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23/01/2017 | El mundo que Obama deja al nuevo presidente

Pedro Rodriguez

Un periodo donde los cambios y el desequilibrio supera con creces la capacidad de cualquier gobierno

 

En sus ocho años como presidente de Estados Unidos, Barack Obama se ha enfrentado a uno de esos periodos donde los cambios y el desequilibrio supera con creces la capacidad de cualquier gobierno para ofrecer respuestas eficientes. En su caso, el presidente número 44 llegó al despacho oval con las mejores intenciones bajo el prisma del idealismo internacionalista esbozado en un inevitable artículo en la revista Foreign Affairs. Su política exterior multicultural estaba basada en valores y no tanto en estrechas definiciones del interés nacional. Y su hoja de ruta internacional pasaba a través de alianzas en lugar del unilateralismo generado tras el 11-S, con mucha más fuerza que consenso.

Estos deseos quedaron simbolizados desde el mismo momento de la llegada de Obama al despacho oval, con órdenes tajantes para cerrar la prisión extrajudicial de Guantánamo y prohibir la práctica de torturas en interrogatorios a sospechosos de terrorismo internacional. Sin embargo, la desbordada realidad de dos guerras simultáneas –Afganistán e Irak– que sobrepasaban con creces las capacidad militar y financiera de Estados Unidos, terminó por imponerse. Y Obama empezó a desvincularse gradualmente de los multimillonarios experimentos de hard power promovidos por la Administración Bush para terminar con una visión mucho más calculada y realista en la que ha alineado los recursos de EE.UU. con sus objetivos internacionales, empezando por distinguir entre amenazas vitales y amenazas menores con la consiguiente dosificación de respuestas. Para Obama, Washington no debía empeñarse en seguir interpretando el papel de villano, ni pecar de orgullo al rebasar sus capacidades de forma temeraria.

Para calibrar la Doctrina Obama, el documento de referencia es la entrevista concedida la pasada primavera a la revista The Atlantic. En ese prolijo análisis, el presidente reconoció que había terminado por contagiarse de un preocupante fatalismo sobre las limitaciones de Washington en la arena internacional. Especialmente ante una serie de profundas y poderosas fuerzas –el tribalismo, líderes que no están a la altura y la prevalencia del miedo– que conspiran, chocan y limitan las mejores intenciones americanas en el mundo.

Desde hace más de dos siglos, los grandes debates intelectuales que acompañan a la formulación de la política exterior de Estados Unidos se han empeñado en encontrar una gran estrategia omnipresente, una doctrina que lo explique todo. Y por eso resulta tan disonante que el propio Obama haya formulado el principio de no stupid shit (algo así como «no más cagadas») para distanciarse de la destructiva adicción al uso de la fuerza por parte de la Administración Bush.

Bajo ese conformador principio escatológico, EE.UU. ha terminado por asumir una desesperante pasividad ante conflictos como el de Siria, apostar por un pivotaje hacia Asia y cuestionar viejas amistadas y enemistades. Obama incluso ha presumido de algunos éxitos «potencialmente históricos». Con una lista en la que figura el nuevo tratado contra el cambio climático; el TPP con Asia que representa un 40% del PIB mundial; el delicado acuerdo nuclear con Irán; y, por supuesto, el esfuerzo por normalizar relaciones diplomáticas con Cuba.

Por supuesto, ante la llegada de la Administración Trump, estos grandes éxitos parecen más bien una lista de especies amenazadas y en vía de extinción. Ya que la gran mayoría de todas esas decisiones no son compartidas por el nuevo ocupante de la Casa Blanca, empeñado en cuestionar toda clase de principios que han dominado la política exterior del país desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Estas diferencias entre la visión internacional del presidente número 44 y del número 45 prometen resultar muy problemáticas en un país no acostumbrado a modificar radicalmente la dirección de su política exterior. Con el agravante de haber operado más allá de sus fronteras bajo sustanciales niveles de consenso bipartidista entre republicanos y demócratas.

Cambios dramáticos

Este cisma también se solapa con muchos de los frentes internacionales sometidos a dramáticos cambios en los últimos ocho años. Cuando en enero de 2007 Obama estaba enfilando su salto a la primera fila de la política de Estados Unidos, Steve Jobs presentaba el iPhone. Y desde entonces, la proliferación de teléfonos inteligentes, tabletas, acceso a internet y redes sociales no ha hecho más que dispararse. Con los consiguientes cambios asociados a la política general, la acción de gobierno y la forma de hacer campañas electorales. En particular, las redes sociales como Facebook y Twitter ahora son tan relevantes, o incluso más, que la televisión tradicional en el camino a la Casa Blanca.

En la era Obama, el problema del cambio climático a pesar de las dudas y polémicas iniciales ha conseguido imponerse como uno de los principales retos para todo el mundo. La proliferación de climatología extrema, el deshilo del Ártico y la subida de temperaturas (con tres años consecutivos de plusmarcas confirmados esta misma semana) ilustran la existencia de una amenaza global que no puede ser enfrentada sin cooperación multilateral.

Otro de los grandes cambios internacionales acelerados durante la presidencia de Obama, ha sido la proliferación de Estados fallidos, guerras y conflictos. Además de una explosión en el número de refugiados y desplazados, sin precedentes desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Es verdad que el censo de dictadores ha disminuido un poco pero la emergencia de actores no estatales como Daesh han suplantado cualquier saldo positivo sobre todo en el mundo árabe.

En este periodo, China ha empezado a flexionar sus músculos a través de reclamaciones de soberanía marítima en detrimento de sus vecinos. El régimen comunista insiste en que, salvo la causa del libre comercio, no se considera obligado por un orden internacional formulado sin su voz ni su voto. Al mismo tiempo, Rusia ha continuado cuestionando la soberanía de países vecinos en su empeño de recrear esferas de influencia soviéticas. Y la pasividad occidental en Siria ha sido la gran oportunidad aprovechada por Putin para reclamar un papel positivo y hegemónico.

En estos años, la globalización ha llegado a su máxima expresión y también a su máximo descrédito con ayuda de la grave crisis financiera que se encontró Obama al llegar a la Casa Blanca. Estas circunstancias se complican con el fundado pesimismo de que nada va a ser como antes de la crisis en virtud de una transformación radical en toda clase de sectores a través de robots ciberfísicos. Es decir, la cuarta revolución industrial resultado de la convergencia de tecnologías digitales, físicas y biológica, con el potencial de eliminar millones de puestos de trabajo en todo el mundo.

Estas ansiedades, junto al descrédito de partidos políticos tradicionales como los demócratas en Estados Unidos o la socialdemocracia en Europa, han provocado en ambas orillas del Atlántico una epidemia de desafección, polarización y populismo. Este panorama más que problemático contrasta con las aspiraciones de unidad nacional, cambio y esperanza ofrecidos hace justo ocho años por Barack Obama al tomar posesión como presidente de Estados Unidos.

ABC (España)

 



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