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11/08/2009 | EE.UU. - Barack Obama, el fascinador

Stephan Richter

Barack Obama ha impactado a muchos estadounidenses —y al mundo en general— con sus impresionantes apariciones públicas y su precisa comprensión de las políticas a lo largo de una amplia gama de asuntos.

 

Sin embargo, conforme la fascinación empieza a desgastarse, surgen dos interrogantes. La primera es: ¿cuán industrioso es el hombre cuya inicial de en medio durante la campaña presidencial era C —como en cambio—? La segunda, sin mencionar los indiscutibles talentos que él tiene, es: ¿está el sistema político estadounidense establecido de modo que al final de cuentas siempre lo someterá?

Veamos la legislación ambientalista “cap-and-trade” [la fijación de un tope de emisiones y la transferencia de derechos de emisión entre agentes], que es de importancia esencial si uno piensa en la conferencia de Copenhague. En ausencia de un enfoque convincente y valiente por parte de Estados Unidos, es altamente improbable que las principales potencias emergentes —la India y China— firmen un compromiso significativo para reducir las emisiones contaminantes.

Si se toma en cuenta el débil compromiso del progresista comité de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, no tienen buen aspecto las posibilidades para la Conferencia sobre Cambio Climático de la ONU en diciembre del 2009.

La preocupación ahora es que el mismo patrón se repetirá en la reforma de los mercados financieros y en la reforma de la atención médica. En esencia se trata de esto: el presidente y su equipo, con considerable fanfarria, anuncian gloriosas metas que el resto del mundo recibe con beneplácito.

Se siente profundamente feliz de tener un hombre muy ilustrado —y modernizante— en la Casa Blanca. Los estadounidenses, en general, piensan de la misma forma. El único problema es que nadie mira con suficiente detenimiento la diferencia entre el galante anuncio y la pisoteada realidad de lo que en última instancia se aprueba como legislación.

En cierto momento, el mundo se va a preguntar si no hay una base lógica más bien cínica en este proceso: una doble apuesta al olvido o la condescendencia, o a ambas. A los estadounidenses les gusta su política envuelta en orgullosos pronunciamientos: un deseo que Obama sabe cómo complacer.

Pero también se dan cuenta que la implementación de políticas innovadoras o de avanzada en, por ejemplo, eficiencia energética, conlleva un costo. Y en ese frente, puede que el Congreso esencialmente especule; es decir, que acepte algo que tendrá un impacto bastante débil en términos de cambio real (y los costos relacionados con eso).

Por supuesto, el hecho de que administraciones anteriores, incluyendo la de Clinton, a menudo hayan escurrido el bulto en asuntos cruciales, tales como cambio climático, significa que los costos de ajuste, incorporados tarde, sean mucho más altos.

Eso no calza con las realidades del Congreso, que en un grado sorprendente concluyen con decisiones que representan el mínimo común denominador. Tal es el poder de los grupos de presión.

La otra dimensión en la que la doble apuesta del equipo de Obama se manifiesta —olvido, condescendencia, o ambas— es exterior. Frente a la opción de aferrarse a la imagen de Obama como el corajudo agente de cambio real o como la alternativa, el equipo se inclina por la retórica al darse cuenta de que ésta es mucho mejor que sus logros,

Tan frustrante como esto pueda ser, la opción dos sería deprimente. Conllevaría aceptar que el cambio para el que la sociedad estadounidense está preparada no es impresionante, ni siquiera si las reformas son promovidas por quien muchos consideran uno de los políticos modernos más talentosos.

Aceptar esta realidad implicaría reconocer a Estados Unidos como una potencia del statu quo —y ya no más como una fuerza modernizadora—.

En lo que a Obama concierne, hay señales claras de que él está concibiendo su propio papel al estilo del título que dan a los líderes de las actividades sociales en los centros vacacionales de consorcio francés Club Med: Gentil Organisateur.

Es decir, un amable o simpático organizador que tiene a cargo hacer la experiencia de los huéspedes tan agradable y alegre como sea posible.

El hecho de que él logre discursos tan severos, llenos de admonición y de llamados a un futuro más elevado, sólo agrega al encanto. ¿Por qué? Porque su retórica e imaginaria son tan poderosas que se sienten casi como si fueran reales.

En pocas palabras, el discurso se vuelve un mundo de realidad virtual donde, por un momento, hacemos frente a todas las cosas difíciles, nos volvemos verdaderamente virtuosos y, después, por los poderes de que están investidos el Congreso y los grupos de presión, rápidamente nos deslizamos de vuelta a la mucho menos elevada realidad.

Aceptar un mundo donde no estadounidenses son los verdaderos agentes de cambio requerirá un gran ajuste de parte de muchos. Y es justo decir que va a resultar una sorpresa tanto para los estadounidenses como para los que no lo son.

Pero es posible que, conforme la fascinación de Obama se erosione, él se convierta en el no deseado (e inesperado) sello de su presidencia.

La única interrogante que todavía está sin responder es si este cambio profundo se debe a la colosal gallardía de Obama, los avasallantes poderes del sistema de Washington, o una combinación de los dos. Manténgase en sintonía.

**Presidente de The Globalist Research Center

El Universal (México)

 


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