas son malas de por sí, para muchos otros los sistemas atómicos no sólo son unos instrumentos militares idóneos, sino un motivo de prestigio y orgullo nacional. Y están dispuestos a las mayores penurias si con ello consiguen hacerse con ellas. Pensemos en Corea del Norte o Irán.

Para ser eficaz, el desarme nuclear tiene que se global y total, y eso, hoy por hoy, no es imaginable. Por otro lado, el desarme debería ir acompañado de un régimen normativo y fiscalización capaz de detectar cualquier intento de violación del mismo: y es que, en un mundo libre de armas nucleares, el que se haga con una tendrá en su mano una ventaja estratégica formidable. El régimen de no proliferación ha sido incapaz de detectar amenazas a tiempo. En 1991, Saddam estuvo a punto de conseguir su primer ingenio atómico; de Libia apenas se sospechaba nada hasta que, en 2003, Gadafi, temeroso de una invasión americana, decidió revelar su programa atómico; en cuanto al Irán de los ayatolás, si no es por los grupos opositores, la Agencia de Viena nunca hubiera tenido constancia de sus desarrollos clandestinos.

Así las cosas, la mejor garantía frente a la proliferación de armas nucleares son... las armas nucleares occidentales.

Los riesgos del desarme

El miedo que azuza Obama para avanzar en sus planes abolicionistas es el peligro del terrorismo nuclear. En algo estamos de acuerdo: hoy, la mayor amenaza atómica proviene de que un grupo terrorista se haga con un artefacto y lo haga explotar, dado que los arsenales estatales son meramente disuasorios, no están pensados para ser empleados.

Ahora bien, los planteamientos actuales, lejos de disminuir ese peligro, lo agravan. Por una cuestión muy sencilla: toda vez que se retira de la circulación un arma nuclear, el grado de control sobre la misma y sus componentes tiende a relajarse. Hay múltiples casos que así lo prueban: recuérdese, por ejemplo, la lamentable situación de los silos ucranianos con misiles rusos.

En lo relacionado con los grupos terroristas, el mayor riesgo no procede de que lleguen a fabricar una bomba, sino de que obtengan lo más difícil, el material fisible, en algún sitio. Se sabe que Rusia no sabe a ciencia cierta cuánto plutonio o uranio tiene almacenado en sus cerca de 140 instalaciones dedicadas a ello. Añadir a ese caos contable unas 150 toneladas de plutonio y cerca de 1.000 de uranio sólo puede incrementar la posibilidad de que alguien las redirija al mejor postor sin preguntar demasiado...

Esto es particularmente grave si se tiene presente la incapacidad técnica de las potencias nucleares para deshacerse del material puesto fuera de circulación. En los Estados Unidos sólo hay una planta en Amarillo, totalmente impotente para gestionar la avalancha de material que se le vendría encima de salir adelante los planes obamitas.

En suma, si las armas suelen ser factores de estabilización y el desarme, una empresa muy arriesgada, incluso imposible, ¿por qué decantarnos por lo segundo? Hay que hacer como Netanyahu y decirle a Obama: "Yes, we can't".

Grupo de Estudios Estratégicos (España)

 



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