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21/12/2016 | Y así llegó la muerte de la globalización

Pablo Pardo

Los expertos alertan: recordaremos 2016 como el año en que arrancó la "desglobalización".

 

La globalización empezó oficialmente en mayo de 1983, cuando la revista Harvard Business Review publicaba un artículo de su director, Theodore Levitt, titulado La Globalización de los Mercados. Hacía más dos décadas que se había generalizado el uso de ese término en Ciencias Sociales. Pero, con ese artículo, se convirtió en un cliché.

Ahora, a falta de un mes para que Donald Trump se mude a la Casa Blanca y de 100 días para que Gran Bretaña inicie las negociaciones para salir de la UE, ¿se está acabando la globalización? El máximo asesor político de Donald Trump, Steven Bannon, ha declarado que la llegada del nuevo presidente a la Casa Blanca «es un movimiento tan excitante como los años 30». O sea: proyectos industriales financiados con un endeudamiento masivo del Estado. Es un cierre al comercio, a la emigración y a la inversión internacional. Ni el capital ni el trabajo, que son los dos factores de producción de la economía, se podrán mover de un país a otro: el pilar de la globalización.

Es algo que en España conocemos. Se llamó autarquía, y es la política económica que Francisco Franco puso en práctica hasta finales de los años 50, cuando no le quedó más remedio que admitir que había que ir a pasar la gorra, literalmente, a la esquina de la calle 19 con la Avenida de Pennsylvania, donde están las sedes del FMI y del Banco Mundial, en Washington. La autarquía acabó, y empezó lo que se llamó el milagro español, cuando España, en los 60, tuvo la tasa de crecimiento del PIB más alta del mundo después de la de Japón.

No está claro que vayamos a lo que Bannon preconiza. Pero sí que la globalización se ha frenado. La Organización Mundial del Comercio (OMC) prevé que los intercambios mundiales solo crezcan un 1,7% este año, y entre un 1,8% y un 3,7% en 2017. Es una cifra muy baja. Pero esa es la tónica desde que terminó la última crisis. Desde entonces, el comercio mundial apenas ha crecido. Es algo llamativo, y más aún porque la mayor parte de los intercambios de mercancías y servicios mundiales son de bienes intermedios. O sea, componentes que van de un país a otro, se ensamblan, y son enviados a un tercero. Hay productos que cruzan la frontera entre EEUU y México media docena de veces antes de quedar acabados.

Es lo que se llama la cadena de suministros mundial, que puede quedar fracturada si Donald Trump cumple sus amenazas de forzar una renegociación del tratado de libre comercio entre EEUU y México, y que va a ser dañada por su decisión de no proponer al Congreso la ratificación del Tratado de Asociación Transpacífica, acordado entre ese país y otros 11 de Asia, América Latina y Oceanía.

La globalización no va a desaparecer de repente, porque la tecnología seguirá avanzando. Pero, sin voluntad política, se va a frenar. Es lo que advierte George Saravelos, el jefe de estrategia de divisas de Deutsche Bank, el mayor banco de Alemania. «Si la quiebra de Lehman Brothers 2008 fue el detonante del fenómeno, este año se recordará por la aparición de una nueva mega-tendencia: que la globalización ha tocado techo y, probablemente, vaya a empezar a caer».

El Banco de Pagos Internacionales de Basilea (BIS), el Foro de Estabilidad Financiera (FSB), el FMI, la OMC, y los infinitos G (G-7, G-8, G-10, G-20) han ido parcheando el caos regulatorio y la falta de instituciones de la integración de la economía mundial. Pero ahora estamos en lo que uno de los creadores del análisis del riesgo político, Ian Bremmer, llama el G-0Cero porque no hay líder. Cada país va por libre.

Acaso no sea más que una reacción a la situación de la economía mundial. La actual oleada de globalización empezó en 1979. El 3 de mayo de ese año los británicos eligieran a Margaret Thatcher primera ministro. Su eslogan era Labour Doesn't Work, un juego de palabras que podía traducirse tanto como El laborismo no funciona, y su programa giraba en torno a la idea de que «trabajar duro debe ser recompensado».

La idea de Thatcher era vaga, pero, con los años la hizo un dogma. Había que pagar un precio por la estabilidad de precios, y ese precio era paro y salarios más bajos. Y, para lograrlo, hacía falta más competencia. Derribar fronteras, acabar con los monopolios, hacer a las empresas eficientes, reducir el Estado, y fomentar el libre movimiento de capital y el trabajo. La gente lo aceptó, y por una razón: no quedaba otra. En 1979, los precios subieron el 13,3% en EEUU, el 17,2% en Gran Bretaña y el 15,6% en España.

Hoy, el mundo es diferente. Estamos en lo que el ex secretario del Tesoro con Bill Clinton, Lawrence Summers, llama «estancamiento secular». O sea, crecimiento bajo, precios estancados o a la baja (con lo que las deudas cada día que pasa valen más), paro alto, y salarios deprimidos. Es la reacción habitual de cualquier economía tras una crisis financiera, como revelan los profesores de Harvard Kenneth Rogoff y Carmen Reinhart en Esta vez es distinto (Ed. Fondo de Cultura Económica de España), su monumental ladrillo en el que analizan las crisis financieras de los últimos 900 años. Pero, si se observa en detalle, se ve que es la combinación de lo peor de 1979 (aunque con caída de precios en vez de precios disparados) más problemas nuevos.

Y, paradójicamente, los que votaron en 1979 por el ajuste thatcheriano rechazan ahora la globalización. Los enemigos de la integración son las personas de más edad. Y también las que tienen un nivel educativo más bajo. A ellas les ha golpeado más la globalización, y les ha llevado a perder no solo riqueza, sino primacía cultural. Los valores y los trabajos de toda la vida han quedado obliterados por empleos en el sector servicios, o en mercados financieros, en ciudades. Por ahora, el debate sobre globalización sí o no es más un debate entre el campo y la gente mayor contra los jóvenes y los urbanitas. Pero, si las ciudades y los jóvenes cambian, entonces sí que estaremos en un ciclo diferente del que comenzó en 1979.

El Mundo (España)

 



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