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13/02/2018 | Siria e Israel, setenta años de guerra y enemistad

Silvia Nieto

El incidente militar entre ambos países el pasado sábado sirvió para recordar que la paz definitiva en la región está lejos de ser alcanzada

 

Cuando los dos pilotos israelíes de un caza F-16 tuvieron que eyectarse el pasado sábado de su aparato tras ser alcanzados por misiles sirios durante una incursión militar cerca de Palmirala sombra de una rivalidad antigua y nunca resuelta se cernió de nuevo sobre Oriente Próximo. A lo largo de sus setenta años de vida, Israel ha logrado estabilizar sus fronteras gracias a los acuerdos de paz firmados con sus antiguos enemigos. No ha sido así con Siria. El enfrentamiento entre ambos países se remonta al 14 de mayo de 1948, cuando el periodista y futuro primer ministro David Ben-Gurión, bajo el retrato del también periodista Theodor Herlz, el fundador del sionismo moderno, proclamó, desde una sala del Museo de Arte de Tel Aviv, la creación del Estado de Israel. Las potencias árabes circundantes, Egipto, Siria, Jordania, Irak y el Líbano, saludaron su nacimiento con una declaración conjunta de guerra, primera cuenta del rosario de conflictos que iba a sufrir la región a partir de entonces.

Cerrar el primer frente

La lucha de Israel contra las coaliciones árabes se sucedió durante décadas. En el caso de Egipto, Gamal Abdel Nasser fue el ariete del enfrentamiento. Nasser, campeón del panarabismo, había participado en el golpe de Estado que había derrocado a la monarquía egipcia en 1952. Con un programa de corte socialista, populista y nacionalizador, el militar, convertido en presidente en 1956, había dirigido su política exterior hacia la lucha contra el «imperialismo» de los Estados Unidos, batalla con la que justificaba su odio a Israel, a la sazón amigo de Washington. Tras 1948, el segundo choque entre ambos países se había producido en 1956, durante la Guerra del Sinaí. El resquemor había seguido latente, como se podía deducir de los discursos de Nasser; en uno del 26 de mayo de 1967, por ejemplo, había llegado a afirmar: «En caso de guerra, exterminaremos a Israel». En efecto, el magnatario lo intentó durante la Guerra de los Seis Días, que estalló una semana más tarde y que le demostró que no lograría su objetivo tan fácilmente.

Entre el 5 y el 8 de junio, el Ejército israelí, el Tsahal, destruyó la aviación egipcia, ocupó la península del Sinaí y empujó a sus enemigos hasta el canal de Suez, en una operación que, como explica David Elkaïm en «Histoire des guerres d'Israël» (Tallandier, 2018) «provocó un shock» por su desenlace inesperado. Así lo podemos apreciar en «La hierba crece despacio» (Edaf, 2007), los diarios del periodista Ignacio Carrión, que recogen la sopresa de ese verano: «Los países árabes, en lucha contra Israel. Nasser, ese nefasto militar, dijo: 'Queremos la destrucción total del pueblo judío'. Pienso que la victoria es difícil para los judíos. Si las Naciones Unidas no logran un alto al fuego, Israel caerá bajo la salvaje agresión de esos 'santos guerreros'» (5 de junio). «Israel vence espectacular y efectivamente a los países árabes» (7 de junio). «Israel ha sido el asombro del mundo por su espectacular victoria relámpago sobre los países árabes» (11 de junio).

Enfermo de diabetes, Nasser soportó la derrota hasta 1970, cuando un infarto le mató. Su sucesor, Anwar el-Sadat, se apartó de su legado. Al poco de llegar al poder, intentó debilitar las relaciones, alimentadas por su predecesor, que Egipto mantenía con Moscú; un propósito que se materializó en la expulsión de 20.000 consejeros militares soviéticos en julio de 1972. Luego, en secreto, organizó junto a Siria un nuevo ataque contra Israel. La guerra de Yom Kippur —llamada así por la fecha en la que estalló, el 6 de octubre de 1973, el Día del Perdón para los judíos—, tuvo un final mucho más reñido que la de 1967. Una vez terminada, Sadat, que siguió alejándose de la Unión Soviética, empezó a acercarse a los Estados Unidos, pero sobre todo a Israel. De hecho, en noviembre de 1977, en una visita histórica, llegó a pisar la tierra de su antiguo enemigo, acudiendo a Yad Vashem, el Memorial del Holocausto, o al Knesset, el parlamento hebreo. La aproximación concluyó al año siguiente con la firma de los acuerdos de paz de Camp David, rubricados por Sadat y por Mechamem Begin, por entonces primer ministro de Israel. El presidente de los Estados Unidos, el demócrata Jimmy Carter, había participado en el proceso como mediador. Gracias a ese pacto, Egipto recuperó la península del Sinaí, perdida en 1967.

Un paisaje lunar

Pero, ¿y Siria? Damasco había participado, en 1948, en la primera ofensiva de la coalición árabe contra Israel, pero también en la de la Guerra de los Seis Días, donde había perdido buena parte de los Altos del Golán, ocupados desde entonces por el Tsahal. Con una extensión de unos mil kilómetros cuadrados, ese territorio era un auténtico caramelo que brindaba a Israel una vista fabulosa de Siria, la posibilidad de instalar sistemas defensivos y, además, de explotar sus grandes reservas de agua. Damasco, por razones obvias, intentó recuperarlos lo antes posible. Su turno llegó en 1973, con la guerra de Yom Kippur. El periodista Ryszard Kapucinski, que cubrió la contienda, contaba en su «Cristo con un fusil al hombro»(Anagrama, 2009): «Las batallas en los Altos del Golán se prolongan desde el alba hasta el ocaso (...) Los dos ejércitos permanecen ocultos bajo tierra, en búnkers y refugios, o parapetados en las torretas de sus tanques. Nadie camina ni corre por la meseta, en los caminos no hay ni un alma; arrasadas las aldeas, los Altos del Golán ofrecen un desolado paisaje lunar». Los sirios no lo consiguieron.

Tras la guerra de Yom Kippur, las Naciones Unidas, sabedoras de que la zona era un foco tensión, decidieron, en mayo de 1974, crear el FNUOS, una misión de los cascos azules aún vigente y encargada de asegurar el cese al fuego entre ambos países. En 1981, Israel se anexionó los Altos del Golán a su territorio, poniéndolo bajo su administración y continuando con su política de asentamientos. Así las cosas, los intentos para un acuerdo entre Siria e Israel no llegaron a buen puerto, cayendo en saco roto en marzo de 2000, cuando las conversaciones entre Ehud Barek, el primer ministro israelí, y Hafez al Assad, el presidente sirio, fracasaron. No se pudo, por tanto, repetir un nuevo Camp David, ni tampoco un acuerdo de paz como el que Tel Aviv había rubricado con Jordania, otro de sus viejos enemigos, en 1994.

Los problemas entre ambos países tienen, por ahora, difícil solución. Como se ha visto durante estos últimos años, los aliados de Siria, Irány la milicia chiíta Hizbolá, coinciden con los peores enemigos de Israel en la zona. Por su parte, el actual primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, expresó el año pasado su completa oposición a devolver los Altos del Golán, que, dijo, permanecerán «permanentemente» bajo la soberanía de su país. Falta por saber si el incidente del pasado sábado es el primero, o no, de una escalada de tensión de imprevisible desenlace.

ABC (España)

 



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