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20/09/2016 | México en 2018

Luis Rubio



Las precandidaturas a la presidencia crecen y proliferan a la velocidad del sonido. En ese parque hay hombres y mujeres, jóvenes y mayores, personas experimentadas y neófitas. Si uno tuviera que evaluar a la política mexicana por el número, diversidad e intensidad de quienes pretenden la presidencia, habría que concluir que nuestra democracia es vigorosa.

 

Lo peculiar de la contienda que se avecina es que el discurso de los aspirantes nada tiene que ver con el mundo en el que vivimos. Pero es ese mundo el que determinará las oportunidades y riesgos que el país enfrentará luego de la próxima justa presidencial.

El entorno tanto nacional como internacional ha tendido a deteriorarse en los últimos meses, sembrando dudas sobre la estabilidad tanto política como económica. Atrás quedó la certidumbre casi inamovible que producía el equilibrio de poder entre las potencias de la guerra fría y la solidez de las instituciones multilaterales de aquella era, mediados del siglo XX. Ese marco de certidumbre favoreció el crecimiento económico interno y la paz social. Sin embargo, a partir de los setenta, las cosas cambiaron, minando las fuentes de certidumbre y amenazando la estabilidad. Estas circunstancias han caracterizado el entorno, pero la problemática se ha acelerado en los últimos tiempos, creando un mar de dudas sobre el futuro.

En el entorno internacional, vivimos en una era de convulsiones. Concluyó la guerra fría, creando una sensación de esperanza y oportunidad. Sin embargo, veinticinco años después, parece claro que se desperdició la oportunidad y las expectativas idílicas de los noventa dieron paso a un mundo de terrorismo, desequilibrios y renovado conflicto. Estados Unidos, la “hiper potencia," fue incapaz de mantener su liderazgo y, luego de dos costosas guerras y un retraimiento pobremente manejado, perdió su capacidad de mantener la paz internacional. El mundo comienza a parecerse a la segunda mitad del siglo XIX, era en la que se agotó el esquema de equilibrio de poder que había construido Metternich en 1815, y comenzamos a observar una renovada competencia entre potencias, nuevas fuentes de conflicto internacional y, sobre todo, una acusada ausencia de liderazgo. A menos que estas circunstancias cambien con la renovación de la presidencia estadounidense al inicio de 2017, los próximos años podrían ser de creciente conflictividad e incertidumbre. Se trata de un escenario que ningún mexicano vivo ha conocido.

Por lo que toca a la economía, no hay mucho de lo cual los mexicanos podamos estar orgullosos. El gobierno actual retornó a la era de déficit fiscal financiado con más impuestos y deuda, lo que no impidió que persistiera una patética tasa de crecimiento. Además, las medidas adoptadas tuvieron el efecto de generar incertidumbre y desconfianza. En lugar de crear condiciones para que la economía prosperara tanto como las circunstancias permitieran, seguimos aferrados a esquemas que hace tiempo probaron su obsolescencia.

Un escenario similar caracteriza al mundo político y de seguridad. En lugar de construir instituciones nuevas, sobre todo en materia de criminalidad, en Michoacán el gobierno optó por la vieja fórmula de cooptar a la oposición, sin entender que el crimen organizado no es una fuente de oposición política sino de corrosión que todo lo amenaza. El sexenio entra en su última fase no sólo sin haber resuelto el problema de seguridad, sino incluso sin mostrar que tiene claridad sobre la naturaleza del problema.

Todo esto ha generado un entorno de incredulidad, desconfianza y creciente incertidumbre. La ausencia de respuesta gubernamental ha incrementado su descrédito, afectando incluso la credibilidad de las reformas impulsadas por la administración. El encono social es creciente y el clima de confrontación, sin duda alimentado por intereses electorales, crece sin cesar. Se trata de un entorno que ningún gobierno quisiera vivir justo en antelación al inicio de la contienda por la sucesión.

Nos encontramos ante un escenario inédito, carente del tipo de liderazgo, nacional o internacional, que sería necesario para cimentar fuentes de certidumbre. Mucho peor, sin que exista el reconocimiento de que la confianza es clave para el desarrollo, sobre todo respecto a una buena parte de la sociedad que se siente amenazada, unos por problemas de seguridad física, otros por seguridad patrimonial y otros más por la concentración del poder, la persistencia de cotos de caza y acotamiento de las libertades políticas, económicas y personales.

Quizá el mayor de los errores que han sido prototípicos de varios de los gobiernos recientes (en México y en el mundo) reside en una lectura falaz de entrada. En México y en innumerables naciones, los electores han votado menos a favor de alguien que en contra de alguien más; esto en nada altera el resultado, pero entraña una realidad radicalmente distinta a la que un gobierno nuevo supone y que exige gran destreza para enfocar sus baterías. A la luz del mundo cambiante, incierto y precario que estamos viviendo, más vale que nuestro próximo gobierno entienda que tiene que resolver problemas elementales antes que imponer una visión dogmática y distante de la realidad.

América Economía (Chile)

 



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