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28/12/2014 | Policía americana: prepara guerra urbana

The Globalist Staff

La aparición de transporte de personal armado revelan que ciudades estadunidenses son las nuevas zonas de guerra.

 

Ha sido casi medio siglo desde la última vez que el mundo pensó en las ciudades estadunidenses como zonas de conflicto, pero a partir de agosto pasado, los acontecimientos en Ferguson, Misuri, cambiaron esto rápidamente.

La aparición de transporte de personal armado, Humvees y otros equipos militares revelan a los americanos —y al mundo— que ciudades estadunidenses son de hecho las nuevas zonas de guerra.

Una parte clave del problema es el acceso generalizado a armamento pesado por la policía local después del 9/11. En lugar de centrarse en la vigilancia de la comunidad —cada vez más cerca de la gente— los aplicadores de la ley en realidad se han distanciado y equipado.

Es escaso el consuelo de que las fuerzas del orden locales venden esto como un acercamiento a la “seguridad nacional”. Su “armamentización” —y, de hecho, la militarización de la seguridad civil, como muestran sus acciones para “defenderse” contra manifestantes— es un puente muy lejano.

Siguiente parada: México

Cambiar de escenario: a 2,500 kilómetros de distancia, la desaparición de 43 estudiantes en Iguala, una pequeña ciudad que en el suroeste de México también tiene al mundo conmocionado.

Es incomprensible escuchar como estudiantes pueden ir de participar en una manifestación pacífica a una salvaje masacre bajo cualquier circunstancia —y no importa que haya sido de manera tan rápida, clandestina, viciosa y aun sistemática.

Los brutales asesinatos de estos jóvenes, presuntamente perpetrados por el alcalde de la ciudad, su esposa, la policía local y una red de tráfico de drogas, Guerreros Unidos, todos trabajando en conjunto, desataron una serie de acontecimientos que pusieron de cabeza la situación política de México.

El peligroso
nexo urbano / militar

Conflictos urbanos derivados de la actividad criminal transnacional son 88% de la violencia letal que los países experimentan hoy.

Esto pone de relieve que las ciudades se han convertido en el nuevo campo de batalla. Y si bien este fenómeno es más generalizado en el mundo en desarrollo (piense en Brasil), sucede también aquí en Estados Unidos.

Para más, el ejército de Estados Unidos considera a la guerra urbana como su desafío más difícil y se entrena para ello. Los amplios recursos que tiene a su disposición contrastan con la falta simultánea de otros servicios prestados a los ciudadanos.

Además, la recesión que redujo significativamente el empleo y la disminución de la base de los ingresos también mermó la forma en que Estados Unidos aborda las necesidades de sus ciudadanos más pobres, que en su mayoría viven en zonas urbanas. Ofrecer seguridad militarizada añade insulto a una lesión persistente.

Mientras que las ciudades del mundo en desarrollo se expanden, también se vuelven más frágiles. La presión del crecimiento descontrolado, sin servicios públicos, empleo o un espacio físico, lleva a los gobiernos a soluciones violentas, pero también cambia de tener una policía a una actividad militar, como hemos visto en países como México y Brasil.

En la Gran Manzana

El uso brutal y violento de la fuerza excesiva para detener a Eric Garner, un ciudadano desarmado en la ciudad de Nueva York, fue inhumano. El estrangulamiento ilegal que finalmente mató a Garner a pesar de sus gritos de “no puedo respirar”, reflejan dos tendencias que los analistas políticos han sabido por mucho tiempo.

En primer lugar, las ciudades de Estados Unidos son las nuevas zonas de conflicto. Y en segundo lugar, este nuevo tipo de mentalidad de la guerra urbana ha ido de la mano con una mayor tolerancia por el sistema legal de Estados Unidos cuando se trata de responsabilizar a la policía por sus acciones.

A menos de que estemos completamente ciegos, los estadunidenses debemos darnos cuenta urgentemente de una dolorosa realidad global: lo que ahora vemos —y se practica— en casa es precisamente la impunidad que tan frecuentemente ridiculizamos en lugares como México.

No, sabemos que la preservación del Estado de derecho es a menudo la excepción en casos de corrupción policiaca o la complicidad en un asesinato.

Pero ahora el zapato está en el otro pie: el fracaso de los grandes jurados para acusar a los policías, tanto en Ferguson, Misuri, y ahora en la ciudad de Nueva York, apuntan a una conclusión peligrosa: Nosotros, los estadunidenses estamos ahora tratando a nuestras actividades policiales como actos de guerra, y por tanto someter los actos indignos cometidos en esa búsqueda de objetivos más amplios a normas distintas que las civiles utilizadas para enjuiciar los actos criminales.

Por desgracia, las guerras urbanas de 2014 no son un conflicto armado como los que conocemos. En cambio, son manifestaciones de divisiones ideológicas, como el racismo de la policía en Misuri o en Nueva York.

Estas acciones no son más que un espejo que refleja las divisiones más profundas arraigadas en todo el país. Ya se trate de una cuestión de color o clase, todas estas acciones, desde Iguala a Ferguson y Nueva York, envían un poderoso mensaje de exclusión y la desesperanza.

Y, para no cegarnos, hay que reconocer que es precisamente este tipo de sentimientos que sienta las bases de disturbios e inestabilidad en cualquier sistema político.

Estos incidentes reflejan una mezcla tóxica de:

1. Armas, fuerza de policía como si estuvieran en guerra,

2. Ignorar la violencia urbana que resulta de la presencia de grupos criminales transnacionales.

3. El racismo descarado en las filas de la policía está dando a luz a un movimiento en contra de la corrupción, la falta de rendición de cuentas y la ilegitimidad del sistema judicial.

El resultado es un movimiento internacional potencialmente dinámico de ciudadanos hartos de la situación actual y que salen a las calles para hacer oír su voz.

Las manifestaciones en las ciudades de Nueva York y Washington DC, sobre el fallo de no acusar a la policía por actos de violencia será aún más fuerte —a menos que los ciudadanos recuperen un sentido de legitimidad de nuestro sistema de justicia penal.

En México, las protestas en curso en dos estados, México y Guerrero, con cientos que continúan marchando y bloqueando las calles, recuerdan el poder de los movimientos de masas de inspirar el cambio social.

Aunque estas manifestaciones han sido pacíficas hasta la fecha, a menos que los gobiernos respondan con acciones que conduzcan a la superación de la injusticia, sin duda veremos que los paisajes urbanos se convertirán en zonas de guerra.

Lo que está en juego para Estados Unidos

Lo que está en juego para Estados Unidos es la esencia de nuestros valores nacionales. Si permitimos que el racismo que se manifieste a través de las acciones de aquellos en quienes confiamos para protegernos, entonces debemos hacernos con urgencia estas preguntas:

1. ¿Cómo podemos superar generaciones de intolerancia, si la repetición más reciente se ve en el fracaso de un sistema judicial para decir la verdad al poder?

2. ¿Cómo podemos esperar ser un abanderado de los derechos humanos en todo el mundo cuando nuestras propias instituciones no responden a hacer lo que es correcto?

3. ¿No hemos reconocido que Estados Unidos se ha convertido recientemente en una nación que es “minoría mayoritaria” desde el nivel más básico —lo que indica que este problema va a crecer exponencialmente si no es abordado en la raíz ahora—?

Estas últimas semanas pusieron al descubierto las divisiones en la sociedad estadunidense que en última instancia nos llevan hacia abajo, a menos que las voces de los que protestan y de aquellos que buscan la justicia tengan la oportunidad de ser escuchados.

México como una señal de advertencia

Observar los acontecimientos en México es como ver lo que podría suceder en este país y la rapidez con que puede ocurrir todo. Lo único que se necesita para cortar el apoyo a un sistema que es totalmente corrupto es un terrible incidente como un punto de inflexión —un acto de violencia y terrorismo que despierte a los ciudadanos a la realidad de un sistema político y judicial dañado.
Las revueltas urbanas de México son como las de Ferguson o Nueva York. Son reacciones que en última instancia transforman una mentalidad reaccionaria o reforman un gobierno corrupto.

¿La situación en México en realidad creará una reacción en cadena en otros lugares? Es difícil de predecir a los manifestantes. Lo que está claro, sin embargo, es que hay poco tiempo para dejar que el gobierno de México siga como hasta ahora.

Y si ése es el caso, hay que estar atentos ante una segunda Revolución Mexicana como la de 1910, que puede marcar el ritmo de una verdadera reforma en el siglo XXI.

Ojalá que en Estados Unidos podamos evitar este tipo de guerra urbana.

Para que esto suceda se requiere que los ciudadanos estadunidenses despierten de su letargo e insistan en que debemos, en primer lugar, una vez más abrir nuestro sistema político a una mayor diversidad y una mayor inclusión.

Y en segundo lugar, tenemos que asegurarnos de la buena voluntad del gobierno en todos los niveles para asumir su responsabilidad por actos de racismo que van en contra del sentido americano de la justicia y la dignidad humana.

* The Globalist
(www.theglobalist.com)

Experta en Reconstrucción Post-Conflictos en el Centro de Estudios Estratégicos Internacionales (CSIS)

Excelsior (México)

 



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