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30/04/2017 | Viaje a Trumplandia 100 días después

Pablo Pardo

Cien días después de su llegada al poder, los seguidores del presidente de Estados Unidos mantienen su apoyo firme a Donald Trump

 

Un pastor de una iglesia que nos apoya me envió una carta en febrero en la que ponía en paralelo parte de las discusiones políticas sobre el control extremo a la entrada de inmigrantes en Estados Unidos y el verdadero control que aplica Dios a cualquiera que quiera entrar en el cielo.

Así arranca el artículo Extreme Vetting (Investigación Extrema) del Boletín de las Buenas Noticias de marzo de la iglesia metodista de Swain Memorial, en la isla de Tangier, en Virginia. No es fácil ir al cielo. Así que ¿por qué va a ser fácil entrar en EEUU? Es un razonamiento lógico en Tangier. Esto es pura 'Trumplandia'. El 9 de noviembre, en el colegio electoral que se instaló en la escuela -un edificio construido sobre pilotes porque, como el resto de la isla, el mar lo anega una o dos veces al mes- votaron 221 personas por Donald Trump. Por Hillary Clinton, 27. Cien días después de la jura del cargo por Trump, sus votantes no se arrepienten. Ni en Tangier ni, a juzgar por las encuestas, en el resto de EEUU.

Trump arrasó en Tangier por las cinco razones por las que ganó en EEUU: no es un político profesional; quiere liberalizar la economía; se opone al aborto; dice que va a crear un nuevo sistema de salud; y ha prometido ser duro con el Islam radical. Así cautivó a estos 500 habitantes cristianos evangélicos blancos, conservadores, y con serios problemas de adicción a los calmantes que se dispensan con receta, a la heroína, y al alcohol. Porque, como dice Anthony Marshall, de 60 años, junto al cartel de "Vota Trump" a la entrada de su casa "en Tangier no puedes comprar alcohol, pero sí puedes beberlo". Y él habla desde la experiencia: "Cogí cáncer hace 12 años. Llevo tres: de esófago, pulmón, y riñón. Demasiado tabaco y demasiado alcohol".

Anthony es mariscador, una actividad que llegó a emplear al 90% de los hombres de Tangier, pero que hoy solo ocupa al 60%. Votó por Trump. Y le sigue apoyando. "Está haciendo un buen trabajo, y lo haría mejor si los demócratas le dejaran hacer lo que tiene que hacer", concluye, junto al cartel de "Vota por Trump" que, al igual que muchos vecinos, tiene a la puerta de su casa. Lo mismo piensa su amigo David, también mariscador, de 56 años: "Trump es un tipo que dice las cosas como son. Él no habla; hace".

Anthony no puede trabajar en el mar porque no tiene licencia. Su esperanza es que Trump elimine las restricciones a la pesca del cangrejo y las ostras. Porque Tangier ha entrado en barrena con el declive del marisqueo. Nunca fue rica. Pero hoy sus habitantes viven en un ejercicio permanente de malabarismo económico. Su población ha caído en un 50% en 30 años.

Faith, de 57 años, regordeta y con el pelo teñido de rubio, tiene tres trabajos: es dependienta en la tienda de 'souvenirs' de su hermana (la cartera del pueblo), asesora a la gente cuando piden créditos al banco, y es maestra suplente. "La economía está mal", dice Faith, que está "orgullosa" de haber votado por Trump, y cree que el mayor problema de la isla es la salud. "¿Cómo vas a pensar en pagar el médico cuando tienes primero que pensar en cómo vas a pagar la comida?", dice. James Eskridge, alias Ooker, que es alcalde de Tangier desde 2008, explica que "la gente tiene que pagar al médico a plazos. Es como cuando arreglas tu casa o tu bote, pero con tu salud".

Tangier se hunde demográfica, económica... y físicamente. La isla puede convertirse en la primer localidad de EEUU que tenga que ser evacuada por la subida del nivel del mar debida al calentamiento de la Tierra. Eso la ha hecho famosa. En julio, Tangier salió en la revista dominical de The New York Times. El mes que viene, llega CNN. La gente entierra a sus muertos en el jardín de casa, porque los cementerios están bajo el agua. En 2014, el autor de estas líneas, vio en una playa, arrastrada por las olas, la lápida de Effie Wilson, que murió en 1893, a los doce años, y cuyo epitafio reza: "No me olvidéis. Es todo lo que pido".

Pero en Tangier nadie cree en el cambio climático. La culpa, dicen, es de la erosión, así que lo que necesitan son escolleras para protegerse del mar. Paradójicamente, el primer dique que se va a construir en tres décadas fue aprobado por Barack Obama. Y Trump ha decidido cancelar el plan de rehabilitación medioambiental de la Bahía de Chesapeake, que trata de aumentar la población de cangrejos y ostras que se pescan en Tangier. Esta isla de orgullosos pescadores que no quiere al Estado cerca depende del Estado para construir diques que sus habitantes no podrían pagar jamás.

Pero no es solo economía. También es la guerra. A la salida de la iglesia, un adolescente de pelo largo comenta a su madre: "He leído en Internet que en Alemania están dejando en libertad a inmigrantes turcos acusados de violación porque dicen que para los turcos, la violación es algo normal. Esos alemanes... van a tener que armar a la gente".

En el único restaurante abierto, Mark, que cumple 58 años el mes que viene, se confiesa frente a un plato de pescado: "Temo la guerra con Corea del Norte", dice. Mark es alto y fuerte. Con su camisa a cuadros y sus vaqueros tiene cuerpo de mariscador, pero pilota el bote del correo. Ahí viene otro de sus temores: algún día, piensa, el Estado Islámico puede meter a un terrorista suicida en el barco y volarlo por los aires.

En Tangier se teme al Islam tanto como se sigue al protestantismo evangélico. Y eso tiene implicaciones políticas. Ines Pruitt, de 55 años, explica el masivo apoyo a Trump sin dudar: "Votamos por él porque se opone al aborto". Inés, que trabaja en el centro de salud, habla con EL MUNDO a la entrada de la otra iglesia de la isla, la Congregación del Nuevo Testamento, más conservadora que la de Swain Memorial.

Inés recurre a la Biblia para explicar cómo una devota cristiana puede apoyar a un adúltero en serie como Trump: "Piense en el Rey David [del Antiguo Testamento]. No era perfecto, pero acogió a Dios en su corazón. Trump ama a Estados Unidos". A su lado, junto a un mapa con las misiones de la iglesia en todo el mundo, está su marido, Jerry Pruitt, que a sus 73 años es uno de los seis 'Ancianos' ('Elders') que, según sus propias palabras, "guía al rebaño" de la Congregación. Jerry escucha a Inés y luego, con voz grave, asiente: "Desde luego, Trump ama a Estados Unidos".

El Mundo (España)

 



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