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03/11/2015 | Universo argentino

Antonio Navalón

Ahora parece claro que Macri pondrá en marcha la limpia del kirchnerismo.

 

Todos los observadores políticos se han sentido obligados a hablar sobre el resultado de la primera vuelta de las elecciones en Argentina. Los hechos son tan conocidos que no hace falta repetirlos. No ganó el que, aparentemente, tenía todo para lograrlo y hay muchas causas para que eso sucediera. Ahora, entre la primera y la segunda vuelta, ha quedado de manifiesto que Daniel Scioli nunca fue la elección de Cristina Fernández, sino la menos mala de las alternativas. Porque ninguno de los dos fue más allá de esa especie de matrimonio de conveniencia que nunca especificó sus responsabilidades.

En ese sentido, en el fracaso momentáneo de Scioli queda patente que sólo La Cámpora es heredera directa de las esencias peronistas más tradicionales, que mantienen la intención de no perder el poder. Los que estuvimos en Ezeiza aquel día de junio de 1973 en que volvió el general Juan Domingo Perón, después de recibir a Héctor J. Cámpora —que presentó una candidatura fantasma para que el general y el peronismo pudieran regresar a la presidencia—, presenciamos en la pista del aeropuerto un baño de sangre entre peronistas que reclamaban el monopolio de la herencia de su figura.

Pero no porque Perón fuera sanguinario, sino porque aquel híbrido llamado peronismo había engendrado una tendencia a la violencia entre ellos mismos. Que el peronismo se ancle en las raíces más profundas del país de Borges lleva a comprender la razón de ser de un movimiento con el que Eva Duarte fue capaz de levantar con los descamisados el cinturón industrial de Buenos Aires para sacar de la cárcel a Perón.

Porque en la base de esta forma de entender la política argentina hay una influencia esencialmente femenina que se ha transmitido durante generaciones, en la que Perón fue la cara, pero Eva el sentimiento. Y dura hasta el momento en el que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner debe asumir la realidad de una situación que ella misma generó: por una parte, el riesgo de haber entregado el país a Mauricio Macri, y por otra, no apoyar a Scioli con lo que dio vida al monstruo que puede robar las esencias peronistas.

Ahora, parece claro que Macri pondrá en marcha la limpia del kirchnerismo. Sin embargo, la soberbia del poder impide entender la realidad de algo que ya parece imparable. Pero en esa hipotética limpieza, los desechos no llegarán al río porque él también es un habitante del planeta Argentina, que representa la continuidad dinástica de uno de los principales grupos económicos del país. Por lo tanto, es muy probable que, en algún punto, lo que hayan hecho los Kirchner se podrá hermanar con lo que han hecho los Macri, conformando así un armisticio.

¿Le conviene a Cristina Kirchner que Scioli no gane? A estas alturas, probablemente eso no dependa de la voluntad presidencial. Aunque el peronismo es tan fetichista que aún espera las señales de salvación que no llegaron durante la campaña, en la que las navajas cámporas tuvieron un papel preponderante y cuya torpe separación del candidato propició la pérdida de la provincia de Buenos Aires que se perfilaba como el refugio kirchnerista.

Eso no resulta irremediable porque el peronismo ya ha perdido situaciones de poder. Como le ocurrió al doctor Raúl Alfonsín, objeto de un golpe de Estado que él a su vez dio por la incapacidad política de gobernar la esperanza que representó. Tener una posibilidad de poder en el planeta Argentina con el componente peronista no significa ser capaz de hacerla triunfar.

Ahora Macri debe recordar que sus antecesores acabaron en manos del peronismo oculto que boicoteó al radical Fernando de la Rúa, que aplicaría las políticas económicas que generaron el corralito, provocando que ese mandatario no saliera por piernas, sino por aspas en un helicóptero de la Casa Rosada. El 10 de diciembre, cuando asuma el nuevo presidente, las centrales sindicales continuarán con un poder incontrolable, La Cámpora con su poder fáctico y una sociedad civil que no será indiferente ante el posible asalto de aquellos que pretenden acabar con lo logrado.

Y el espíritu de Evita Perón diciendo “volveré y seré millones” deberá ser asumido por quien gobierne, consciente de que la otra viuda —porque hasta ahora el peronismo era viudo— puede estar pensando que lo mejor que le puede pasar es justo lo que está ocurriendo. Porque finalmente el camino al que ahora se dirige Argentina es la mejor campaña para que dentro de cuatro años vuelva a ser la presidenta Kirchner.

El País (Es) (España)

 


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