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27/05/2014 | Seguros e ilegales

Antonio Navalón

La violencia en América Latina es endémica como la desigualdad social, la injusticia y los buenos deseos

 

Y más temprano que tarde, como dijo Salvador Allende en su despedida: “Se abrirán las grandes alamedas por donde pasee el hombre libre”.

La violencia en América Latina es endémica como la desigualdad social, la injusticia y los buenos deseos.

Una vez desaparecido el elemento catalizador de la división entre la derecha y la izquierda, los golpes militares y la instauración del nuevo mapa de América, sobre una era del fin de la impunidad —coincidiendo con la justicia universal propugnada por Baltasar Garzón en España—, Latinoamérica va volviendo a un limbo entre su seguridad y sus garantías jurídicas.

En un momento en el que se tiene la posibilidad del coro universal de la protesta y de la investigación a través de Internet y las redes sociales, es curioso que los países latinoamericanos no tengan un modelo de seguridad capaz de defender la integridad física y el sistema de libertades de sus comunidades.

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En México, cerca del monumento del Ángel de la Independencia, a espaldas de las puertas de los leones del Parque de Chapultepec, en la base de la Estela de la Luz que es signo de la oscuridad corrupta mexicana, se pueden leer mensajes desgarradores de familiares de mexicanos desaparecidos.

Hay madres que buscan a cuatro hijos; hijas que claman por sus padres. Todos los esperan de vuelta; los esperan vivos.

Refiriéndome a otro país de América Latina, es innegable que en Venezuela se tortura. El informe del Human Rights Watch, respecto a las manifestaciones del 12 de febrero de 2014 revela que más de 150 personas fueron víctimas de abusos graves y en 45 casos no estaban participando en las protestas cuando las fuerzas de seguridad venezolanas actuaron contra ellas.

Desaparecida la lucha ideológica que representó la izquierda y la derecha (el marxismo y los gobiernos de derecha de Estados Unidos), no hay razón para que tengamos gobiernos que desbordados por la realidad, pierdan la sensibilidad que tuvieron.

Ejemplo de ello es Dilma Rousseff, quien pasó de guerrillera contra las juntas militares a presidenta constitucional de Brasil. Ella, que viene de toda la cascada de libertades en Latinoamérica, la cual permitió enjuiciar a los Videla en Argentina, terminar con los Pinochet en Chile y limpiar la conciencia sucia de América, es a quien le está tocando administrar una situación que significa desde limpieza si no étnica, sí limpieza de pobreza en las favelas, hasta mandar a sus policías a tratar de defender sus calles, en un sistema en el que las conquistas que permitieron que Rousseff llegara a ser presidenta se olvidan por la administración del día a día.

Por su parte, que el (des)gobierno de Maduro no aprendiera la lección de que Chávez nunca mató, no legitima que ahora su lucha se traduzca en la tortura sistemática contra el pueblo venezolano.

Hablando nuevamente de México algunos piensan que el expresidente Calderón hizo bien tratando de recuperar los espacios perdidos por la corrupción y los narcotraficantes. Pero, cuando un gobernante desencadena una guerra tiene la obligación de saber cómo ganarla y él no tenía un plan de victoria. Todavía hoy sacado y cumplido el peor precepto de todos, lo fácil no es haber sacado a los militares de los cuarteles, lo difícil es regresarlos a ellos.

No se sabe dónde está el punto final de la guerra contra el narcotráfico en México. Los desaparecidos aún se cuentan por miles. De 2006 a 2012 se reportaron más de 27.000; de 2012 a 2014 se disminuyó a 16.000 y ahora se tienen 8.000 según el Secretario de Gobernación.

Augusto Pinochet no tuvo más de 5.000 desaparecidos. La dictadura argentina, baldón y vergüenza moral de América, tuvo 33.000 El Gobierno de Calderón heredó al de Peña Nieto 27.000 y aunque la cifra ha disminuido, un año y medio después de estar en el poder los desaparecidos ya no son sólo de Calderón.

El frágil sistema latinoamericano de libertades y seguridad naufraga frente a lo inmediato: terminar los estadios de fútbol en Brasil, hacer cruzadas contra la pobreza en México y torturar a civiles en el camino de ver quién manda en Venezuela.

Me pregunto: ¿para qué sirve la OEA? Desaparecido el referente del enemigo del Norte y fracasado el populismo chavista en los países del ALBA, ¿hacia dónde nos dirigimos?

¿Quién cuidará —en un sistema caracterizado por la ausencia de ley—, el orden que permitirá encontrar a los desaparecidos en México, no seguir torturando ni asesinando a los jóvenes en Venezuela, ni tener que limpiar lo que huele mal de la sociedad en las favelas brasileñas o destruir en la Avenida Paulista las respuestas que los gobiernos no saben dar?

El País (Es) (España)

 



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