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04/05/2015 | El furor de la calle

Antonio Navalón

Baltimore es una muestra de lo que puede pasar con la minoría latina sin papeles

 

Barack Hussein Obama ocupó el Despacho Oval con los sueños de su padre y defendiendo la utopía. Obama pensaba que el mundo debía ser multipolar y que las fuerzas políticas que representaba tendrían algo de sentido común al final. Gobernar desde los sueños es algo —por lo menos, para llegar al poder— necesario. Otra cosa es que, una vez en el poder, no se sepa la diferencia entre lo que se quiere y lo que se puede.

De golpe, las Américas están irrumpiendo en el proceso electoral estadounidense. Queda mucho tiempo, pero prepárense para ver cosas sorprendentes en la siguiente campaña presidencial de Estados Unidos. No solo me refiero a esas impúdicas cantidades de dinero invertidas en los llamados SuperPacs (Comités de Acción Política), que permiten que las aportaciones privadas a los candidatos sean anónimas, sino que habrá facturas que se pagarán en español.

Los últimos datos económicos de grandes países de Latinoamérica —como México y Brasil— anuncian que, cuando se celebren elecciones en la Gran República, habrá otra crisis asociada al desarrollo de esas naciones. Pero ahora uno se pregunta cuál será el impacto en el balance de la región de toda el hambre, pobreza y tristeza que acompañan esas previsiones económicas. Mientras tanto, ¿qué campaña, qué países, qué vínculos o qué modelos vamos a utilizar? Estados Unidos ha vuelto a América Latina: el efecto en cadena afecta no solo a Cuba y Venezuela, sino a todo el continente.

En las últimas semanas, Baltimore ha mostrado la no asimilación de las minorías raciales y civiles en Estados Unidos. Es un asunto muy viejo, todavía más inexplicable si consideramos no solo que un afroamericano es el inquilino de la Casa Blanca, sino que, desde la muerte de Martin Luther King hasta ahora, han pasado tantas cosas que resulta increíble que el problema se centre en una sola comunidad, cuando en realidad el sistema estadounidense es incapaz de asimilar ninguna.

Baltimore son todos los niños deportados de forma masiva por Estados Unidos en los últimos cinco años. Baltimore es la ley pendiente para legalizar a unos 15 millones de inmigrantes indocumentados. Baltimore es una muestra de lo que puede llegar a pasar con la minoría latina que está sin papeles, sin techo y sin familia si no hay una solución a la reforma migratoria.

Que Barack Obama, el hombre más preocupado por arreglar esa situación, sea el presidente que ostenta el mayor récord de deportaciones no significa que —al menos— no haya intentado resolver un problema que, si estalla, será más violento que lo que hemos visto hasta ahora en Baltimore.

Sin duda, la emigración y la circunstancia de las Américas serán clave en la próxima elección presidencial estadounidense. Los Gobiernos latinoamericanos están embargados por profundas crisis económicas, según el FMI, y también están en bancarrota moral por los masivos escándalos de corrupción que impiden ofrecer un mundo mejor a su población, lo que produce el éxodo hacia el infierno que viven los ilegales en Estados Unidos.

Los incidentes de Baltimore sirven también para la región latinoamericana porque su no solución y que cada día nazcan más hijos de latinos indocumentados en Estados Unidos solo incrementará un conflicto que puede llegar a ser diez veces mayor al que hoy crean unos policías que no tienen en cuenta los derechos humanos, sino que primero disparan y después preguntan.

Quizá la explicación de tanta violencia esté en que las fuerzas policiales de EE UU hoy se nutren, en una parte considerable, de exmilitares de las guerras perdidas de Irak y Afganistán, dos territorios donde no se aplica la Ley Miranda que garantiza los derechos de los detenidos en el gigante del Norte.

Estados Unidos está inestable porque eligió el camino de la fuerza; la fuerza para imponer su ley. Lo está porque ha vuelto al escenario latinoamericano con todo su poder, pero también con todas sus debilidades, la principal de ellas que el próximo en ocupar el despacho Oval puede ser elegido con los votos de quienes hablan español. Eso exige una cierta coherencia en relación con el discurso y a las políticas. Hoy Estados Unidos es incoherente en su búsqueda de un modelo propio.

Washington se dio las leyes más salvajes y las prisiones más inexpugnables, pero hoy la preocupación por la seguridad en la primera potencia se refleja en una frase de Trevor Noah, el nuevo presentador de The Daily Show: “Nunca pensé que me sentiría más inseguro en las calles de Nueva York que en las de Soweto”. Se echan de menos los viejos días de Sudáfrica.

Cuando uno es afroamericano o latino debe saber que encontrarse a sí mismo será una convulsión dramática. También debe ser consciente de que los Gobiernos latinoamericanos no solo van a tener un problema de incumplimiento e inestabilidad en sus propios países, sino que tendrán la imposibilidad de fijar unas políticas claras para defender sus intereses en una campaña electoral que —ya verá— será a sangre y fuego.

El País (Es) (España)

 



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