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19/03/2006 | Bielorrusia

Jean Meyer

Hoy 19 de marzo de 2006, el presidente Alexander Lukashenko consigue su tercer mandato presidencial. Desde 1994 dirige, con mano de hierro, su pequeño país (9.5 millones de habitantes, 200 mil kilómetros cuadrados) situado entre Rusia, Polonia, Lituania y Ucrania.

 

Como la Constitución sólo permitía una reelección, como la de Rusia, y veremos si no se remienda de aquí a 2008 para abrir la vía a un tercer periodo para el presidente Putin. Por lo mismo, en 2004, Lukashenko organizó un referéndum para que el pueblo anulara las disposiciones constitucionales que le cerraban el paso. En tranquila ilegalidad, puesto que el artículo 112 del Código Electoral proclama que ninguna cuestión relativa a la elección del presidente puede ser sometida al voto directo del electorado. El 17 de octubre de 2004 votó 79% de los sujetos de Lukashenko a favor de la reforma, con una participación electoral de 90%. Por lo menos esas son las cifras oficiales, después de una campaña muy agresiva en todos los medios y del silenciamiento absoluto de una oposición cuyos principales líderes se encontraban en exilio.

Ahora Lukashenko puede reelegirse hasta su muerte, para "cumplir la voluntad del pueblo". El mismo 17 de octubre de 2004 el "pueblo" eligió un nuevo Congreso totalmente entregado al gran líder patriótico. La jornada electoral presidencial de hoy es una mera formalidad para ratificar un presidente vitalicio que parece haber eliminado cualquier posibilidad de resistencia. En 1999-2000 "desaparecieron" definitivamente varios dirigentes políticos susceptibles de derrotarlo, así como varios empresarios y periodistas. A seis años de distancia se vale decir que fueron eliminados físicamente. Hace años que los medios masivos de comunicación se encuentran bajo absoluto control y que la policía política asegura una vigilancia de cada instante. Todas las denuncias y protestas de la vecina Unión Europea no han servido de nada; tampoco el apoyo de Polonia y de Lituania a los exiliados bielorrusos. El único efecto ha sido el encierro total del régimen sobre sí mismo, así como sus esfuerzos exitosos para cortar todo contacto de la población con el Occidente. Frente al autócrata, apenas si sobrevive una oposición totalmente marginada, hija de la disidencia contra el sistema soviético, preocupada de democracia y deseosa de integración a la Unión Europea. Sin embargo Lukashenko sintió la necesidad de arrestar en marzo al candidato opositor Alexander Kozulin, de clausurar al día siguiente el pequeño diario de oposición Zgoda, de molestar de mil maneras a Alexander Milinkevich, otro líder opositor.

Históricamente no hubo Estado bielorruso antes de la disolución de la URSS en 1991. Como sus primos ucranianos, los bielorrusos son eslavos situados sobre la frontera cultural y religiosa entre Europa y Rusia; sus antepasados vivieron durante siglos en la confederación formada por Lituania y Polonia que iba del Báltico al mar Negro.

Poco a poco pasaron a ser sujetos del zar ruso quien emprendió a partir de 1840 una política de rusificación, continuada con bastante éxito por los dirigentes soviéticos. Atrapados entre dos nacionalismos agresivos, el ruso y el polaco, los bielorrusos, como los ucranianos, experimentan la independencia desde apenas 15 años. Entre 1991 y 1994 el presidente Shushkevich siguió una línea nacionalista pero la terrible crisis económica de toda la ex URSS abonó el terreno para el triunfo limpio de Lukashenko en 1994 con 80% de los votos. Su programa: la reunión con Rusia. Entre 1995 y 1999, él y Yeltsin firmaron muchos acuerdos y hasta la creación de la Unión entre los dos estados soberanos, unión que, hasta la fecha no se ha realizado.

Lukashenko empezó como restaurador de una línea pro Moscú que prolongaba la época soviética y tenía una lógica económica: en 1991 Bielorrusia exportaba a 93% adentro de la URSS; en 2006 Rusia es su primer cliente y su primer vendedor, le proporciona toda su energía a un precio muy inferior al del mercado mundial. Así en 1995 le quitó al bielorruso su nuevo estatuto de lengua oficial única e impuso el ruso como segunda lengua de Estado.

Curiosamente, desde la llegada de Vladimir Putin al Kremlin en 2000, las relaciones se enfriaron, por lo menos hasta la "revolución naranja" de Ucrania (invierno 2004-2005), resentida como una amenaza seria por los dos líderes. Una explicación posible es que Lukashenko, en tiempos del débil Yeltsin, llegó a imaginarse como presidente de la Unión de las repúblicas rusa y bielorrusa; bajo la presidencia incontestable de Putin, se hubiera visto reducido a la condición de gobernador del sujeto número 90 de la Federación de Rusia. Otra explicación es su legítima resistencia contra las pretensiones de Gazprom, la compañía estatal rusa que monopoliza el gas y su transporte. Gazprom quería, sigue queriendo y, poco a poco, está logrando el control de todos los gasoductos del antiguo espacio soviético. Entre 2002 y 2004, en varias ocasiones, Moscú cerró la llave del gas, dejando a los bielorrusos en el frío y paralizando su economía.

Lukashenko llegó a temer una revolución palaciega organizada por Moscú y se volvió un ferviente nacionalista bielorruso, ideología de circunstancia, que le ganó una innegable popularidad. Al mismo tiempo aprovechó la "revolución naranja" que en Ucrania derrotó al candidato de Putin a la presidencia, para presentarse como el fiel aliado de Moscú. Eso explica que no haya sido afectado por la "guerra del gas" (diciembre 2005-enero 2006). Mientras Moscú vende ahora a los estados "inamistosos" su gas a precios que varían entre 110 y 230 dólares los mil metros cúbicos, Minsk los sigue recibiendo al precio regalado de. 47 dólares.

Parece, pero no lo sabemos porque los términos del acuerdo no han sido publicados, que ese regalo tiene como contraparte la entrada de Gazprom en la sociedad gasera estatal bielorrusa. Por algo los amargados ucranianos hablan de gazputin en un juego de palabras con el nombre del famoso Rasputin. No cabe duda que existe un chantaje ruso con el gas y que eso influirá en las elecciones legislativas de la vecina Ucrania, el 26 de marzo próximo.

jean.meyer@cide.edu  

Profesor investigador del CIDE

El Universal (México)

 


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