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03/05/2018 | Nicaragua- Ortega y Somoza, la misma cosa

América Economía Staff

Las manifestaciones comenzaron entre los estudiantes, han tenido apoyo de la Iglesia y han hecho salir a las calles a cientos de miles de nicaragüenses de todas las edades y condiciones sociales. El gobierno ha respondido con balas y, en diez días de manifestaciones, son más de 60 los muertos y varios centenares los heridos.

 

La situación que vive hoy día Nicaragua pareciera repetir paso por paso lo que sucedió hace 40 años, cuando la gente salió a las calles a protestar contra los abusos de la corrupta dictadura de la dinastía Somoza. Pero hay una diferencia fundamental que tiene algo de trágica ironía. Quien lideró la revuelta contra el dictador Somoza, quien articuló la rebeldía anárquica y la convirtió en conciencia revolucionaria, el líder sandinista Daniel Ortega, izquierdista y democrático, hoy es el tirano que hay que derrocar. La gente salió a las calles cantando que “Ortega y Somoza son la misma cosa”.

Hoy la revuelta popular es contra la dinastía Ortega. Desde que volvió a la presidencia del país en 2006 gracias a un pacto secreto con un rival opositor y sólo 38% de los votos, Ortega ha nombrado vicepresidenta a su esposa  Rosario Murillo y ambos han usado maña y fuerza para doblegar a todas las instituciones democráticas del país. En las presidenciales de 2016, Ortega impidió que la principal fuerza opositora presentara candidato. En muchas cosas, Ortega ha seguido el ejemplo del venezolano Chávez, tomando control del poder legislativo y judicial. De paso, nombraron a sus siete hijos en puestos de gobierno o a cargo de empresas del estado. Anastasio Somoza es un espejo distante pero fiel para Daniel Ortega.

Y ante la rebelión popular ha actuado de forma similar. Sacó a la policía armada a sofocar las protestas y las balas que usaron no eran de salva. El gobierno impidió la transmisión de las protestas por internet de muchos medios de comunicación y entre los muertos hay un periodista que transmitía en vivo usando Facebook Live y fue asesinado en cámara de un balazo en la cabeza.

Nicaragua fue uno de los primeros países que volvieron a la democracia tras la ola dictatorial que cundió en América Latina en los años 70 y que en el país centroamericano empezó veinte años antes. Que el liberador haya restaurado la dictadura en el país es una vergüenza para él y para los gobiernos que lo han apoyado, que son muchos. Varios caudillos de distinto pelaje han estado socavando la democracia en América Latina en años recientes -Juan Orlando Hernández en Honduras, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador-, pero solo Venezuela y Nicaragua han hecho la regresión de democracia a dictadura. Y en ambas, los dictadores juegan a ser liberadores.

El gobierno de Ortega es especialmente hipócrita. En Venezuela, Chávez primero y Maduro después han mostrado al menos consistencia entre su retórica socialista y su gobierno centralizado, por desastroso que haya sido. Ortega en cambio habla con la izquierda y actúa con la derecha. Inició su segundo gobierno aliado a los  grupos empresariales y les ha dado carta blanca a cambio de que no se metan en política. Con el mismo objetivo trata de mantener una buena relación con la Iglesia católica y le ha dado a Nicaragua la legislación antiaborto más estricta de América Latina. Y a pesar de que en la ONU Nicaragua vota a menudo junto a Cuba y Venezuela, Ortega jamás se pelea con Estados Unidos.

Acaso más importante, Ortega mantiene la fidelidad de las Fuerzas Armadas, sus compañeros de armas en la guerra contra Somoza, a quienes prodiga prebendas y canonjías.

Fueron diez años de crecimiento económico, paz social y disminución de la delincuencia, en los cuales nadie se fijó mucho que Ortega hacía ilegal la oposición, perseguía periodistas independientes y establecía una cleptocracia.

Al llegar Ortega por segunda vez a la presidencia en 2006 Nicaragua era uno de los países más pobres de América Latina y sigue siéndolo: su ingreso per cápita hoy apenas supera los US$ 3.000 anuales en paridad de poder adquisitivo y está entre los países con alta desigualdad de ingreso de la región. Pero al llegar Ortega los indicadores empezaron a mejorar año tras año. Entre 2006 y 2016, la esperanza de vida al nacer pasó de 72,3 años a 75,4 años. La extrema pobreza, que en 2005 llegaba al 45% de la población, se redujo a 24,9% en 2016.

Hasta hace un par de años, los fondos para los programas sociales, la plata para mantener el apoyo de los pobres, venía del subsidio venezolano.Y cuando el chorro venezolano se acabó en 2016, Ortega echó mano a los fondos de pensión, que no son un pozo sin fondo.

Esa fue la chispa de la protesta que empezó el 18 de abril. Ortega, enfrentado a un déficit de US$ 600 millones en el sistema de pensiones que él mismo había creado, lanzó una reforma que forzaba a los contribuyentes -empresarios y trabajadores- a poner más dinero en el sistema y recibir menos beneficios a cambio de poner más.

Las protestas, lideradas por los estudiantes, fueron masivas y destructivas. La represión armada y las muertes, junto con declaraciones desafortunadas de la primera dama ungida vicepresidenta, fueron gasolina para el fuego y sacaron de su sopor a la Iglesia y al sector empresarial, además de desatar un rechazo casi unánime de la comunidad internacional. Y Ortega tomó una decisión que podría costarle la presidencia. El presidente cedió a las presiones de los manifestantes y puso fin a su reforma de pensiones. Casi de inmediato, las voces que pedían fin a la reforma, empezaron a pedir la renuncia de Ortega.

A fines de abril, la Iglesia llamó a una segunda manifestación que según algunos testigos ha sido la más grande en la historia de Nicaragua.

Ortega debe renunciar. Debe llamar a elecciones libres anticipadas, debe responder por haber sacado a la policía armada a reprimir a los manifestantes, debe hacerse responsable por los muertos y heridos, y debe allanar el camino a una transición pacífica y ordenada a la democracia. Para ello, deberá también fortalecer las instituciones que él mismo ha socavado para aferrarse al poder.

Pero como suele ocurrir en las dictaduras, no hay partidos de oposición articulados que puedan hacerse cargo del gobierno en el corto o mediano plazo. Los líderes de la revuelta han sido los estudiantes universitarios y en los últimos días la Iglesia. Pero ni unos ni la otra pueden ser gobierno. Y la fragilidad institucional no ayuda.

Parece obvio que el país no puede esperar hasta las próximas elecciones presidenciales, programadas para 2021.

Ha llegado el momento de que todos los actores sociales hagan presión. Los años de letargo y subsidios no van a volver. Sin reforma de pensiones, la plata para tener a todos contentos se acaba en agosto.

La presión interna debe ser acompañada de presión internacional en todos los foros posibles. La OEA debe reactivar las acciones que ha emprendido con Nicaragua para modernizar y democratizar su sistema electoral.

Ortega apostará a ganar tiempo y esperará que se apacigüen los ánimos. Confiará en el apoyo de las Fuerzas Armadas.

No debiera confiar tanto. Pues incluso si logra aferrarse al poder hasta 2021, sus años de lucro fácil en Nicaragua han terminado.

América Economía (Chile)

 



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