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02/10/2008 | Qué hacer con Rusia. Defensa contra la intimidación

Rafael L. Bardají

Rusia agredió militarmente a Georgia el pasado 5 de agosto. Un mes más tarde sus tropas seguían ocupando partes importantes de dicho país, cuya soberanía sigue siendo todavía hoy puesta en cuestión por el Kremlin. ¿Qué se ha podido escuchar en nuestros países, las democracias avanzadas del mundo liberal? Pues que no debemos reaccionar con firmeza porque lo más importante es evitar una nueva Guerra Fría.

 

Sin duda, nadie en su sano juicio puede querer revivir aquellos tiempos de (delicado) equilibrio de terror nuclear. Pero hay una cosa que los occidentales hemos de tener clara: el desencadenamiento de una nueva Guerra Fría no depende de nuestro comportamiento, sino del de Moscú. Si Rusia se pliega a un comportamiento respetuoso con la legalidad internacional, podremos evitar un enfrentamiento, frío o caliente. Pero si continúa con su política agresiva y de creciente intimidación, será ella y sólo ella la responsable de lo que ocurra.

Ha habido voces que consideran al presidente georgiano el máximo culpable de la invasión rusa de su país. "Mijaíl Saakashvili calculó muy mal", se dice. Es posible que cayera en una trampa, una provocación, pero quien se escuda en ese razonamiento ni es justo ni es sincero. Que Saakashvili pensara que podía retomar el control de Osetia del Sur no es el tema; el tema es la política del Kremlin, que no sólo respondió de forma absolutamente desproporcionada, sino que ha teorizado su manera de proceder en lo que ya se conoce como Doctrina Medveded: Rusia tiene derecho a intervenir en el espacio post-soviético, y además se arroga el deber de defender a sus nacionales allí donde lo considere necesario, lo cual, teniendo en cuenta la dispersión rusa y la generosidad de Moscú a la hora de conceder pasaportes a residentes en zonas en disputa, le otorgaría una gran capacidad de injerencia.

El oso ruso ha vuelto. Para quedarse. Pero eso no debe llevarnos a conclusiones erróneas sobre cómo tratar con él. Hay quien afirma que el proceso de ampliación de la OTAN ha descarrilado y está finiquitado para siempre. Craso error. Si se cree que cerrando las puertas de la OTAN se va a contentar a los dirigentes rusos, se está cayendo en la ingenuidad más pura. La agresión sobre Georgia no es un hecho aislado, sino que se enmarca en un plan mucho más amplio.

Cuando llegó a la Presidencia rusa, Putin se lanzó a una guerra contra todos los que pudieran limitar o disminuir su poder. No dudó en encarcelar a oligarcas que le resultaban incómodos, ni en cerrar medios de comunicación críticos con su persona. Luego procedió a recuperar su influencia en lo que Moscú denomina "el extranjero cercano". Todos sabemos cómo ha querido imponer sus criterios: mediante ciberataques contra Estonia, cerrando el grifo energético a Bielorrusia, amenazando a Ucrania con el bloqueo, eliminando a disidentes como Litvinenko, invadiendo Georgia... Pero la cosa no va a quedarse ahí; pronto le llegará el turno a Ucrania, donde se movilizará a la minoría rusa y se esgrimirá Crimea como casus belli.

Hay quien considera que, ahora, lo mejor es no provocar al Kremlin y seguir una política de apaciguamiento. Que pasaría, en primer, lugar por abandonar los planes de ampliación de la OTAN. Echarse atrás en esto último sería el peor de los errores que pudiéramos cometer los occidentales. Querer apaciguar a Moscú por medio de esa vía no es lo apropiado. De hecho, si hay alguna lección que sacar de esta crisis, va en la dirección opuesta: Rusia se atrevió a invadir Georgia porque Georgia se encuentra en una complicada zona gris. Así, no forma parte de la OTAN porque los europeos no han querido (aunque se le ha prometido que algún día lo conseguirá). Si Tiflis hubiera tenido en su mano la invitación, Moscú se hubiera visto obligada a modificar sus cálculos y, con toda probabilidad, no hubiera recurrido a una invasión armada. Por eso quien pide que se ponga freno a la ampliación de la Alianza no sólo ésta concediendo una victoria al agresor ruso, sino que le está incitando a que vuelva a agredir.

Lo que hay que hacer es justo lo contrario. Georgia y Ucrania merecen ser reconocidos oficialmente como miembros de la Alianza. Ésta, por su parte, no puede seguir tomándose a la ligera sus compromisos para con sus miembros, nuevos o viejos.

Expandirse en tiempos de calma es bien sencillo, pues no se ven riesgos en el horizonte. Con una Rusia que quiere imponer su hegemonía resultará más complicado. Pero se debe hacer. Sólo que adoptando las mayores precauciones.

Moscú actuará como un matón si cree que nuestras promesas de defensa colectiva son palabras huecas, mera retórica sin consecuencias. Es lo que sabe hacer y lo que cuadra con su filosofía de política de poder puro y duro. Por tanto, los aliados deben adoptar medidas que den credibilidad a sus palabras. La OTAN dejó hace años de hacer un planeamiento operativo de defensa colectiva, volcada como estaba en sus misiones fuera de área. Es hora de retomar esa vía. Aún más, la Alianza debería contemplar la posibilidad de desplegar algunas de sus unidades en tierras de sus nuevos miembros. Sin algaradas ni provocaciones, sino como legítimo instrumento de garantía de la defensa colectiva. Aquí, las zonas de nadie no valen más que para alimentar el ansia expansiva de Moscú.

Si hay alguna lección que retener de todas las décadas de la Guerra Fría es que la defensa colectiva fue creíble porque los soldados de la OTAN estaban permanentemente presentes y desplegados en todo territorio de la organización. Se trataba de una "defensa avanzada", como se decía entonces. Ahora toca eliminar las zonas grises. La OTAN no puede adoptar una política de zonas desmilitarizadas.

En cuanto a Georgia, la ayuda a la reconstrucción civil es indispensable, pero no suficiente. Nos guste o no su actual presidente, debemos admitir que el futuro del país no puede depender de lo que se diga o haga en el Kremlin, sino que debe estar en las manos de los propios georgianos, que son quienes deben elegir democráticamente a sus líderes. Tenemos la obligación moral de fortalecer sus instituciones democráticas, no de debilitarlas con un nuevo acuerdo de Yalta que reviva las esferas de influencia en Europa.

Mostrarse firme no quiere decir buscar la confrontación. Debemos tender la mano del diálogo a Moscú, pero siempre y cuando Moscú no se comporte como un matón. Sus amenazas de reforzar su ayuda a Irán en materia nuclear van en la dirección equivocada, al igual que sus maniobras nucleares en el Caribe. Y si sus dirigentes no se dan cuenta, pues habrá que hacérselo ver.

La intimidación no puede dar sus frutos. La OTAN lo dejó claro durante décadas. No tiene por qué ser distinto ahora, sólo porque hayamos cambiado de siglo.

Publicado en el Suplemento Exteriores de Libertad Digital, el 30 de septiembre de 2008

Grupo de Estudios Estratégicos (España)

 


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