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30/06/2018 | México - Crecer más, atajar la desigualdad y salvar el TLC: los retos económicos del México que viene

Ignacio Fariza

El presidente que salga de las urnas el 1 de julio tendrá el corsé del déficit fiscal y la deuda pública, y deberá plantear una reforma fiscal para solventar el problema de recaudación.

 

Muchas incógnitas económicas, pocas respuestas concretas a cuatro días vista de las elecciones presidenciales mexicanas. Ante la avalancha de temas urgentes, con corrupción y violencia a la cabeza, la economía ha pasado casi de puntillas en la campaña y las soluciones propuestas han sido mayoritariamente, a vuelapluma, carentes de profundidad y de un plan de acompañamiento fiscal. Pero los retos, latentes desde hace décadas, se antojan hoy más acuciantes que nunca: pese a la estabilidad macroeconómica, el crecimiento y la inversión siguen siendo bajos; la brecha de la desigualdad sigue abierta; los salarios están estancados y el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC), del que depende la tercera parte del PIB mexicano, está en riesgo mientras Donald Trump siga en la Casa Blanca.

Relanzar la economía será la primera tarea del próximo Gobierno. En los seis últimos años el crecimiento medio anual se ha quedado en poco más del 2%, una cifra que cae aún más si lo que se mide es la renta por habitante —el indicador que mejor refleja la evolución de la riqueza real de una sociedad—. El todavía presidente, Enrique Peña Nieto inició su sexenio de forma fulgurante, con una batería de reformas que le granjearon el aplauso unánime del FMI y la OCDE. Sin embargo, sus réditos fueron menores de lo esperado: la realidad, tozuda, dejó en quimera los augurios de una expansión anual del 5%. El sur del país sigue desconectado de la globalización y la inversión pública, en mínimos de 70 años.

“En las últimas campañas al menos se hablaba de cómo íbamos a tratar de crecer más, pero seguimos igual y ningún candidato ha propuesto nada nuevo”, lamenta Valeria Moy, directora del think tank México cómo vamos. Al modelo seguido durante décadas, basado en las exportaciones y la contención salarial ya se le ven las costuras, y el fortalecimiento del mercado interno, mediante el impulso a unos sueldos que están entre los más bajos de América Latina y el aumento de la inversión pública, se antoja clave. Más aún, en un momento en el que el por mucho primer socio comercial, Estados Unidos, del que depende casi la tercera parte del PIB, ha dado portazo a una visión global y ha abrazado el proteccionismo. “Más allá del TLC, México puede hacer mucho por impulsar su economía con más inversión en infraestructura”, dice Robert Blecker, de la American University. “Es parte esencial del plan de Andrés Manuel López Obrador [el gran favorito], pero apenas ha hecho hincapié en la campaña”.

Preservar el TLC, que une a México con EE UU y Canadá desde 1994 será, no obstante, tarea esencial del próximo presidente. A diferencia de años atrás, la política comercial apenas ha entrado en campaña y todos los candidatos han defendido el acuerdo, pero el reto será reencauzar una negociación que, tras un año, apenas ha dado frutos. También diversificar la matriz comercial: que no dependa de un único socio, opina Gabriel Lozano, economista jefe del banco de inversión JP Morgan para México y Centroamérica.

Pero relanzar el crecimiento, salvar el TLC y ampliar el horizonte comercial quedaría en agua de borrajas si no van acompañados por la inclusión social. En un país en el que la pobreza sigue afectando a más de la mitad de la población y en el que las tímidas mejoras de la productividad solo han logrado retribuir mejor al capital y no al trabajo, el acento social debe ser una de las piedras angulares de la política económica que viene. “La desigualdad siempre ha estado ausente del curso de la política macro, y no puede seguir así”, subraya Juan Carlos Moreno Brid, profesor de Economía de la UNAM. Esta vez, la inequidad sí ha irrumpido con fuerza en la campaña: los datos son todo menos alentadores -el 1% acumula más de la tercera parte de la riqueza y el 10% ingresa 21 veces más que el decil más pobre- y los mexicanos exigen soluciones.

El indicador de desigualdad más utilizado, el índice de Gini, ha quedado anclado en niveles inaceptablemente altos en comparación internacional. Y el sistema fiscal corrige mucho menos que sus pares brasileño, argentino, chileno o uruguayo. La movilidad social también sigue siendo escasa: la pobreza afecta al 40% de los mexicanos, siete de cada 10 personas que nacen en esa situación no logran escapar de ella. Y, aunque se han probado como una muy buena medida para paliar la pobreza extrema, las transferencias condicionadas solo sirven para superar el primer eslabón del desarrollo. “Lo que falta es, precisamente dar el salto al siguiente piso: que las personas que reciben estos programas puedan avanzar laboralmente, pero la informalidad y la precariedad lo impiden”, apunta Gabriela Ramos, directora general de la OCDE. “El gran reto será político: convencer a los empresarios de que México solo saldrá adelante si reparten su trozo del pastel subiendo los salarios”, completa Moreno Brid.

El escaso esfuerzo en gasto social no ayuda. A pesar de haberse cuadruplicado desde mediados de los ochenta, hasta el 8%, esta partida sigue a años luz del resto de economías industrializadas (21%) y del promedio latinoamericano (14%). Incrementarlo es, sin embargo, tan acuciante como rediseñar los programas sociales: ocho de cada 10 no cumplen con sus objetivos y solo el 10% logra un desempeño “óptimo”.

Cualquier paso para tratar de atajar la desigualdad y la pobreza también corre riesgo de ser en falso si no va acompañado de una nueva reforma tributaria. Aunque la deuda pública sigue en niveles no preocupantes, el fuerte crecimiento de los últimos años reduce el margen de maniobra del Gobierno que salga de las urnas. Las opciones para agregar músculo financiero al Estado son muchas, pero prácticamente todos los especialistas coinciden en dos puntos: ampliar el IVA a medicinas y alimentos —hoy exentos—, introduciendo compensaciones para los sectores menos pudientes para evitar la regresividad, y aplicar un verdadero impuesto predial (sobre los bienes inmuebles), hoy prácticamente inexistente.

En marzo, la OCDE fue un paso más allá y recomendó gravar las herencias para recaudar más al tiempo que se reduce la desigualdad. Pero los candidatos siguen instalados en el no. “Es preocupante que sigan prometiendo reducir o mantener los impuestos”, opina Rodolfo de la Torre, del Centro de Estudios Espinosa Yglesias, que espera que, ya en Los Pinos, se den cuenta del agujero recaudatorio y cambien su aversión tributaria. Muchos pendientes para un sexenio que se presenta, al menos en su envoltorio, más disruptivo que cualquiera anterior.

ESTABILIDAD MACROECONÓMICA, PERO CON LA DEUDA PÚBLICA AL ALZA

La relativa estabilidad económica ha sido la nota predominante de los últimos años. Para un país que ha convivido, hace no tanto, con tasas anuales de crecimiento de los precios de triple dígito, una inflación del 7% no es una buena noticia pero sí es fácilmente digerible. Pese al brusco aterrizaje de los precios del petróleo, que en tiempos no tan lejanos habrían supuesto una cornada casi mortal para la economía mexicana, la economía ha mantenido un ritmo de crecimiento bajo pero estable. Y, sin embargo, en lo macro el regusto es agridulce: el déficit ha crecido y ha arrastrado consigo a la deuda pública, que ya está en el entorno del 50% del PIB.

El País (Es) (España)

 



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