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29/06/2020 | Errores recurrentes de la historia: El culto a la personalidad y las promesas incumplidas (Parte I)

Moisés Tiktin

“A diferencia de la propaganda, cuyo objetivo es diseminar la ideología del régimen, el propósito del culto a la personalidad es reforzar la posición política del líder”.

 

A principios del siglo XX el emperador alemán Guillermo II (el Kaiser) buscaba emular a su abuelo Guillermo I, quien apoyado por su Canciller, Otto von Bismarck, había derrotado a Francia en 1871 y logrado la Unificación de Alemania. En 1890, al poco tiempo de iniciar su gobierno, Guillermo II destituyó a Bismarck, rodeándose de ministros que no se atrevían a contradecirlo. En las décadas siguientes, el Kaiser se fue convenciendo de que Alemania podía convertirse en la mayor potencia mundial y que él debía liderar ese esfuerzo. En los primeros años del siglo XX, afirmaba que Alemania le podía ganar fácilmente la guerra a Francia, ya que consideraba que los franceses eran “un pueblo delicado y fácil de vencer”. Afirmaba con ligereza que los británicos, aun cuando contaban con una poderosa fuerza naval, no defenderían a Bélgica ante la posibilidad de una invasión alemana, porque no contaban con un ejército poderoso. Adoptó como suyo el plan estratégico de ataque, diseñado por su Estado Mayor, el llamado “Plan Schlieffen” afirmando con arrogancia: “Francia para el desayuno y Rusia para el almuerzo”.

Los sentimientos del pueblo alemán fueron hábilmente explotados por el impulsivo y voluble emperador, quien ávido de reconocimiento, pensó que podría ir construyendo un culto a su personalidad al lograr la aprobación de su pueblo a través de su proyecto bélico. Hasta los miembros del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), que por años se habían opuesto al incremento en el gasto militar, cambiaron de opinión, rompiendo con la resolución de los grupos de izquierda de muchos países, que en la “Segunda Internacional” de 1913, habían rechazado la “absurda carrera armamentista” de las potencias europeas.

Los sueños de gloria del Kaiser y su deseo de ser admirado por sus gobernados, fueron interrumpidos, sus afirmaciones previas a la guerra resultaron erróneas y finalmente el pueblo alemán se dio cuenta, después de años de escuchar noticias falsas sobre victorias inexistentes tanto en el Frente Occidental, como en el Frente Oriental, que Alemania había sido derrotada en la Primera Guerra Mundial. El emperador tuvo que huir disfrazado al exilio. Perdió para siempre la admiración de su desesperanzado pueblo.

Mientras tanto en Rusia, Vladimir Ilyich Ulyanov, mejor conocido como Lenin, persuadía a los trabajadores y soldados, con sus discursos en contra de la guerra. Después de años de promover la revolución, logró tomar el liderazgo de esta, al regresar a Rusia en 1917. Lenin tenía la gran habilidad de plantear los temas de forma directa y en un lenguaje claro para que la gente entendiera. En sus apariciones en público siempre ofrecía esperanza, aunque esta pudiera estar basada en mentiras. Como lo señala Victor Sebestyen en su libro Lenin el Dictador, el líder ruso acostumbraba ofrecer soluciones demasiado simplistas a problemas complejos, lo que sin duda se reflejaba en una gran aprobación popular, pero esto no ayudaba a resolver los problemas de fondo. Su desprecio por la experiencia y el conocimiento de los especialistas era conocido. Varias veces comentó: “La gente ya ha escuchado demasiado a los expertos”.

La figura de Lenin cobró más fuerza a raíz del atentado contra su vida en 1918. Sus colaboradores empezaron a referirse a él como alguien infalible. Aun cuando el líder soviético rechazaba en público la práctica del culto a la personalidad por ser contraria a los ideales del Partido, nunca se opuso realmente a que sus fotos y carteles fueran distribuidos en toda la Unión Soviética o a que se creara el Instituto Lenin para difundir sus obras literarias.

Las grandes contradicciones de Lenin fueron muy notorias, acostumbraba desviar su atención y la de sus subalternos hacia temas poco relevantes. En el año de 1921, cuando diversas regiones de la Unión Soviética sufrían la escasez de alimentos (resultado entre otras cosas de sus pésimas políticas agrícolas), Lenin enfocó sus esfuerzos en la construcción de monumentos de Karl Marx, el fundador del Comunismo, por todo el país. Cambió de opinión cuando la hambruna había cobrado millones de vidas. Fue hasta ese momento cuando Implementó la llamada “Nueva Política Económica” que restableció parcialmente el mecanismo de libre mercado y reintegró una buena parte de las propiedades agrícolas a manos privadas.

Lenin murió en 1924, ocupando su lugar Iosif Stalin, quien supo crear una religión secular alrededor de su antecesor, cambiando el nombre de la ciudad de San Petesburgo (o Petrogrado) por el de Leningrado y ordenando la preservación del cuerpo del líder, que hasta la fecha está expuesto en la Plaza Roja de Moscú. Supo utilizar a su favor la admiración del pueblo hacia el líder fallecido, acusando a sus rivales políticos de ir en contra de las ideas del “infalible” Lenin, tachándolos de “desviacionistas”, motivo suficiente para encarcelarlos o fusilarlos. Stalin, llamado el “Zar Rojo” por sus detractores, fue creando un culto a su propia persona, lo que le permitió hacerse del control absoluto y permanecer en el poder hasta su muerte en 1953.

El culto a su personalidad le sirvió como escudo de protección ante dos errores muy importantes. La hambruna en Ucrania en 1932-1933 y la derrota inicial de la Unión Soviética ante Alemania en la Segunda Guerra Mundial. La escasez de alimentos en Rusia, que fue la segunda en 10 años, ocurrió en Ucrania, región conocida tradicionalmente como el “granero de Rusia” y se explica en gran parte por el enfrentamiento entre el gobierno y los propietarios de tierras. Se calcula que en este trágico episodio murieron más de 5 millones de personas. Los seguidores de Stalin calificaron este hecho como “propaganda nazi” y con ello se evitó que su imagen ante el pueblo ruso fuera afectada.

La derrota inicial frente a Alemania se debió en gran medida al efecto de las “purgas stalinistas”, que iniciaron como la forma de destruir a sus rivales políticos y que terminaron destrozando la estructura del Ejército Rojo, al haber fusilado a una proporción muy elevada de los mariscales y generales en funciones. Como señalan Baba Vickram y Adtya Bedi en el ensayo What if Trotsky had become the leader of the Soviet Union, Stalin escuchaba únicamente a su “círculo cercano” y carecía de una formación analítica, factores que pusieron al país en una situación muy vulnerable, al dejar al Ejército Rojo sin líderes militares experimentados. Por estas razones, cuando Alemania violó en junio de 1941 el Pacto Ribentrop-Molotov (firmado con la Unión Soviética en 1939), el Ejército Rojo no tenía la capacidad de frenar a las tropas alemanas, que atravesaron en una semana el territorio soviético, llegando a 80 kilómetros de Moscú. Stalin, decaído, renunció a su puesto en los primeros días de la invasión alemana, retirándose a su casa de campo, donde aparentemente sufrió una crisis nerviosa al creer que su ejército iba a ser derrotado y que él iba a ser fusilado. Fue sorprendido por la actitud sumisa de sus ministros (Molotov, Beria y Mikoian), que le rogaron que regresara al Kremlin a reasumir su liderazgo, ya que como lo comenta Rosemary Sullivan en su libro La hija de Stalin: “El solo nombre de Stalin era una gran fuerza para levantar la moral del pueblo”. De esta manera, gracias al culto a su persona, Stalin regresó al poder muy fortalecido.

Su sucesor, Nikita Khruschev, dio su “discurso secreto“ de 1956, llamado así porque el texto completo fue conocido en la Unión Soviética hasta 1988. En este discurso, Khrushchev manifestó: “El Comité Central del Partido estudia la forma de explicar un hecho ajeno al espíritu del marxismo-leninismo, el elevar a una persona hasta transformarla en súper-hombre, dotado de características sobrenaturales semejantes a las de un dios. A un hombre de esta naturaleza se le supone dotado de un conocimiento inagotable, de una visión extraordinaria, de un poder de pensamiento que le permite prever todo y de un comportamiento “infalible“. Khruschev, quien como colaborador de Stalin, propició dicha idolatría y fue cómplice de muchas de sus atrocidades, reconoció: “Entre nosotros se asumió una actitud de ese tipo hacia Stalin durante muchos años. Nos incumbe considerar como el culto a la persona de Stalin creció gradualmente, transformándose en la fuente de una serie de perversiones de los principios del Partido y de la legalidad revolucionaria”.

Stalin supo ocultar la realidad de la Unión Soviética al exterior por años. Para los países occidentales las fallas, la miseria y el terror que imperaban, no fueron visibles por varias décadas. El carismático líder logró convencer tanto al pueblo ruso como al resto del mundo, de que Rusia había logrado un crecimiento económico elevado y sostenido, lo que años después se demostró que era falso.

En Italia, en la época que siguió a la Primera Guerra Mundial, el veterano de guerra Benito Mussolini (cuyo nombre fue decidido por su padre inspirado en Benito Juárez a quien admiraba), inició el movimiento de las Camisas Negras y pudo atraer a través de sus discursos a las masas de inconformes y a los desempleados que no se sentían representados por el gobierno, ni por los demás partidos. Mussolini tuvo como estrategia política atacar a sus antiguos compañeros del Partido Comunista, para lograr el apoyo de los empresarios y terratenientes. De esa manera, pudo crear el Partido Fascista en 1919. Este partido se ostentaba arrogantemente como “representante de los intereses de la nación en su conjunto”.

Mussolini desarrolló un culto a su propia personalidad a través de símbolos, uniformes, estandartes y marchas que recordaban al pueblo italiano la grandeza del antiguo Imperio Romano. A pesar del gran apoyo de su pueblo, que creyó ciegamente en las promesas del líder por más de dos décadas, su incapacidad como gobernante se hizo evidente durante la Segunda Guerra Mundial. Años de intervención gubernamental y fractura de las instituciones, fueron reflejados en la deficiente actuación de Italia en la guerra, lo que le costó el poder y la vida al líder del Fascismo, dejando a su país en la miseria y desolación.

En la segunda parte de este artículo comentaré otros casos de líderes que supieron crear un culto a su persona basados en promesas incumplidas como Mao en China, Perón en Argentina y Fujimori en Perú.

https://www.eleconomista.com.mx/opinion/El-culto-a-la-personalidad-y-las-promesas-incumplidas-Parte-I-20200604-0084.html

El Economista (México)

 



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