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08/09/2015 | Reseña: Ascenso y caída del capitalismo

Carlos Rodriguez Braun

David M. Kotz, catedrático de Economía en la Universidad de Massachusetts Amherst, escribe este libro deficiente en análisis y reiterativo en propaganda.

 

Un hilo conductor es la ficción de que hemos vivido un período de excesiva libertad y predominio del mercado libre, cuya consecuencia fue la crisis. Seriamente sostiene que el Estado se retiró, y que bajaron el gasto público y los impuestos, que nunca han sido más elevados. La deficiencia analítica es particularmente flagrante a la hora de analizar el Estado, porque sigue la vieja patraña marxista que lo retrata como un mero títere de la burguesía —alguna vez he escrito que es el títere más curioso de la historia, porque obliga a pagar al titiritero.

Esta debilidad técnica impide ponderar el elemento más sobresaliente de la dinámica pública, y es que la coacción cambia de forma, típicamente, en la época supuestamente ultraliberal posterior a la caída del Muro de Berlín, lo que sucedió fue que se privatizaron empresas públicas mientras que la presencia del Estado aumentó hasta niveles inéditos porque creció en otros campos, singularmente en la redistribución coercitiva del llamado Estado de bienestar.

La propaganda antiliberal hegemónica, incapaz de explicar este fenómeno, de cuya existencia no cabe la menor duda, cae una y otra vez en la estafa de denunciar los devastadores males ocasionados en las últimas décadas por un Estado desmantelado que jamás existió.

Es irrisoria la aversión de Kotz a la etapa reciente del comercio exterior, relativamente menos proteccionista. La censura amargamente porque bajaron los precios: los especialistas recordarán una de las características del mercantilismo según el texto clásico de Heckscher: “el miedo a las mercancías baratas”, es decir, el miedo a lo que más beneficia al pueblo llano. Y es absurdo su retrato del FMI como liberal, siendo una institución pública, creada y organizada por políticos, nutrida por burócratas, financiada por los contribuyentes, y que no ha dejado nunca de reclamar que suban los impuestos, en tiempos recientes con la última jácara de los enemigos de la libertad: la “lucha contra la desigualdad” —como es sabido, esta lucha es engañosa, porque a los supuestos luchadores no les molesta en absoluto que el poder político sea cada vez mayor y más desigual con respecto a sus súbditos.

La coherencia no es habitual entre el antiliberalismo, y este libro no constituye una excepción. Así, afirma que los neoliberales quieren menos Estado, pero también más, y al final resulta que el neoliberalismo, retratado como liberal, equivale a un Estado pequeño pero grande, y que propicia la libertad pero encarcela cada vez a más personas.

Así como incurre en la temeridad de asegurar que el capitalismo devino hostil a las obras públicas, que “languidecieron en la era neoliberal”, repite tópicos sin base alguna, como que Keynes salvó al capitalismo (curiosamente, lo hizo socializándolo...) e insulta la memoria de millones de obreros asesinados afirmando sin rubor que el comunismo fue bueno para los trabajadores.

Va el lector de sorpresa en sorpresa, desde bobadas marxistas dignas de Martha Harnecker (volveré al final sobre este delirio totalitario) hasta la vulgaridad técnica de sostener que la inflación de los años 1970 fue culpa sólo del petróleo, sin relacionarla con la política monetaria —habla del colapso de Bretton Woods en 1971 como si hubiese sido producto del clima. Aquí una joya: “Todo el mundo sabía que el gran gasto público y la movilización de la Segunda Guerra Mundial habían terminado abruptamente con la Gran Depresión”. Es pura propaganda, porque “todo el mundo” no era todo el mundo sino, precisamente, los mecanismos de propaganda que aún hoy extienden esta leyenda sin base empírica: el dinamismo de la economía americana no se recuperó gracias a la guerra sino gracias a que terminó. Repite varias veces el cuento de la trickle-down theory, que ningún economista liberal defiende, y la distorsión habitual de la teoría de los mercados eficientes, identificados como perfectos.

La colección de desatinos no parece tener fin: los beneficios empresariales son dañinos, la libertad sólo beneficia a los ricos, la culpa del paro es de las empresas, la culpa de las burbujas es de los bancos (pero no de los centrales), es malo que las empresas sean más competitivas, cualquier privatización es nociva y cara, el presupuesto equilibrado es desaconsejable, los déficits públicos son óptimos, la deuda pública no importa si está denominada en moneda local y en manos de residentes, hay que aumentar el gasto público: si la recuperación es lenta es por la austeridad, EE.UU. es el país del hambre, la miseria y los suicidios; y todos los políticos son pérfidos neoliberales, incluidos los chinos, aunque por suerte hay un país que es la gran esperanza contra el opresivo y empobrecedor neoliberalismo: Venezuela.

No extrañará la conclusión de este profesor: hay que imponer el socialismo, nada menos, porque “si el capital es plenamente libre para moverse por el mundo, el resultado es enfrentar a los trabajadores en cada país entre sí en una carrera hacia abajo”, lo que no sólo es una pura invención sino que además ya había sido denunciada como tal hace un siglo por los primeros socialistas. En efecto, justo al revés de Kotz, que saluda la “coalición de clases” del capitalismo más intervenido y regulado, esos socialistas consideraban dichas alianzas como conspiraciones contra el pueblo y como propiciadoras de conflictos nacionales e internacionales que el libre comercio mitigaba y resolvía.

A pesar su cruenta historia, el autor defiende el socialismo, la “propiedad social”, la “planificación económica participativa”, el empleo para todos, los servicios públicos gratis, mucha democracia y “libertad de expresión y de asociación”, como si no fueran claramente incompatibles con el intervencionismo masivo. Como ya he apuntado, aplaude la criminal tiranía comunista soviética porque “logró el pleno empleo”, y la brutal dictadura maoísta porque en ella los trabajos más ingratos “rotarían con el tiempo entre la población”.

Sin embargo, pálido el rostro, el profesor Kotz nos asegura que el nuevo socialismo será “democrático participativo planificado” y, aunque será igual que el antiguo que regó el planeta con sangre obrera, este será diferente: aniquilará también la propiedad privada pero esta vez será completamente angelical. Criticarlo, faltaría más, es prueba de una desviación “ideológica”.

Este artículo fue publicado originalmente en Iberian Journal of The History of Economic Thought (España) Vol. 2, Núm. 1, 2015, p. 85-86.

El Cato (Estados Unidos)

 



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