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02/03/2018 | Elecciones América Latina 2018: avanzan los outsiders

América Economía Staff

La reciente elección presidencial en Chile, con el triunfo de Sebastián Piñera, reafirmó un giro de América Latina hacia la derecha: antes fueron Mauricio Macri en Argentina y Pedro Pablo Kuczynski en Perú. Este año, cerca de 400 millones de latinoamericanos en siete países eligen presidente. Costa Rica ya tuvo su primera vuelta y va a la segunda el 1° de abril.

 

 Nicolás Maduro ha impuesto elecciones para el 22 de abril, el mismo día que hay presidenciales en Paraguay. Colombia elige presidente el 27 de mayo, los mexicanos van a las urnas el 1° de julio y el último de la serie, Brasil, tiene elecciones presidenciales el 7 de octubre.

En Brasil y México, países que sumados constituyen el 61% de la economía de América Latina y más de la mitad de la población regional, los presidentes que se van son derechistas e impopulares. Es posible, entonces, que la izquierda gane en ambos países.

Es un error, sin embargo, hablar de izquierda y derecha al analizar las elecciones recién pasadas y las próximas. En las recientes elecciones en Perú, Argentina y Chile, no ganaron los candidatos de derecha tanto por apoyar a la empresa privada o al libre mercado; Macri, Kuczynski y Piñera ganaron más bien por oponerse a un gobierno impopular.

Tras este fenómeno pendular hay, creemos, un cambio social de fondo. Los años del boom del precio de los commodities trajeron consigo en América Latina el surgimiento de una nueva clase media, con nuevos estándares de consumo y nuevas aspiraciones. Este estrato social se duplicó en los últimos 15 años, llegando a ser un tercio de la población latinoamericana, según ciertos cálculos. Pero esta es una clase media incipiente, frágil, vulnerable, a pocos pasos de volver a la pobreza, y con mucha dificultad de afianzar su posición por la vía de la educación  o de empleos seguros. El fin del boom, luego de 2014, ha generado así este movimiento pendular: el gobierno de turno es indeseable, más allá de su signo político, por no satisfacer las expectativas de este amplio segmento social. Claro, es posible que el actual retorno a los buenos precios de muchos commodities altere esto en el futuro, Pero hoy por hoy, los gobiernos incumbentes enfrentan el descontento de estas clases.

Es claramente el caso del impopular gobierno del presidente Michel Temer en Brasil, quien sucedió a Dilma Rouseff tras su impeachment. Temer cuenta con apenas 5% de apoyo, a pesar de que la economía brasileña ha empezado nuevamente a crecer bajo la conducción del Ministro de Hacienda Henrique Mereilles, quien ha implementado algunas reformas necesarias. El partido de Temer, el PMDB, ni siquiera tiene un candidato corriendo para las próximas elecciones de octubre. A la cabeza de las encuestas está el legendario Luiz Inácio “Lula” da Silva, quien presidió el país en la primera década del siglo y bajo cuyo mandato decenas de millones de brasileños salieron de la pobreza.

Pero Lula ha sido sentenciado a 12 años de cárcel por corrupción, por lo que es posible que no pueda ser candidato. Quien lo sigue en las encuestas (aunque en distante segundo lugar) es Jair Bolsonaro, un populista conservador racista, homofóbico y partidario de la dictadura militar que imperó en Brasil hace 40 años (“el error de la dictadura fue torturar y no matar”, ha dicho). En tercer lugar empatan la socialista ambientalista Marina Silva y el socialdemócrata Geraldo Alckmin, gobernador del estado de Sao Paulo.

Que el impresentable Bolsonaro sea una opción para los brasileños, con un apoyo de 17% por ciento en las encuestas, revela un preocupante crecimiento de las alternativas de ultraderecha sin vocación democrática. En Chile, el candidato de ultraderecha José Antonio Kast , quien se declara pinochetista, obtuvo el 10% de los votos en la primera vuelta. Y en la reciente primera vuelta presidencial en Costa Rica, la primera mayoría la obtuvo el evangélico y homofóbico Fabricio Alvarado.

En México, el libremercadista Enrique Peña Nieto, del PRI, ha estado envuelto en una serie de escándalos de corrupción personales y no ha logrado reducir la violencia causada por el narcotráfico ni ha hecho crecer la economía como se esperaba. Tampoco lo ayuda la llegada al poder de Donald Trump en Estados Unidos, con su simbólica muralla y su amenaza de matar el Nafta. Todo esto hace que quien lidere las encuestas  para las elecciones presidenciales de julio, con cerca de un 37%, sea Andrés Manuel López Obrador (AMLO), un izquierdista con tradicionales posiciones anti Nafta y anti libre mercado, pero que recientemente ha ido moderando mucho sus planteamientos. De todos modos, una eventual elección de AMLO representa la amenaza de retroceso para México.

Segundo en las encuestas va Ricardo Anaya, con alrededor de 27%, cuya candidatura es apoyada por los dos partidos tradicionales que hoy no están en el poder, el derechista PAN y el más bien izquierdista PRD. Nadie espera que vuelva a ganar el PRI, encarnado en José Antonio Meade, ex ministro de Hacienda de Peña Nieto. Es posible que muchos partidarios del PRI terminen apoyando a Anaya para impedir que AMLO llegue a la presidencia. El candidato izquierdista no es estrictamente un outsider, pero que vaya de favorito en las encuestas muestra un giro claro del electorado hacia las incógnitas políticas.

En Colombia, el presidente y Premio Nobel de la Paz Juan Manuel Santos, no logra subir en las encuestas de popularidad. Su acuerdo de paz con la guerrilla izquierdista de las FARC es vista por la mayoría como una serie de concesiones demasiado generosas para ser justas. Santos no puede volver a ser presidente y habrá primarias para elegir al candidato oficialista. Pero quien comienza a puntear en las encuestas es el ex alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, ex miembro del grupo guerrillero M-19 y de orientación populista. Petro obtuvo el 22% de las preferencias en una encuesta reciente, seguido del centrista Sergio Fajardo, ex alcalde de Medellín y ex gobernador del departamento de Antioquia.

Así, los outsiders avanzan en la región. Los votantes rechazan a los gobiernos salientes, pero también a todos los políticos tradicionales. A fines de 2017, el informe anual de Latinobarómetro sobre la democracia en América Latina mostró que el apoyo al proceso democrático disminuye en la región por cuarto año consecutivo.

Estos bandazos pendulares y a ciegas, que abren espacio a outsiders extremistas o volátiles, no son alentadores. Lo que se requiere en la región es una renovación de la clase política y una mejora en las instituciones que hacen posible la democracia. Se requiere una clase política moderna que se deshaga del viejo paradigma decimonónico de izquierda y derecha. La izquierda necesita aceptar que por ahora no existe alternativa al sistema capitalista. Pero, por otro lado, existen muchas formas de capitalismo, entre ellas algunas que alientan mayores grados de igualdad y equidad, así como de protección social, que, sin amagar la creación de riqueza, responden a anhelos históricos de la izquierda. Por su parte, la derecha precisa comprender que el libre mercado es una gran herramienta de asignación de recursos, pero que no es la panacea universal que resuelve todos los problemas, y que al Estado le puede corresponder un rol único e importante en el desarrollo económico de los  países.

América Economía (Chile)

 



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