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21/09/2009 | Alemania - Merkel, una desconocida

Lluis Bassets

La jefa del Gobierno alemán es la vacuna contra la antipolítica y el populismo. Representa todo lo contrario que Sarkozy o Berlusconi. La duda es si el domingo próximo, tras el cierre de las urnas, aparecerá como prototipo de una derecha social o de canciller de hierro.

 

Angela Merkel no ha cambiado. A otros el cargo les cambia. A ella no. Tal como llegó a la cancillería en 2005 llega ahora a las elecciones. Con el mismo estilo, su perfil bajo y sin aristas o su limitada capacidad para entusiasmar a los alemanes. Así lo demostró en su debate televisivo cara a cara con Frank-Walter Steinmeier, el vicecanciller y ministro de Exteriores, ahora rival y candidato también a la cancillería. Al igual que sucedió en la campaña de 2005 frente a Schröder, aunque con la sordina que impone la Gran Coalición, esta mujer sobradamente preparada para dirigir un partido y para gobernar no consigue enamorar a las cámaras y al gran público. En un tiempo de seductores y vendedores de peines sin púas, Merkel no tiene glamour. Si enternece a buena parte de quienes la admiran en Alemania, que son muchos, es precisamente por lo contrario, por ese rostro tristón e inexpresivo de patito feo, sus gestos de fastidio ante los focos o su vestuario alejado de cualquier veleidad y pretensión: no hay trampa ni cartón, vale lo que vale y se la debe valorar por sus acciones y resultados. También, es verdad, por la súbita luz que ilumina su rostro cuando sonríe abiertamente o por su ironía inteligente pero mordaz, alejada de cualquier vulgaridad. Es todo lo contrario de lo que representan los prototipos de Sarkozy o Berlusconi, dos variedades, ciertamente de distinta calidad moral, en la fauna contemporánea del poder que comparten narcisismo, vanidad e hinchazón del ego, características ajenas a la sicología de la canciller. Merkel es la vacuna contra la antipolítica y el populismo.

No ha cambiado, pero vive un tiempo de cambio, una primavera de los camaleones en la que no tiene más remedio que acomodarse a sus congéneres. El hundimiento del neoconservadurismo de George W. Bush, la quiebra de las ideas económicas que han llevado a la crisis financiera y a la recesión, y finalmente la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca han obligado a los políticos de todo el mundo a una reconversión acelerada, en algunos casos cómica y en otros patética. Merkel no ha quedado fuera de esta contorsión, en la que con frecuencia se ha visto obligada a desmentirse en muy pocas horas: así ha sucedido con sus afirmaciones sobre la fortaleza del sistema financiero alemán hace un año, en mitad de las turbulencias de Wall Street. Sarkozy llegó al Elíseo como el presidente liberalizador que garantizaría el crecimiento y la capacidad de compra de los franceses; pero después del 15 de septiembre de 2008 se ha visto obligado a enfrentarse a la recesión con el viejo arsenal del intervencionismo gaullista y a impulsar propuestas de izquierdas que incomodan a sus propios seguidores. El presidente de la Comisión Europea, Jose Manuel Durao Barroso, alcanzó la vara de mando de Bruselas gracias a Bush, Aznar y Blair con el objetivo de impulsar el programa neocon y neoliberal y ahora repite después de haber jurado en su particular Santa Gadea que no es el asesino del Estado de bienestar y la protección social. Ella también ha hecho cosas así, pero algo menos y en todo caso sin la exhibición de descaro y desvergüenza de otros.

La canciller llegó con las pretensiones de desregulación extrema consagradas en el congreso de su partido dos años antes, ya rebajadas por los resultados electorales y por las exigencias de sus socios socialdemócratas. Aunque propone ahora la alianza de centro derecha al igual que hizo en 2005, cuando no podía temer una victoria tan ajustada que la obligara a coaligarse con sus adversarios, esta reiteración no va a contrapelo del espíritu del tiempo. Su socio potencial de coalición, el liberal Guido Westerwelle, asegura que "en el Bundestag hay cuatro partidos socialdemócratas": el FDP, el suyo, es naturalmente el único que no lo es. "En caso de duda, a la izquierda" titulaba hace unos días el semanario Der Spiegel. Y el director de Die Zeit, Joseff Joffe, ha insistido en la misma idea de que "conservadores y demócrata cristianos están moviéndose hacia la izquierda". Y añade: "Nos están dando socialdemocracia sin socialdemócratas. Se han convertido en ecologistas y partidarios del Estado de bienestar; lentamente pero con toda conciencia se están apropiando de las reivindicaciones culturales de la izquierda, como los derechos de los homosexuales y el feminismo". En el caso de Merkel la mayor paradoja es que su propuesta de alianza con los liberales se debe a razones prácticas, no ideológicas: ella misma se brinda para convertirse en el ala socialdemócrata que modere a los partidarios radicales del mercado libre en un gobierno de coalición.

En 2005 se la comparaba para su disgusto con Margaret Thatcher: "Estuvo en contra de la unidad alemana y por eso no es la comparación más adecuada", decía entonces. Ahora, en cambio, cuando se le tilda de socialdemócrata, son muchos los que temen, sobre todo en la izquierda y en el mundo sindical, que finalmente surja de verdad una dama de hierro que quiera desafiar su poder como hizo Thatcher y aborde con radicalidad esas reformas del Estado de bienestar que han quedado a medio camino gracias a la Gran Coalición. Otros, los liberales sobre todo, no tan sólo lo esperan sino que piensan trabajar en este sentido si consiguen gobernar con ella. En el panorama alemán, donde hay un millón y medio de puestos de trabajo en precario gracias a las medidas tomadas por el Gobierno frente a la crisis, se teme que la coalición negra y amarilla sea la bandera de los despidos masivos.

La actual campaña, tal como la plantea Merkel, parece destinada a una silenciosa ocupación del centro del escenario, en una especie de ejercicio de hipnosis destinado a adormecer al electorado para que vote mecánicamente a quien ha conducido el país durante los últimos cuatro años con bastante buena fortuna y cuenta con un prestigio y una imagen internacionales que hacen inútil aventurar otras alternativas. Ella no quiere ni sabe jugar en los extremos y menos todavía en los márgenes. Lo suyo es la mitad del campo. Vale para su país, su Gobierno, su partido e incluso para su propia posición política personal. Merkel es física de profesión, pero la virtud que mejor ha desarrollado pertenece al mundo de la química, de la que es catedrático su marido, Joachim Sauer: es una mujer política con mucha valencia, concepto que define la capacidad de los elementos químicos de combinarse con los otros.

Y esa es la carta decisiva que está jugando en estas elecciones: ningún otro candidato, ningún otro partido tienen mayores márgenes. La definición de su primera opción de Gobierno, una coalición con los liberales del FDP, contiene también un mensaje subrepticio de reafirmación de su firme emplazamiento en el centro: ocupo la posición medular del campo político y puedo coaligarme ahora con unos, ahora con otros. Excepto con Die Linke , claro; esa Izquierda tan útil ahora como partido maldito y como espantajo, y que constituye también el exacto contrapunto a su posición política y a su mentalidad ideológica. La formación de Oskar Lafontaine y Gregor Gysi es el partido del gasto, la crítica acerba, los duros valores y las propuestas radicales pertenecientes al mundo de las ideologías, el siglo XX en realidad, mientras que el suyo es el partido del pragmatismo, la capacidad de consenso y coalición. La propuesta de Merkel sustituye la ideología por la topografía política, en la que es la posición en el arco político la que determina el contenido de los programas y no lo contrario.

No ha sido nada fácil alcanzar esta cota de poder estratégico, que coincide ahora con el final de su primer mandato como canciller. Antes de llegar a este punto se ha visto obligada a superar una carrera de obstáculos que ha fortalecido sus músculos e imagen. No pudo optar a la cancillería en 2002, cuando probablemente estaba ya perfectamente preparada para hacerlo. Los barones bávaros y renanos, católicos y reaccionarios, que manejaban el cotarro fueron quienes le cerraron el paso entonces para lanzar a uno de ellos, al cacique bávaro Edmund Stoiber, que se estrelló contra las astucias y la habilidad del último canciller socialdemócrata, Gerhard Schröder. La derrota dejó el campo libre a Merkel para la siguiente ocasión, en 2005, pero apenas consiguió pasar el listón: su victoria fue disputada y se llegó a regatear con el precio de la cancillería, que Schröder todavía quería retener con todo tipo de trampas en esta Gran Coalición inevitable.

Esta vez, en cambio, las cosas pintan mucho mejor para esta corredora de fondo, este motor diesel de la política europea. Nadie le discute ahora el liderazgo dentro de la coalición socialcristiana CDU-CSU ni hay razón alguna para hacerlo. Los socios socialdemócratas parten de la peor posición en los sondeos desde la fundación de la República, por debajo del 28% que obtenían en los tiempos en que quien arrasaba en las urnas era el Viejo, el fundador de la República y de la CDU, Konrad Adenauer. La única alternativa a su candidatura requiere coaliciones negativas que contienen mayores contradicciones que la propia fórmula con la que ha gobernado con los socialdemócratas desde 2005: es muy difícil ligar a verdes y liberales, con sus peleas sobre la energía nuclear por ejemplo, para completar la mayoría de gobierno con los socialdemócratas; y también lo es que verdes e izquierdistas de Die Linke encuentren un terreno en común con el SPD, en un frente de izquierdas que actúa como fácil espantajo en tiempos de crisis.

De ahí que las dos únicas fórmulas sólidas, la alianza natural entre CDU-CSU con la FDP o el matrimonio de conveniencia entre CDU-CSU y el SDP, significan mantener a Merkel en la cancillería. Si gana esta segunda vez, la victoria será suya entera. Entonces tendrá las manos libres que pide para ella el semanario británico The Economist "para ver lo que es capaz de hacer". Por eso intentan regateársela todavía, como hace el partido hermano de la CDU, la CSU bávara. Los socialcristianos del sur, que todavía conservan la hegemonía pero se hallan ya en la pendiente electoral, preferirían una campaña más arisca y una mayor polarización, tanto en dirección a los socialdemócratas como a los liberales, los dos socios potenciales de Merkel para el próximo período.

Aunque siga siendo una desconocida, no lo son sus acciones y las ideas prácticas que se han hecho realidad en sus manos. Puede ser que algunas puedan atribuirse a la fórmula con la que ha gobernado, al igual que otras podrán tener causa en la cultura política alemana. Pero hay algunas que pertenecen directamente a su patrimonio político y biográfico. Su simpatía por Estados Unidos, muy propia de la Alemania sajona y hanseática a la que pertenece, contrasta por supuesto con el antiamericanismo visceral que quiso enervar Schröder con la guerra de Irak, pero también, ya dentro del conservadurismo, con el nacionalismo renano y bávaro, más francés e incluso gaullista, y por tanto susceptible con Washington. Se explica, naturalmente, por la experiencia soviética propia de cualquier ciudadano que haya vivido al otro lado del Telón de Acero. Merkel entiende como pocos políticos alemanes los sentimientos de polacos y checos con ocasión del giro en política exterior que ha efectuado Obama. Lo mismo cabe decir de su propia política exterior, en la que ha querido rimar el realismo de la diplomacia y de los negocios con la exigencia en cuanto a respeto de los derechos humanos, y no siempre con fortuna. Si todo ello se suma a su identificación sin matices con Israel, permitiría componer el cuadro de un internacionalismo idealista propio de una neocon europea. Pero no es el caso: el respeto por las instituciones y procedimientos, su cultura del consenso y su alergia hacia la polarización, la acercan en cambio a Obama y a su apuesta por una democracia deliberativa, en la que la discusión y la argumentación, con la convicción racional como momento final, son los complementos imprescindibles de las urnas.

La bendición del nuevo presidente norteamericano ya la obtuvo en una toma subrepticia de un cámara de televisión en la que Obama daba por hecha su victoria. No es una cuestión personal. Angela Merkel ejerce sobre la izquierda el mismo magnetismo que Tony Blair ejerció en su día, desde Downing Street, para la derecha mundial. Se diría, a veces, que esta señora surgida del frío viene de otro mundo. No es extraño que nos preguntemos sobre quién es realmente. ¿Una derecha social, que cree en el papel regulador del Estado y en los límites al mercado, no hace concesión alguna al populismo y es abiertamente hostil al autoritarismo, hace bandera de los derechos humanos y del respeto escrupuloso de la regla de juego? ¿O no será quizás el último señuelo antes de la aparición de un canciller de hierro, esta vez liberal y con faldas, que desmonte esta vez de verdad lo que construyó el fundador de la Alemania moderna?

El País (Es) (España)

 



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