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22/04/2007 | Los hombres bomba del Magreb - La 'yihad' de Omar y Mohamed

Joseba Elola

Mohamed, el mayor: serio, callado, estricto, muy religioso. Omar, el pequeño: abierto, mujeriego, más golfo, consumidor ocasional de alcohol y de kala, una hierba con propiedades excitantes que se coloca bajo la lengua. Dos hermanos muy distintos. Dos maneras de pensar.

 

Dos trayectorias vitales opuestas que se reencuentran el sábado 14 de abril en la avenida Moulay Youssef de Casablanca: los dos se inmolan en apenas treinta segundos frente al consulado norteamericano y frente al American Language Centre. Las víctimas del doble atentado son ellos.

Inmolarse sin apenas causar daños. Inmolarse porque no hay salida. Inmolarse con explosivos caseros para encontrar la redención.

Miércoles, cuatro de la tarde, plaza de Bouchentouf, detrás de la casa de los hermanos Maha. Los viejos de este barrio popular se congregan bajo la higuera que más sombra otorga. Hay partida de damas con tapones de botellas de plástico, azules contra rojos. Abdelfatah pasa delante de los abuelos, con su gorra de béisbol roja y sus vaqueros desgastados, camino del café Formosa. Tiene 27 años y mirada de niño. "Eran gente normal, hacían su oración y volvían a casa", dice frente a un té humeante. "Alguien les lavó el cerebro y les empujó a hacer esa estupidez". Un hombre impecablemente trajeado se sienta en la mesa de al lado. Dos mesas más allá hay otro. La policía secreta ha tomado el barrio.

Casablanca vive días intensos. Los consulados están protegidos por un perímetro de seguridad para que nadie pueda acercarse fácilmente a ellos. Los hoteles donde hay extranjeros, también. El consulado americano estaba custodiado el miércoles por la tarde por una docena de policías y cuatro militares. El portavoz del Gobierno, Nabil Ben Abdella, dijo el miércoles que el país se hallaba en "estado de alarma extrema", y luego lo desmintió aduciendo que le habían traducido mal. Los terroristas suicidas han sembrado el pánico. El portavoz asegura que el terrorismo puede volver a golpear en cualquier momento. La semana pasada se cerró con dos atentados y siete muertos. Seis terroristas y un policía. Se sospecha que esto es sólo el principio. El principio de una marea que apunta a Ceuta y Melilla, y cuyo siguiente destino podría ser Al Andalus.

Mohamed Maha, el mayor de los dos hermanos, de 32 años. Un tipo serio, tímido y muy inteligente. Se relacionaba poco con la gente del barrio. Vestía con la tradicional kmis y se levantaba todos los días al alba para la primera oración del día, El Fjar. Tal era su religiosidad que hacía los cinco rezos a la hora exacta en que toca, ni un segundo antes, ni un segundo después. Algo poco habitual, según cuenta Mustafá, amigo de los dos hermanos kamikazes que vive en la misma calle que ellos, a tres portales de distancia. Mustafá siempre estará agradecido al mayor de los hermanos Maha. Fue él quien vino a darle consuelo y consejo espiritual cuando su madre murió, hace apenas un mes. Las dos familias se conocían bien. Eso sí, cuando Mustafá oyó el nombre de sus dos vecinos como autores del atentado, pensó que había un error, "no puede ser, se habrán equivocado".

Mohamed era un tipo tranquilo. De pequeño sólo se ponía nervioso cuando jugaba al fútbol. Su amigo Mustafá recuerda perfectamente aquella pelea en la playa, donde solían jugar juntos. Mohamed no era mal centrocampista. Su ídolo era Ronaldinho. En aquella pelea, Mohamed pegó, pero se llevó también una buena pedrada. Era tuerto. Su hermana Khadija le sacó un ojo. Por accidente, cuando eran pequeños. Con un palo de hierro.

Su hermana Khadija no quiere hablar. No quiere saber nada del doble atentado que sus hermanos perpetraron en la avenida Moulay Youssef, donde aún se pueden ver seis cristaleras reventadas, en la sede de la empresa Haworth, frente al consulado americano. Khadija, de 27 años, vivía junto a sus dos hermanos. Tiene miedo de que le hagan una foto que arruine sus perspectivas de casarse algún día. Tras los atentados fue arrestada y puesta en libertad. Ya no está en el domicilio familiar.

El mayor de los Maha hacía chapuzas por el barrio como electricista. Tenía una plancha para hacer impresiones de números y letras en camisetas deportivas. Le pagaban un dirham (10 céntimos de euro) por cada prenda entregada. El mismo viernes, un día antes del atentado, entregó 21 camisetas en una tienda de al lado de su casa. Una tienda con dependientes que bajan la vista ante las preguntas del periodista. Ese viernes, Mustafá se cruzó con Mohamed, le saludó. Venía de rezar de la mezquita.

Omar, el pequeño, de 23 años, no era tan religioso como su hermano mayor. Los vecinos le describen como un chico guapo. Bastante cachas. Vestido más a la occidental, con sus zapatillas deportivas negras. "Con él sí se podía hablar de chicas", cuenta Mustafá, una réplica física del futbolista Raúl, con su sudadera impecable y su pelo engominado para atrás; un tipo de 27 años que trabaja de vez en cuando por las noches como guarda de seguridad, y que se dedica, como el menor de los dos suicidas, al "pequeño comercio". Comprar y vender baratijas, ropa, alpargatas. El pequeño de los Maha subía a Ceuta y se traía quesos y chocolates para revenderlos.

"Omar también rezaba, pero era más abierto, más cool. De vez en cuando bebía y tomaba kala", asegura Mustafá. Los dos hermanos dormían bajo el mismo techo. Su infravivienda se ve desde la calle. Construyeron un añadido con madera cuarteada y tejas grises junto a la caseta donde habita su padre, Abed; su madrastra, Fátima, y la hermana pequeña, Khadija. En el número 188 de la calle Béni M'Guild, encima del salón de belleza y peluquería Salma Beauté, que contrasta con la vivienda de los Maha por su fachada blanca inmaculada y su contorno de pintura en tonos rosa pastel. Allí arriba, en el tejado, dormían los dos hermanos. En apenas tres metros cuadrados. "No se llevaban muy bien", cuenta Mustafá.

Fueron treinta segundos. Los dos hermanos empezaron a correr por el bulevar. Mohamed, el mayor, se paró frente al consulado, señaló al cielo y detonó el cinturón de explosivos que llevaba en la cintura. Omar siguió corriendo unos 150 metros. Al llegar al American Language Center repitió el gesto de su hermano y se inmoló. Quedó partido por la mitad sobre el asfalto. El hermano pequeño, el díscolo, se reunía así con el hermano mayor, el estricto y religioso, el que le regañaba por no seguir el recto camino. Los dos hermanos, buscando un paraíso en el cielo.

Miércoles, alrededor de la una de la tarde, número 188 de la calle Béni M'Guild. A las angostas escaleras que conducen a la vivienda de los hermanos suicidas apenas llega la luz. Un viejo transistor emite oraciones que rebotan por sus paredes grises. Un par de zapatos marrones y una cortina blanca de encaje que ondea al viento es lo único que se ve al llegar a la puerta del domicilio de los dos terroristas. Suenan pasos atropellados por la escalera. Han pasado veinte segundos desde nuestra llegada. Un policía vestido de paisano aparece corriendo y nos corta el paso. Con su impecable abrigo, trajeado, comunica -con la respiración entrecortada por el carrerón que se acaba de meter- que hace falta una autorización para hacer fotos. La puerta del domicilio de los terroristas se cierra. Se supone que el padre es el único que queda en el domicilio. Está traumatizado, cuentan en la zona, ya ni se le ve bajar para ir a orar a la mezquita de al lado de casa. La vecina que vive puerta con puerta con él se une con cara tensa a la iniciativa del policía y nos conmina sin remilgos a que nos vayamos.

En este barrio no se ve a un solo policía uniformado, pero está lleno de agentes de paisano que controlan todos y cada uno de los movimientos de los que por aquí aparecen. Están intentando comprender qué pasa en este barrio, El Fida, un nuevo fenómeno para ellos. No es el tradicional vivero de terroristas suicidas que se encuentra en las afueras de la ciudad, la llamada Skuola, un poblado de chabolas. En este mismo barrio se produjo el atentado del día 10, que se saldó con cinco víctimas, cuatro terroristas y el policía que recibió el abrazo de la muerte de Ayub Raydi. Y de aquí han resultado ser los hermanos Maha.

Es un barrio pobre y muy vivo, de casas de paredes desconchadas, aceras llenas de desperdicios, peladuras de naranjas, tubos de medicamentos, colillas, charcos de aceite. Un paseo por el mercadillo para el que trabajan muchos de los jóvenes se convierte en un festival de olores a frutas, orines y gasolina. El sonido de los televisores se funde con el de las oraciones. En los tejados reina una selva de antenas parabólicas. No tienen dinero, pero pueden ver a los occidentales en la tele, con su vida de lujo.

Hasta ahora, los jóvenes de aquí hablaban con orgullo de su barrio, recordaban que de aquí habían salido hombres políticos como Saad Saadi, y el excelente Dolmi, centrocampista rompepiernas de la selección marroquí. Ahora están boquiabiertos ante lo que ha ocurrido. "Tenemos miedo de que estallen más bombas", reconoce Abdelaziz, un hombre mayor que lleva un andrajoso chándal gris. Nadie se explica lo que ha pasado.

Nadie relaciona en este vecindario a los dos hermanos con Al Qaeda. Se maneja la versión de que hoy día no hace falta estar conectado a la organización para actuar. Una página web te enseña cómo llevar a cabo tu lucha. Cómo construir una bomba casera con apenas 60 dirhams (unos seis euros). Amin, de 22 años, otro joven que como tantos en el barrio se dedica al "pequeño comercio", dice que todo obedece a la falta de perspectivas. Que inmolarse es una de esas acciones que, para alguien desesperado, dan sentido a una existencia. "La gente se inmola porque no tiene nada que conseguir en la vida".

La madre de Omar y Mohamed abandonó el domicilio familiar cuando ellos eran pequeños. Los hermanos Maha vivían desde hace tiempo con su madrastra. Cuentan en el barrio que la madre perdió la cabeza y vive en la calle. La sitúan en Marraquech. Dicen que, hasta hace poco, algunas veces se dejaba caer por aquí para preguntar por sus hijos. Hasta hace poco.

El País (Es) (España)

 



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