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08/09/2014 | El islam en América

Antonio Navalón

La población musulmana en la región no ha ofrecido ninguna evidencia que permita saber cómo operan los yihadistas

 

La actualidad no se puede conjugar en tiempo pasado. Las situaciones de las que somos testigos hoy hay que describirlas con la frialdad con la que suceden, por más dramáticas e inexorables que parezcan.

Estamos asistiendo al germen de un horror colectivo producido por la diabólicamente inteligente estrategia del Estado Islámico. Sus ejecuciones -que, debido a la era de las comunicaciones se ven en todo el mundo- nos llevan de manera inevitable a volver los ojos hacia la realidad de la comunidad de ascendencia árabe y musulmana en América Latina.

En 2010, más de 20 millones de personas originarias de Oriente Próximo vivían en países latinoamericanos. En Brasil había 10 millones, de los cuales 8 eran de origen libanés, casi el doble de la población de Líbano que ascendía a poco más de cuatro millones.

Tres países han nutrido las comunidades árabes en la América que no habla inglés: Líbano, Siria y Palestina. Los tres resumen los conflictos más dramáticos que se dan no sólo entre árabes y judíos sino también entre árabes y árabes. A la vez, son los tres territorios por donde atraviesa el único camino posible para lograr la paz interna en el mundo islámico.

Tras el 11 de septiembre de 2001, los estadounidenses parecieron olvidar que los terroristas habían entrado de manera legal en su país. Su memoria borró que quienes volaron las Torres Gemelas gastaron miles de dólares en aprender a desviar el rumbo de un avión para estrellarlo contra el corazón del orgullo estadounidense.

Las Torres se derrumbaron y la historia del mundo cambió. Resulta inexplicable que, en vez de un mea culpa por la ineficacia del aparato de seguridad estadounidense, una de las reacciones más virulentas fuera cerrar todas las fronteras. Especialmente las de México y Canadá, como si la destrucción hubiera partido del cruce clandestino de las fronteras geográficas, no de las ideológicas.

Con o sin razón, se comenzó a investigar la bitácora de llegadas a los aeropuertos fronterizos de supuestos terroristas árabes que presuntamente intentarían entrar en Estados Unidos desde los países vecinos.

La población de origen árabe o de fe musulmana en Latinoamérica no ha ofrecido ninguna evidencia que permita saber cómo operan en la región los yihadistas, que cuentan en sus filas con más de 2.000 extranjeros, en su mayoría británicos, franceses, alemanes y españoles.

Esta comunidad no ha dejado de crecer en los últimos años. Por ejemplo, en Argentina había en 2004 unas 700.000 personas de ascendencia árabe, ahora la cifra asciende a más de 3.5 millones, o en Venezuela donde han pasado de 90.000 a más de 600.000.

Durante años el Irán de los ayatolás ha sido el principal sospechoso del terrorismo islámico, financiando y apoyando al grupo libanés Hezbolá. Ahora la teocracia chií, ante la brutalidad del yihadismo de matriz suní del Estado Islámico, aparece como un factor de estabilidad.

En este contexto hay preguntas inquietantes que responder: ¿Cuántos mexicanos, brasileños, centroamericanos están en el proceso de captación de los yihadistas?¿Por qué Latinoamérica carece de los mecanismos de defensa predictiva que le permita saber cuántos hispanos pueden integrar ese yihadismo que está alterando todas nuestras certidumbres?

No es ya de recibo seguir satanizando sin pruebas a ciudadanos latinoamericanos por el 11-S, pese a la estrambótica relación que estableció el desaparecido Hugo Chávez con el también políticamente desaparecido Ahmadineyad. De hecho el vuelo entre Teherán y Caracas aún se mantiene con una periodicidad regular aunque no se sepa a qué se dedican sus pasajeros.

El atentado con coche bomba contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) en 1994 en Buenos Aires -del que la justicia argentina culpa al régimen iraní- fue la primera alerta del terrorismo islámico en el continente. Un territorio ideal, dado su profundo desajuste social y la violencia criminal del narcotráfico para empezar una campaña de reclutamiento de yihadistas.

Por ello, inquieta pensar en las consecuencias que podría acarrear el aumento de una comunidad islámica radical en una zona dominada y entrenada por sicarios. El terrorismo es una de las mayores preocupaciones mundiales, pero el cierre de fronteras, sin el acompañamiento de un programa de vigilancia y desarrollo regional, no logrará evitar el peligro.

El País (Es) (España)

 



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