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02/07/2018 | Andrés Manuel López Obrador y México: ¿salto al vacío?

América Economía Staff

Tanta delantera lleva el candidato favorito para las elecciones presidenciales de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), que nadie duda de su triunfo el 1° de julio. Según las encuestas más recientes, el candidato del Movimiento de Renovación Nacional (Morena) tiene casi el 50% de la intención de voto, contra el 27% de apoyo de su más cercano seguidor, Ricardo Anaya, del PAN, y el 20% de José Antonio Meade, del PRI, en tercer lugar.

 

En la elección se renueva también la totalidad de los 128 senadores y 500 miembros de la cámara de diputados, además de otros 3.000 cargos, incluyendo alcaldes y otras autoridades a nivel local, estatal y federal. Para muchos, se trata de las elecciones más decisivas en la historia de México desde la revolución de 1910-1920.

De trayectoria izquierdista y discurso nacionalista, AMLO postula por tercera vez a la presidencia en medio de una crisis política y social sin precedentes en la historia moderna de México. El gobierno del priiista Enrique Peña Nieto ha colapsado por numerosas acusaciones de corrupción y una espiral de violencia que dejó más de 30.000 muertos en 2017, convirtiendo a México en el segundo país con más asesinatos per cápita en el mundo. Un total de 130 políticos han sido asesinados durante la campaña electoral.

Esta crisis le ha abierto a AMLO las puertas del Palacio de Los Pinos. Y abre a México a la incertidumbre de una administración opositora a la conducción que ha tenido el país en las últimas décadas. Esto es peligroso para México, sobre todo si se toma en cuenta que AMLO no solo se opone al establishment político mexicano, sino también al gobierno de Estados Unidos, de lejos el principal socio y el mejor cliente de los productos made in Mexico.

Peña Nieto llegó a la presidencia en 2012 como representante de un PRI renovado, más moderno, más democrático y más tecnócrata, luego de 12 años de gobierno del más derechista PAN, y con promesas de apertura, libre mercado, fin a los monopolios y creciente integración a Estados Unidos por la vía del Nafta. En parte cumplió. Abrió la industria petrolera a la inversión extranjera, rompió los monopolios de telecomunicaciones, desarticuló el poder del sindicato de profesores e inició una necesitada reforma del sistema educacional mexicano, y firmó el mayor número de acuerdos de libre comercio que cualquier otro país en el mundo. Hoy  México es el cuarto exportador mundial de automóviles.

Las reformas de Peña Nieto impulsaron a la economía mexicana, pero no lo suficiente como para cumplir sus esperanzas de pleno empleo ni de mejores sueldos. La presión por bajar precios para el mercado estadounidense mantuvo abajo los salarios en las nuevas fábricas, mientras la caída en el precio del petróleo y otros commoditiesreducía los ingresos por exportaciones de materias primas. En los últimos ocho años, el número de mexicanos viviendo en la pobreza subió de 49 millones a 53 millones, de acuerdo con cifras oficiales.

Pero la actual crisis política de México no es de origen económico sino social.

La guerra contra las drogas ha aumentado la violencia sin aparentemente reducir su producción o tráfico. La espiral de violencia que vive México desde 2006, año en que se lanzó la guerra contra las drogas con apoyo de EE.UU., ha causado 230.000 muertos. Sólo en mayo de este año, el mes más violento en la historia del país desde que se comenzaron a llevar registros en 1997, hubo casi 3.000 asesinatos.

Esa violencia está focalizada en los estados productores y las rutas de tráfico, en el oeste del país, y no es tan visible en Ciudad de México. El Distrito Federal era ciertamente más violento y su delincuencia más peligrosa a fines de los 90, tras la crisis causada por el primer gran ajuste del Nafta en 1994.

Pero la violencia a nivel nacional ha aumentado y está vez está asociada a escándalos de corrupción.

Casos de colusión homicida entre gobiernos locales, carteles de narcotráfico y fuerzas policiales convencieron a muchos mexicanos de que quien gobierna en su país es el crimen organizado. A estas alturas, la opinión pública mexicana está más que convencida de que las organizaciones políticas que han estado a cargo de México en los últimos cien años (principalmente el PRI, pero también el PAN) son maquinarias mafiosas de enriquecimiento personal.

Es la  tormenta perfecta para la llegada de un “afuerino” como AMLO, un hombre que denuncia a los políticos tradicionales y sus corruptelas, que promete una nueva forma de gobernar y que, con bastante de razón, culpa de la corrupción y la violencia al PRI y al PAN, el establishment político y los únicos dos partidos que han gobernado México desde la revolución..

AMLO amenaza mano dura contra la violencia y la corrupción, pero todos los gobiernos recientes de México han amenazado con lo mismo y de alguna manera han tratado de cumplir sin lograrlo. Mal que mal, la guerra armada contra las drogas la inició en 2006 el entonces recién elegido presidente Felipe Calderón, del PAN, quien hoy es visto por muchos como el gatillador de la actual violencia.

Lo que tiene a su favor AMLO a ojos de millones de mexicanos es que pertenece a un partido que nunca ha estado en el gobierno, y por lo tanto, no puede ser acusado de complicidad en los problemas actuales de México. También ofrece una mirada distinta en lo económico, luego de 25 años de una apertura liberal que, para muchos, no ha llegado a cumplir sus promesas. Ha dicho que quiere renegociar el Nafta porque no beneficia lo suficiente a su país, y ha declarado que México debería haber desarrollado su mercado interno de automóviles más que volcarse hacia los mercados externos. Casi, casi podría decirse que está llamando a hacer Mexico great again.

Visto por sus opositores y algunos de sus partidarios como el Trump mexicano, debido a ese nacionalismo y a su desconfianza de los mercados, el ex alcalde de Ciudad de México, de 64 años de edad, tiene nerviosa a gran parte de la comunidad de negocios. Tanto en el país como en el extranjero. AméricaEconomía comparte esa inquietud.

AMLO ha desarrollado su carrera política básicamente esgrimiendo tesis populistas, y en ocasiones ha desafiado la ley, como cuando ocupó el Zócalo de Ciudad de México por largo tiempo para protestar por lo que consideró el robo de su elección como presidente. Todo ello es lo que justifica la inquietud de que su gobierno derive en populismo e irresponsabilidad.

Su comprometido discurso a favor de los pobres y el gigantesco apoyo que tiene entre ellos no tranquiliza a empresarios ni a las elites políticas. Sin embargo, hay alguna evidencia de que es probable que AMLO haga un gobierno menos rupturista de lo que muchos piensan. Y si los mercados son alguna evidencia de esto, las señales no son pésimas. El peso mexicano ha bajado frente al dólar en los últimos días y está en su nivel más bajo en más de un año, pero no se ha desplomado. El índice bursátil ha retrocedido levemente, pero había ganado puntos en las últimas semanas y no hay la menor evidencia de corrida financiera o bancaria.

La elección de AMLO trae incertidumbre al futuro de México, sin duda, pero es cierto que sus años a cargo del gobierno de Ciudad de México le han dado manejo sobre las realidades del gobierno y la necesidad de contar con aliados entre los empresarios y los políticos de oposición.

Como pequeñas muestras de confianza, ya ha cambiado su discurso respecto de la reforma energética lanzada por Peña Nieto, que abre la industria petrolera a la inversión privada y extranjera. Ahora dice que no la revertirá. Ha dicho que es partidario de la independencia del Banco Central. Y ya anunció que su jefe de gabinete será un empresario, el regiomontano Alfonso Romo, con intereses en varias industrias del nordeste del país.

Otra cosa que debiese hacer es nombrar un ministro de Hacienda que dé garantías de continuidad al manejo financiero y económico del país, garantizando la estabilidad de los mercados.

Quizá lo más difícil para AMLO en lo económico sea la renegociación del Nafta, que el candidato ha dicho debiera estar terminada en dos meses. Cuesta entender cómo esto se va a concretar, con Trump enfrascado en subir aranceles a diestra y siniestra mientras sigue quejándose que el Nafta beneficia mucho a México y perjudica a Estados Unidos. Hasta ahora AMLO ha dicho exactamente lo contrario: que el Nafta no beneficia lo suficiente a México porque beneficia más de la cuenta a Estados Unidos. Llegar a un punto de acuerdo desde ambas posiciones se ve decididamente ilusorio.

Y por si todo esto fuera poco, a AMLO le toca encabezar una recomposición casi total del mapa político mexicano. Con el PRI perdiendo el poder en municipalidades y estados en todo México excepto la capital y sus alrededores, con el PAN y el PRD cayendo en caída libre, el favorito de este domingo tiene la responsabilidad de organizar un sistema político democrático, que verdaderamente busque el bien común y sea inmune a la corrupción. La tentación de heredar las bien aceitadas máquinas de poder del PRI en todos los niveles va a ser fuerte. López Obrador va a necesitar mucha determinación y claridad de objetivos. Y también suerte.

Ojalá sea así. Pero hay motivo para estar preocupados.

América Economía (Chile)

 



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