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05/04/2012 | El príncipe de las derrotas

Lluis Bassets

Convertir los reveses en oportunidades es el secreto que El Asad aprendió de su padre.

 

Hijo de su padre. Formado e instruido por su padre para sucederle. Amoldado al secreto y a la ocultación en los que su progenitor se hizo a sí mismo: el secreto de los conspiradores militares y la ocultación de los alauíes, la secta chií que ha practicado la taqiya (disimulación) para sobrevivir en un mundo hostil suní. Educado en el trabajo minucioso y atento, en la paciencia y en la previsión, virtudes tempranas desarrolladas por el padre, Hafez el Asad, desde que participó en 1960 en la creación del Comité Militar, seguidores sirios de los Oficiales Libres de Nasser. Pero por encima de todo, disciplinado como su padre por las derrotas, la auténtica base del poder familiar junto con la represión: derrotas en manos de los ejércitos ajenos —israelíes—, y victorias sobre los suyos —los árabes—, como tantos otros dictadores y ejércitos golpistas en la historia.

Bachar el Asad resiste tanto porque, como su padre, sabe convertir los reveses políticos en oportunidades para mantenerse en el poder. Como él, está dotado también de un sentido de superioridad sobre sus rivales, que “no hacen sus deberes, tienen la memoria corta y actúan de forma impulsiva”, según Patrick Seale, el biógrafo del fallecido dictador e implacable retratista de su compleja personalidad (Asad. The Struggle for the Middle East, 1988).

El joven El Asad no había nacido cuando su padre fue ascendido a jefe de la fuerza aérea siria y apenas tenía un año cuando se convirtió en ministro de Defensa y muy pronto en hombre tan fuerte del régimen como para hacerse con la máxima responsabilidad —lógicamente por la fuerza, pero esta vez sin sangre—, algo que sucedió en 1971. El Asad padre fue derrotado militarmente desde distintas responsabilidades en la guerra de los Seis Días, en la del Yom Kipur y en la de Líbano de 1982. Política y diplomáticamente, ni se sabe cuántas veces mordió el polvo. Sobre todo desde que Egipto firmó la paz con Israel. Su última derrota fue el final de la guerra fría y los acuerdos de Oslo. En estas tres décadas, Siria ha ido reduciendo sus alianzas y sus bases en Oriente Próximo, hasta la situación actual de máximo aislamiento y pérdida de amistades, solo con el amarre del veto doble de Rusia y China y la alianza chií con el Irán de los ayatolás.

Tomar ventaja de la debilidad es por tanto una técnica de poder vivida en casa y heredada. De derrota en derrota y con la sangre hasta los codos, El Asad ha conseguido sobrevivir más de un año. Gracias a Rusia y China ha convertido los intentos de condena en el Consejo de Seguridad en autorizaciones para proseguir la matanza. Durante este año a sangre y fuego ha hecho más reformas que en toda su historia: todas inútiles, puro maquillaje sin disimulo sobre el rostro de la dictadura.

Justo al empezar las revueltas, El Asad levantó el estado de sitio impuesto nada menos que hace 49 años, en 1963, uno antes de nacer, cuando el grupo de golpistas baazistas entre los que se hallaba su padre tomó el poder a tiro limpio y sin contemplaciones (800 muertos, 20 ejecuciones). En este año y pico de revueltas no han faltado medidas reformistas, incluso elecciones, un referéndum, y reformas constitucionales que incluyen el reconocimiento del pluralismo político y el final del monopolio del partido Baaz: una comedia siniestra, acompañada de una inacabable ración de sangre y de dolor (9.000 muertes), con la que cubrir las formas, las vergüenzas.

Esta altísima moral de la derrota en la que el clan alauí de los Asad ha construido su poder no es la única explicación a su resiliencia, por supuesto. Según Seale, su padre “ni siquiera en los momentos peores admitía la derrota”. Pero sirve para comprender su buena disposición para la negociación y su aceptación formal de buena parte de las propuestas que se le plantean, por duras y exigentes que sean. La habilidad para retorcerlas y tergiversarlas es infinita. De ahí la prevención con que debe acogerse su aceptación del último plan de paz, el que le ha llevado el ex secretario general de Naciones Unidas Kofi Annan.

La propuesta de Annan tiene una virtud: no es tanto un plan de paz como una prueba definitiva, aceptada por todos, incluidos el régimen y sus aliados Rusia y China, para aclarar el camino. Muy pocos creen que funcione. Pero el 10 de abril se podrá comprobar su difícil cumplimiento: El Asad debe retirar las Fuerzas Armadas de las ciudades, permitir el auxilio a la población, dar libertad de movimientos a los periodistas y reconocer los derechos de reunión y de manifestación. A la vez que acepta el plan, el régimen asegura que la revuelta ha sido ya sofocada. Todo quedará despejado el próximo martes: si las calles se llenan de nuevo de manifestantes y nadie les ataca, sabremos que el plan de Annan ha triunfado y hay una transición que asoma la cabeza; en el caso harto probable de que regresemos a lo que hemos conocido durante un año, no quedará margen alguno ni para el príncipe de las derrotas ni para la comunidad internacional en la continuación de la farsa.

El País (Es) (España)

 



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