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20/01/2018 | Donald Trump o la diplomacia del manotazo

Pablo Pardo

Trump se ha acercado a viejos aliados (Arabia Saudí, Egipto, Israel), se ha distanciado de los enemigos tradicionales (Cuba e Irán) y ha mantenido la tensión con Corea del Norte y Venezuela. No es un hombre de estrategias, sino de amenazas. Su carácter explosivo y el caos en el Departamento de Estado añaden incertidumbre a su política internacional

 

Es el manotazo de 2017. Fue el 22 de mayo, en la pista del Aeropuerto Ben Gurion de Tel Aviv. Donald Trump extendió su mano hacia su esposa, Melania. Ésta no solo no correspondió al gesto sino que, al cabo de unos segundos, le dio un manotazo al presidente. Y, a continuación, giró la cabeza en sentido contrario.

A nivel diplomático, Donald Trump estaba dando otro manotazo. Desde 1980, los dos primeros viajes que cada nuevo presidente de Estados Unidos hacía eran a las dos únicas naciones con los que esa nación tiene frontera: Canadá y México. Donald Trump eligió Arabia Saudí, Israel, la Autoridad Nacional Palestina, el Vaticano, y las cumbres del G-7 de Italia y de la OTAN de Bruselas.

De modo que Canadá y México quedaban fuera, porque Trump no quería generar la impresión de cercanía a los vecinos de EEUU debido a sus disputas comerciales - con ambos países - y en inmigración - con el segundo -. Al mismo tiempo, el presidente estadounidense tendía puentes con el aliado de Washington que más había hecho para que Barack Obama perdiera la reelección en 2012, el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, y con otro aliado de EEUU con el que su predecesor tenía una relación distante, Arabia Saudí. Y, finalmente, y pese a todas sus críticas al 'globalismo' y a la OTAN, Trump bajaba la cabeza y se juntaba con el G-7 y con la Alianza Atlántica.

Es un viaje que resume la política exterior de Trump, un político cuya mayor promesa de ruptura era, precisamente, en política exterior. Durante 17 meses de campaña, el presidente estadounidense había recorrido el país amenazando con romper los acuerdos de libre comercio con otros países, imponer aranceles, e, incluso, insinuando el final - si no de hecho, sí en la práctica - de la OTAN. Trump había declarado esencialmente el final del orden liberal que los propios Estados Unidos habían creado tras la Segunda Guerra Mundial.

Nuevos lazos con antiguos aliados

Un año más tarde, Trump no parece haber cambiado en su línea de pensamiento. Pero, paradójicamente, no ha desmontado ese orden internacional. Se ha limitado a cuestionarlo. Se ha acercado a algunos viejos aliados de EEUU con los que Obama tenía malas relaciones - la Arabia Saudí del príncipe heredero Mohamed bin Salman, el Egipto del dictador Abdel Fatah Al Sisi - y se ha distanciado de dos enemigos tradicionales de la primera potencia con los que su predecesor había iniciado arriesgados deshielos: Cuba e Irán. Y ha mantenido la tensión con Venezuela y Corea del Norte, en lo que en la práctica es una continuación de la política de Obama - lo que en el caso de Donald Trump es la mayor ofensa que se le puede hacer - aunque aderezándola de insultos a través de Twitter.

La OTAN sigue en pie. Pese a la defensa realizada por Trump de Vladimir Putin, EEUU no solo no ha retirado a sus soldados de los países bálticos, sino que va a entregar misiles antitanque al Gobierno de Ucrania que, a su vez, podría emplearlos contra los separatistas prorrusos del este del país. Cierto, Trump ha dejado de 'certificar' el cumplimiento por Irán del acuerdo firmado por ese país y la comunidad internacional, lo que implica que, oficialmente, Washington cree que Teherán no está cumpliendo su parte del trato. Pero no es menos cierto que el presidente de EEUU se ha abstenido, hasta la fecha, de imponer sanciones a Irán, o de retirarse del acuerdo.

Igualmente Trump se ha enzarzado en una guerra de tuits más propia de Sálvame Deluxe que de El Ala Oeste o, al menos, de House of Cards, - de nuevo, ese rechazo del elitismo - , con el dictador norcoreano Kim Yong-un. Y, de nuevo, pese a todas las amenazas, EEUU no ha iniciado la evacuación de los 100.000 estadounidenses - excluidos militares - que viven en Corea del Sur, ni de los 200.000 que están en Japón, lo que sería una señal de que los insultos pueden ser sustituidos por misiles. Las bases estadounidenses en el Pacífico no están en estado de alerta pese a los ensayos nucleares y de misiles norcoreanos. Y también es verdad que Trump ha decidido trasladar la embajada de EEUU de Tel Aviv a Jerusalén, en lo que es una medida de enorme trascendencia diplomática pero que, en la concepción de la Casa Blanca, busca el voto evangélico, no reordenar Oriente Medio. Y, aun así, y dado lo que ha tardado en construir la nueva legación diplomática en Londres, mover la embajada tardará probablemente una década en materializarse.

Trump no solo no se ha enfrentado a China, sino que ha entregado a Pekín el control del Mar del Sur de China, una sección del Pacífico de una superficie de 1,5 millones de kilómetros cuadrados que se disputan ese país, Taiwan, Filipinas, Indonesia, Vietnam, y Malasia. Así que 2018 empieza con Pekín expandiendo su control sobre el equivalente de tres Españas del Pacífico, y acercando las bases aéreas que está construyendo en los arrecifes de coral de la región - que están siendo pulverizados en el proceso - a Australia, Taiwan, Filipinas, y Tailandia. El presidente no ha retirado a EEUU del Acuerdo de Libre Comercio que ese país tiene con Canadá y México (NAFTA, según sus siglas en inglés), y se ha conformado con una renegociación que, hasta la fecha, no está yendo a ninguna parte. Su declarada animadversión hacia la UE, el euro, Alemania y Angela Merkelno se ha traducido, hasta la fecha, en nada más que dar sepultura a las moribundas negociaciones para la creación de un área de libre comercio transatlántica y en negarse a darle la mano a la canciller alemana cuando ésta visitó Washington en marzo.

Incertidumbre en el futuro

Eso no quiere decir que las cosas vayan a seguir así. Por un lado, está el carácter explosivo de Trump, que en el mes de abril estuvo a punto de liquidar de un plumazo el NAFTA, y solo cambió de parecer cuando sus asesores le mostraron un mapa en el que se veían sus votantes y la dependencia de las regiones en las que viven de las exportaciones agrícolas a México. También quiso acabar con el tratado de libre comercio con Corea del Sur, y, una vez más, no lo hizo.

Otro factor de incertidumbre es el equipo de política exterior de Trump. En ninguna área ha quedado tan claro el caos organizativo del actual Gobierno como en las relaciones internacionales. En su más puro estilo, Trump eligió como secretario de Estado a Rex Tillerson, entonces presidente y consejero delegado de la mayor petrolera estadounidense, ExxonMobil, tras conocerlo. El resultado ha sido un desastre. Tillerson ha tomado el control de la diplomacia estadounidense congelando el escalafón y tratando de imponer un recorte del gasto que ha provocado una desbandada del Departamento de Estado. Si esa unidad administrativa ya estaba en crisis, con un presupuesto equivalente a solo el 7% del que tiene el Departamento de Defensa, ahora está al borde del colapso. Es un paso más en la militarización de la política exterior de la primera potencia mundial.

El problema va más allá de Tillerson. El yerno de Trump, Jared Kushner - un ex promotor inmobiliario neoyorkino que cumplió 37 años el pasado día 10 - lleva la política de EEUU para Oriente Medio de manera virtualmente independiente. El primer consejero de Seguridad Nacional de Trump, el general Michael Flynn, ha alcanzado un acuerdo con Robert Mueller, el fiscal especial que investiga la trama rusa de las elecciones de 2016 tras admitir que mintió sobre sus intentos para boicotear, con la ayuda de Rusia, la política de Obama en relación a Israel. La relación entre el presidente y las más de 40 agencias de inteligencia de EEUU es pésima. Solo su secretario de Defensa, James Mattis, parece haber sido una elección correcta desde el primer día. El único problema es que el disciplinado Mattis quiere, según algunos, una "guerra pequeña" con Irán. Algo a lo que Trump, que es más dado a los gestos grandilocuentes que a las acciones, se opone.

Así que, por ahora, Trump ha amagado, ha cuestionado, ha amenazado en la escena internacional. Pero ha hecho poco. Sus enemigos - que entre los expertos en política internacional y diplomáticos son prácticamente el 100% del censo - dirán que es mejor así. Hal Brands, que fue asesor del Departamento de Estado de Obama y es ahora profesor de la escuela de relaciones Internacionales de la Universidad Johns Hopkins (SAIS) dice que Trump no se cree su propia política exterior, y hasta acaba de publicar un libro, 'America Grand Strategy in the Age of Trump' ('La Gran Estrategia de EEUU en la era de Trump') para demostrarlo. Claro que Trump no es un hombre de estrategias, sino de tácticas, de movimientos rápidos e instintivos. Por eso, hasta la fecha, ha amagado y no ha dado. Es la diplomacia del manotazo. Tenemos hasta 2020 para ver si el manotazo se convirte en caricia o en bofetada.

El Mundo (España)

 



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