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09/05/2014 | Apocalípticos e integrados

Ramón Perez- Maura

«Viene se salvó gracias a las condiciones meteorológicas. El verano de 1529 resultó ser el peor que se recordaba en Europa Central. Las implacables lluvias acrecieron los ríos, arrastraron carreteras y puentes y destruyeron las cosechas de las que dependían los turcos para su sostén durante su larga marcha.

 

Por ello, el viaje desde Constantinopla les llevó seis semanas más de lo previsto y el Sultán no logró plantar su tienda ante las murallas de la ciudad hasta el 27 de septiembre [de 1529]. En el mejor de los casos, sólo tenía un mes de campaña para forzar la rendición de una de las ciudades mejor defendidas de Europa. Tal y como sucedieron al fin las cosas, tuvo todavía menos tiempo de lo que preveía, pues, en lugar de tener un «veranillo de San Miguel», el clima empeoró: durante la segunda semana de octubre la lluvia dio paso a una sucesión de borrascas de nieve, y el 14 de octubre Solimán el Magnífico ordenó la retirada a sus cuarteles de invierno en Belgrado. La primavera siguiente, contra toda expectativa, decidió no reanudar sus ataques y regresó al Bósforo». («A History of Venice». John Julius Norwich. Penguin, 1982).

Así que va a resultar que las borrascas y el cambio climático de Obama ya impidieron a Solimán el Magnífico conquistar Viena en el siglo XVI. El clima lleva muchísimo tiempo cambiando –y siempre en la misma dirección, por cierto–. Y seguirá haciéndolo. Los obsesionados con el tema nos zahieren cada dos por tres con datos del tipo de «no había un junio tan seco desde 1927», «no había un noviembre tan frío desde 1914»... Y yo siempre me pregunto si no se darán cuenta de que en 1927 y en 1914 hubo tanta sequedad o tanto frío sin los elementos que ellos dicen ahora que provocan esas desgracias climáticas. No existía casi ninguno de los gérmenes que dicen que han provocado el «calentamiento global» y ya se daban condiciones supuestamente extremas.

En España, durante décadas, las estadísticas del clima se elaboraban con la información que remitían los parrocos de todo el país al Instituto Central Meteorológico, creado por don Francisco Giner de los Ríos en 1887. Y eso, el relato climatológico, debe de ser lo único en lo que los progres siguen dando crédito a los curas. Aunque yo me atrevo a decir que los párrocos debían tener otras prioridades antes que la de redactar el boletín meteorológico para Madrid. Pero ya se sabe, la Iglesia se emplea según cuándo y cómo.

La cascada de fracasos políticos del presidente Obama le lleva a retomar una promesa electoral que le sobrepasa. Y quienes seguimos siendo muy escépticos frente a los que denuncian el cambio hostil en el comportamiento de los elementos climatológicos sabemos que la única forma de no ser despreciados por nuestras posiciones es, evocando el ensayo de Umberto Eco, ser también apocalípticos e integrarnos sin discutir.

ABC (España)

 



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