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25/05/2005 | La "cultura del miedo", una estrategia clásica de la izquierda

Emilio J. Cárdenas

"Con entereza y dignidad, son muchos los cubanos que –a pesar de las presiones y las masivas encarcelaciones– están trabajando para "vencer el miedo" y hacer oír sus voces."

 

Pocos parecen haber advertido el porqué de la llamativa coincidencia del mensaje final de Juan Pablo II con el inicial de Benedicto XVI acerca de la necesidad de "vencer el miedo". Pero basta una mirada sobre la Cuba actual para poder comprenderlo.

Desde hace muchos meses, cada domingo en ciudad de La Habana, tres docenas de mujeres, impecablemente vestidas de blanco, se encuentran en la iglesia de Santa Rita para allí rezar piadosamente la Santa Misa.

Terminada ésta, salen en grupo y caminan, juntas, en silencio, una docena de cuadras, hasta una plaza aledaña en donde se disuelven ordenadamente. A la vista de todos.

Son las llamadas: "Damas de Blanco". No profieren gritos, ni llevan carteles. No recurren al insulto. No gritan, ni vomitan resentimientos.

Hacen lo suyo, en respetuoso silencio. Con la enorme imagen de dignidad que ciertamente las caracteriza.

Son las valientes esposas de los 75 presos políticos que, encarcelados hace algunos meses, están poblando las inhumanas cárceles de Fidel Castro por, simplemente, animarse a disentir y a hacerlo públicamente.

Por el "delito de opinión", entonces.

Sin que sus Derechos Humanos, ni sus libertades civiles, valgan un céntimo en una tierra donde el comunismo los pisotea abierta y sistemáticamente, sin que los "progresistas" del mundo susurren siquiera una protesta. Porque todo lo que hace Fidel es "correcto", automáticamente. Para ellos, no hay espacio alguno para la crítica. Ni existen errores. Su visión "progresista" de la "justicia" es siempre subjetiva y, desde luego, absolutamente selectiva.

Pero la verdad, está claro, es muy otra. Es la que transmiten con su digno silencio las "Damas de Blanco" de la querida Cuba.

Fidel Castro trató –sin éxito– de desbandarlas el pasado Domingo de Ramos. Para ello mandó a sus secuaces. A sus "piqueteras adictas". A sus grupos de choque, entonces. O como se los quiera llamar. En este caso particular, a unas 150 vociferantes e insultantes mujeres, del tipo que nosotros conocemos bien.

Ellas produjeron un cordón de histeria, a través del cual, sin inmutarse, caminaron –siempre imperturbablemente dignas– las "Damas de Blanco". Pese a los insultos; más allá de los agravios; sin perjuicio de los manoseos y de las vulgares escupidas; en verdad, pese a todo. Y el episodio terminó siendo un desastre para el castrismo. Razón por la cual nunca más lo repitió.

El próximo 20 de mayo, las 365 organizaciones disidentes de Cuba, pese a los riesgos y al terror, celebrarán –en La Habana– una "Asamblea para promover la sociedad civil en Cuba". Venciendo para ello al miedo. Como sugieren nuestros Pontífices.

En rigor, la estrategia de los disidentes, encabezados informalmente por el infatigable Osvaldo Payá, pasa ahora por el activismo en grupos pequeños. Muchos de ellos, que multipliquen su impacto en toda la isla. Para vencer así a la "cultura del miedo" que se impone desde el poder. Porque recuerdan que, en su visita a Cuba, Juan Pablo II los instó una y otra vez a "vencer al miedo" y a no dejarse paralizar por las amenazas.

Cabe recordar que, entre los que están detenidos, aparece un joven médico cubano, de color, Oscar Elías Biscet. Su crimen imperdonable fue el de animarse a denunciar que el régimen de Fidel Castro utiliza, entre otras prácticas, una sustancia denominada Rivanol para abortar los casos de gravidez avanzada. Aun en niñas de 12 años. Esto es, para él, simplemente quitar la vida a seres inocentes, sin asistencia médica para ellos.

Biscet primero perdió su trabajo. Luego, su casa. Enseguida, él y su familia fueron atacados por los grupos de matones al servicio del régimen. El final, previsible, fue la prisión, que no ha doblegado sino fortalecido sus convicciones. Pese a los 25 años de prisión a que fuera condenado. El resto de sus días, cabe suponer.

Para doblegarlo, lo tienen en confinamiento solitario, en una estrecha celda, sin ventanas, ni baño. Pero el espíritu de este médico afro-cubano no se ha quebrado. Sus familiares, que lo certifican, tampoco. No tiene miedo. Ha podido vencerlo. Todo un ejemplo para quienes allí o aquí sienten, de pronto, miedo. Por la razón que sea.

Diario Exterior (España)

 



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