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08/11/2012 | EE.UU. 2012 - Análisis: El país del centro menguante

Eduardo Suárez

Barack Obama se presentó el martes como el hombre llamado a eliminar la crispación entre demócratas y republicanos. Pero en sus primeros cuatro años de mandato ha ocurrido justo lo contrario.Estados Unidos es hoy un país dividido en dos mitades irreconciliables.

 

A una le preocupan el déficit, el prestigio exterior y la inmigración ilegal y simpatiza con los ideales del Tea Party. La otra aboga por subir los impuestos a los ricos, proteger los derechos sociales y apuntalar la Sanidad pública.

Ni Obama ni sus rivales republicanos han cultivado un tono moderado en los últimos años. Pero la polarización no es un fenómeno coyuntural sino el fruto de un proceso que arrancó a finales de los años 60. Entonces demócratas y republicanos eran partidos muy similares, construidos en torno a lealtades atávicas y sin una ideología definida. Hoy son entidades monolíticas que castigan la disidencia y ofrecen programas muy distintos a los ciudadanos.

Los expertos no se ponen de acuerdo sobre la naturaleza del cambio. El politólogo Morris Fiorina dice que se trata de una radicalización ficticia que sólo afecta a las elites de los partidos y su hipótesis casa con dos cifras: un 45% de los estadounidenses se definen como moderados y sólo el 13% aprueban la labor de sus políticos. Pero un análisis más profundo sugiere que no son datos fiables. Sobre todo si tenemos en cuenta que quienes se definen como moderados son personas que no suelen votar o que simpatizan con uno de los dos grandes partidos.

Más reveladoras son las cifras que aporta el profesor Alan Abramovitz, que analiza la diferencia de popularidad de diversos presidentes entre simpatizantes demócratas y republicanos. Con Nixon la diferencia rondaba los 36 puntos. Unos 42 con Carter y 52 con Reagan. Hasta 55 puntos con Clinton y y 71 puntos con George W. Bush. Son números que desmienten la tesis de que la polarización es un invento de las élites y reflejan la radicalización creciente de la opinión pública.

Abramovitz es el autor del libro 'The Disappearing Center' (Yale, 2010). Una obra en la que dice que Estados Unidos es un país con un centro político menguante y unos extremos que crecen al calor de una minoría ruidosa e ilustrada. El politólogo no comparte la tesis de Fiorina y valora la polarización como un fenómeno agridulce. “Lejos de hacer que los ciudadanos desconecten de la política”, explica, “la polarización ha servido para hacer que el público se interese por ella. La participación electoral alcanzó en 2008 su nivel más alto en cuatro décadas. Hoy los estadounidenses están más politizados que nunca y eso sólo puede ser bueno para la democracia”.

Factores

Son muchos los factores que han conducido a la polarización. Pero su origen cabe encontrarlo a finales de los años 60 cuando los estados del Sur empezaron a abandonar a los demócratas. Hasta entonces el partido tenía dos almas: la de los patricios progresistas y la de los sureños ultraconservadores. Desde entonces se fue escorando hacia la izquierda y recogió el descontento de los republicanos moderados, a disgusto en un partido cada vez más conservador.

Así fue como se empezó a abrir una brecha que no ha dejado de aumentar y que ha propiciado comicios bien distintos. Las elecciones que ganó John F. Kennedy en 1960 fueron tan igualadas como las que perdió John F. Kerry en 2004. Pero ahí terminan las similitudes. En 1960 se decidieron por muy poco estados tan importantes como California, Nueva York o Texas. En 2004 los candidatos ganaron por más del 10% en 31 estados y sólo 12 se decidieron por menos de cinco puntos.

Las cifras reflejan las preferencias inamovibles de algunos territorios. Pero también que los votantes viven en comunidades y vecindarios cada vez más homogéneos. En su libro 'Party Polarization in Congress' (Cambridge, 2008), el politólogo Sean Theriault ofrece una cifra interesante. En 1976 un 26,8% de los ciudadanos vivía en un condado en el que un candidato había superado el 60% de los votos. En 2004 el porcentaje se había disparado hasta el 48%.

"La inmigración y los movimientos de la población han propiciado que los republicanos estén cada vez más rodeados de republicanos y los demócratas cada vez más rodeados de demócratas”, sentencia Abramovitz. Un detalle que ayuda a comprender los patrones del electorado estadounidense, donde los varones blancos, cristianos y casados casi siempre votan republicano y las mujeres, los negros, los ateos y los jóvenes tienen muchas posibilidades de votar demócrata. La polarización potencia la endogamia y la homogeneidad de los partidos.

Ted Kennedy le disputó la candidatura a Carter en 1980. Este año nadie se atrevió a desafiar a Obama. Pero el problema más grave de la polarización es que fomenta el atasco legislativo en el Congreso. Y no sólo porque en sus escaños se sientan políticos cada vez más radicales. También porque tienen cada vez menos incentivos para pactar: para ganar la reelección les basta con movilizar a sus incondicionales.

Habrá quien piense que la distancia ideológica entre demócratas y republicanos deja espacio para la irrupción en el centro de un tercer partido. Abramovitz no lo cree: “Es una ironía. Pero la polarización hace más difícil el éxito de un candidato independiente. Con dos partidos tan distintos se antoja difícil que los votantes se arriesguen a malgastar su voto en alguien así. El riesgo de ayudar a elegir al rival es demasiado grande”.

El Mundo (España)

 


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