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16/07/2017 | Desigualdad y desquites

Carlos Rodriguez Braun

La izquierda habla mucho de las “conquistas sociales”, las “luchas contra la desigualdad”, y de “preservar el Estado del bienestar”. Pero ¿cumple cuando la desigualdad aumenta?

 

Parecería que una mayor desigualdad incrementará la demanda social de políticas redistributivas, con lo que los partidos presentarán una oferta de más medidas de ese tipo que, como están asociadas con la izquierda, llevaría a concluir que a más desigualdad más éxitos electorales de la izquierda. Tres investigadores noruegos, sin embargo, refutan esta idea: E. Barth, H. Finseraa y K.O. Moene, “Political Reinforcement: How Rising Inequality Curbs Manifested Welfare Generosity”, American Journal of Political Science, julio 2015.

Su argumento se basa en que cuando la desigualdad aumenta, también lo hace el rechazo de los votantes con rentas inferiores a la media a pagar impuestos para financiar el Estado de bienestar. De ahí que el énfasis habitual de todos los gobiernos en que pagan más los más ricos se multiplique en épocas de crisis. Las demandas políticas de esas personas bajan porque perciben con más claridad que son ellas que están financiando las políticas sociales.

Los resultados de la investigación de estos profesores parecen extraños, porque concluyen que un aumento de las rentas de las personas aumenta la demanda del Estado de bienestar, cuando parecería que los ricos tienden a demandar menos de ese Estado, y no más. Su hipótesis es que la clave reside en distinguir dentro de cada grupo de renta, por un lado, y entre los grupos, por otro. En este segundo caso, el gasto social es un bien inferior, que se demanda menos a medida que la renta aumenta.

Una de las cosas más regulares que sucede con nuestra renta y nuestra riqueza es que las autoridades se las quedan. De ahí que nos guste el desquite, y tanto más cuanto mayor sea la presión tributaria. De ahí el interesante fenómeno de que Cristóbal Montoro se haya convertido en un político detestado en un grado muy superior al de cualquier otro ministro de Hacienda de la historia de España.

Hace unos años circuló profusamente en las redes y los medios el caso del empresario y músico Chema Bejarano Martín, cuya última voluntad puede verse en la lápida que pidió que colocaran en su tumba en el cementerio de San Pedro Latarce, en la provincia de Valladolid: “Montoro, cabrón, ahora ven y cobras”.

Se dirá que la pataleta es absurda. Después de todo, las deudas fiscales no se extinguen con el fallecimiento del deudor. De hecho, todos sus herederos han de hacerse cargo de esos compromisos con Hacienda. Por supuesto, si don Chema tenía algunos bienes, sobre ellos recaerá el peso del fisco en el Impuesto de Sucesiones, aunque en ese caso el desquite sería para el ministro Montoro, que podría alegar que se trata de un gravamen transferido a las Comunidades Autónomas.

La Razón (España)

 



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