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El Universal (México)

 

04/01/2008 | Los caudillos del rentismo

Roberto Laserna

El caudillismo avanza en América Latina con la ambición de perpetuarse. Los éxitos mediáticos de Hugo Chávez y Evo Morales dan nueva visibilidad a este fenómeno que nunca se ha alejado del continente.

 

El caudillismo es una forma de representación política que, como tal, puede estar dotada de diversos contenidos, y pese a consistir en la personalización de la política, depende menos de las características particulares del caudillo que de las condiciones del país. Es decir, aunque el carisma de un caudillo no es ajeno a los atributos personales percibidos por la gente, es en esencia una creación social.

Estas dos ideas pueden ser útiles para comprender los ascensos políticos de Chávez y Morales. Ellos, como los antiguos caudillos, concentran en sí mismos la representación de sus partidarios. Si en el caso de otros caudillos la representación se basaba en la confianza de la gente de alcanzar un mejor destino bajo la conducción del líder, en los casos de Chávez y Morales se basa en una simple identificación.

Cómo se define el “nosotros” que vincula al caudillo con las masas construye una identidad colectiva a la que puede apelarse con facilidad. Esto facilita la comunicación entre el caudillo y las masas, pero también la sumisión de las masas. Morales y Chávez reiteran su condición étnica y su origen humilde, involucrando emocionalmente a quienes comparten esas características y chantajeando a quienes no lo hacen. Esto se afirma cada que confrontan con un enemigo grande y difuso: EU, las oligarquías, los partidos tradicionales, las transnacionales. El conflicto tiene otra utilidad: permite cohesionar a las bases y eludir las responsabilidades de gestión que entraña el ejercicio del poder, pues siempre habrá un enemigo a quien culpar de los problemas.

Chávez y Morales han acumulado poder desmantelando los frágiles controles institucionales y debilitando a sus adversarios. Al descrédito de los partidos tradicionales y de los gobiernos precedentes, a los que tachan de corruptos y excluyentes, sumaron la reforma total de la Constitución para reducir el papel del Congreso, subordinar a la justicia y centralizar el manejo de la recursos económicos.

En su ascenso político se podía observar una grave crisis de los partidos y una intensificación del malestar social. Aprovecharon esas situaciones, las denunciaron y actuaron para agravarlas. En la propia estructura económica y social había y hay una gran desigualdad social, un sistema institucional débil y abundantes riquezas naturales, las tres causas de fondo del problema.

En una base social inconforme se desarrollaron actitudes sociales receptivas a la crítica al pasado y a las nuevas promesas. Con instituciones débiles, la política se personalizó y surgieron los caudillos. El poder de éstos será mayor cuanto más se debiliten las instituciones, más evidentes sean las desigualdades y se concentren los recursos.

Si los caudillos son producto de sus sociedades, el problema no son ellos, sino las causas que los generaron. Debería prestarse mayor atención a la necesidad de encontrar mecanismos que lleven las ganancias económicas directamente a la gente y eviten su captura por el Estado. La gente tendría la iniciativa política, económica y tributaria, y disfrutaría de una base material de igualdad para ejercer sus derechos de ciudadanía. Los pueblos no embargarían su identidad ni su voluntad políticas para soportar caudillos.

©Project Syndicate

Profesor en la Universidad Mayor de San Simón



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