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21/12/2016 | China: cómo esconder dos billones sin que se note mucho

Pablo Pardo

Si cuando compráramos una casa fuéramos realistas, nos daríamos cuenta de que es en realidad el banco el que la está comprando.

 

El banco le paga al dueño (con nosotros de intermediarios, aunque somos los únicos intermediarios que no solo no se llevan nada, sino que incluso pagan, bajo la forma de comisiones) y, después, nosotros, poco a poco, vamos comprándole la casita al banco, en cómodos plazos mensuales, durante 20 o 30 años. Al final, el banco nos cobra por la casa mucho más de lo que le ha pagado al dueño.

Así que un crédito podría ser considerado una inversión. ¿Por qué no? A fin de cuentas, si no lo devolvemos, el banco se queda con el piso (si tenemos suerte) o con todo (si no la tenemos).

Eso es lo que han hecho los banqueros chinos: transformar dos billones de euros de créditos en inversiones. En realidad, la cifra es todavía mayor, porque esos dos billones se circunscriben a los 32 mayores bancos cotizados en Bolsa, según el 'Wall Street Journal', que es quien ha levantado la liebre. Una liebre de dos billones y que equivale nada menos que al 20% de toda la cartera de créditos de los bancos chinos.

¿Por qué hacen eso los bancos chinos? Simplemente, porque, cuando un banco concede un crédito debe hacer provisiones por si el deudor no le paga. En el caso de la inversión, no. Y menos aún cuando ésta se hace en empresas del Estado o de las administraciones locales.

Convertir créditos en inversiones es una vieja estrategia de los banqueros, que revela cuán rápidamente el Partido Comunista Chino está desarrollando un capitalismo basado en la deuda. La agencia de noticias Bloomberg estima que la deuda privada china era el equivalente del 225% del PIB hace un año. Es un nivel que recuerda al de España tras la explosión de la burbuja del ladrillo, de la que aún no nos hemos recuperado, y que, en el caso de China, continúa creciendo.

Claro que el gigante asiático tiene ventajas de las que España -y los demás países occidentales- carecíamos cuando se nos vino el mundo encima: su tasa de ahorro es enorme, la deuda de las familias es muy baja, los bancos se financian sobre todo por medio de depósitos, y no en mercados de capitales que pueden secarse de un día para otro, y los acreedores -los bancos- y los deudores -las grandes empresas, sobre todo en sectores como el energético- son del mismo dueño: el Estado. O sea, que el Estado se debe dinero a sí mismo y, aunque la economía real no es una cosa matemática, si yo me presto dinero a mí mismo, me puedo perdonar la deuda. No es tan sencillo como eso, y tampoco el mejor de los mundos posibles, pero cosas peores se hacen todos los días.

Aunque... Ése es precisamente uno de los problemas. El Estado presta al Estado, y el Estado tiene una obsesión enfermiza en que el crecimiento económico se mantenga en el 6,5%. Así que el Estado hace la vista gorda cuando los bancos del Estado dan a las empresas del Estado créditos camuflados de inversiones. Y, como el Estado es quien hace las estadísticas, resulta imposible saber qué pasa.

¿Se está frenando el crecimiento, como dicen los pesimistas, que hablan de una expansión del PIB del 5% o menos? ¿O es que el presidente chino Xi Jinping está logrando su objetivo de que el país se concentre más en el sector servicios, que es más difícil de medir que sectores como el tráfico de mercancías por ferrocarril, que han sido tradicionalmente los favoritos de los inversores occidentales para determinar la marcha de ese país?

Es imposible saberlo. Pero hay algunas cosas claras. La primera, que la actual expansión del crédito es insostenible en el medio plazo. No hay país que aguante una expansión de los créditos hipotecarios del 88% en 9 meses, ni con un mercado de bonos que no hace más que crecer desaforadamente, como le está pasando a China. La segunda, que hace falta transparencia. Descubrir que los bancos de la segunda mayor economía del mundo se han dejado 2 billones de euros (2,3, según el banco suizo UBS) encima del piano sin que nadie les diga nada no es tranquilizador ni por la monstruosidad de la cifra ni por lo que nos indica de la solidez institucional de ese país.

El Mundo (España)

 



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