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05/01/2014 | 30 años en perspectiva

Julio María Sanguinetti

Latinoamérica debe ahora diversificar sus exportaciones y mejorar la educación

 

Hace 30 años arrancaba en América del Sur la oleada democrática que revirtió las dictaduras de la década de los setenta. En una cálida mañana de 1983, Raúl Alfonsín asumió la presidencia de la República Argentina, luego de una vigorosa campaña en que logró, ante el asombro de la mayoría, vencer a un peronismo que parecía invulnerable. Hace poco compartimos con el sindicalista Hugo Moyano un acto de presentación de una biografía del líder radical y él contaba —con mucha gracia— la incredulidad con que los peronistas iban recibiendo, el día de la elección, los resultados electorales que mostraban para ellos un impensable resultado.

A Argentina le siguieron Uruguay y Brasil, en marzo de 1985, y luego Paraguay, en febrero de 1998, cuando el general Rodríguez, consuegro de Stroesner, destronó al viejo dictador y abrió el país a la vida democrática.

Todos esos procesos de transición fueron distintos. En Argentina, la derrota de las Malvinas sumergió al régimen militar en el oprobio y simplemente entregó el poder sin previa negociación. En Brasil, por una curiosa ingeniería política, muy lusitana, el cambio se produjo en el Parlamento que, con restricciones, funcionaba bajo la dictadura: se asoció el líder opositor, Tancredo Neves, con quien era entonces el líder de un partido oficialista y frustraron los planes del régimen de elegir un presidente complaciente. Así abrieron el país a la libertad. El fallecimiento de Tancredo Neves dio la oportunidad a José Sarney, quien presidió un Gobierno moderado y hasta hoy, en el Senado, sigue siendo fiel de la balanza.

En Uruguay, el proceso de apertura se abrió en 1980 con un histórico plebiscito en que fue derrotada la propuesta institucional del régimen militar y, tras cuatro años de arduas negociaciones, se produjo el retorno de la democracia a partir de marzo de 1985.

La apertura chilena fue muy peculiar: ocurrió en marzo de 1990, pero Pinochet, el golpista de 1973 y líder de una severísima dictadura, permaneció como comandante en jefe del Ejército hasta 1998. Algo análogo, aunque de signo político contrario, ocurrió en Nicaragua, porque abierta la elección por la revolución sandinista, triunfó la señora Violeta Chamorro, viuda de un periodista asesinado por el régimen de Somoza. Ella tuvo que gobernar con un ejército conducido por el sandinismo y, pese a todas las tensiones acumuladas, reencaminó al país.

Mirando esos 30 años en perspectiva, se registra el mejor momento democrático de la región. Salvo la arcaica excepción cubana, en todos lados se vota. Por supuesto, esa legitimidad de origen no nos conduce necesariamente a un Estado de derecho resplandeciente. Muchas grietas asoman en la construcción de ese edificio. Basta pensar en los agravios que la prensa libre ha sufrido en Venezuela, Ecuador y aun Argentina, para advertir cuánto falta todavía en la consolidación de nuestras democracias.

Un gran aliado internacional ha sido, desde 1989, el fin de la guerra fría, que estuvo detrás de todas las turbulencias anteriores. Solo fría entre las potencias, en América Latina fue ardiente y sangrienta, con guerrillas armadas y entrenadas por el bloque comunista y golpes de Estado prohijados o por lo menos bendecidos desde el Pentágono.

Hoy vivimos en otro mundo. Aun en lo económico, donde la globalización nos ha regalado una avalancha de crédito a bajo interés y una oleada de precios espectaculares para las materias primas y alimentos. México y Centroamérica, por su asociación comercial con EE UU, son quienes menos se beneficiaron de este favorable clima de negocios, pero el conjunto ha crecido a tasas desconocidas. Nunca los términos de intercambio entre exportaciones e importaciones nos fueron más favorables. Desgraciadamente hay países que, inexplicablemente, por su voluntarismo económico y su agresividad política, no terminan de estabilizarse, como es el caso argentino, que celebró los 30 años de democracia con una sangrienta ola de saqueos.

Todo indica que ese eufórico tiempo se irá moderando, pero no se avizoran crisis como las de 2008. El peligro está en que todos nuestros países siguen dependiendo de materias primas. Incluso Brasil, que desde los años 30 soñó ser potencia industrial, ha encontrado hoy en la agricultura (especialmente la soja, impulsada por China) el mayor factor de expansión.

La necesidad de diversificar las exportaciones y los rezagos generalizados en materia educativa, aparecen hoy como los desafíos prioritarios para toda la región. La pobreza ha bajado, pero la desigualdad permanece y si no se produce una mejoría sustantiva en el nivel de formación de la nueva generación, un renovado cuello de botella frustrará la posibilidad de alcanzar un estatus de país desarrollado que algunos —como Chile— creen avizorar.

Julio María Sanguinetti, abogado y periodista, fue presidente de Uruguay (1985-1990 y 1994-2000).

El País (Es) (España)

 


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