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04/05/2015 | Deflación y daños

Carlos Rodriguez Braun

El pensamiento único carece de matices a propósito de la deflación: afirma sin titubear que es el peor de los males relacionados con los precios y que los bancos centrales deben lograr que los precios suban. Sin embargo, ni el análisis teórico ni la contrastación empírica avalan el diagnóstico, como pude comprobar, una vez más, gracias al profesor Juan Manuel López Zafra, que me recomendó este trabajo de C. Borio, M. Erdem, A. Filardo y B. Hofmann: “The costs of deflations: a historical perspective”, BIS Quarterly Review, marzo de 2015.

 

Los autores revisan un extenso período, de 1870 a 2013, y analizan deflaciones en 38 países. Distinguen entre lo que llaman deflaciones persistentes, con cinco años o más de caídas continuas en el IPC, y las demás. La mayoría de las primeras se produjeron antes de la Segunda Guerra Mundial. De hecho, después de 1945 sólo hubo cuatro: dos en Japón, una en China y otra en Hong Kong. Lo que sí hubo fueron deflaciones transitorias, hasta un centenar.

Descubren que no hay una relación claramente negativa entre deflación y crecimiento. Más aún, a partir de 1945, cuando predominan las deflaciones no persistentes, el crecimiento tendió a ser mayor en los años de deflación.

Si se afina el análisis y se toma en consideración el crecimiento después y antes de los máximos en los precios previos a las deflaciones, aparece una relación muy débil entre deflación y un crecimiento menor, por el peso de la Gran Depresión de los años 1930, particularmente en Estados Unidos. Pero la importancia recae en las deflaciones de activos y no en las de bienes y servicios.

Analizan también el caso de la deuda, y el impacto negativo de la caída de precios en la carga real, la "debt deflation" que analizó Fisher en 1933. Otra vez, observan que la relevancia corresponde a los activos, porque la deuda eleva los costes de las deflaciones registradas en sus precios. El caso de Japón, con la deflación persistente más intensa de la posguerra, es curioso, porque el IPC cayó un 4 % entre 1998 y 2012, pero el PIB per cápita bajó en la década de los noventa del siglo XX y subió en la década de los 2000; el PIB ajustado por la población activa, que toma en cuenta el impacto del envejecimiento sobre la actividad, creció bastante más.

En conclusión, no está claro que las deflaciones sean universal e incuestionablemente perniciosas, sobre todo en el caso de las caídas en los precios de bienes y servicios. Más dañinas son las deflaciones de activos, en especial las de los precios de la vivienda. En cuanto a la deuda, la relación más nociva no es la interacción entre deflaciones de deuda y de bienes y servicios, sino entre deuda y deflaciones en los precios inmobiliarios.

Este artículo fue publicado originalmente en Expansión (España) el 20 de abril de 2015.

El Cato (Estados Unidos)

 



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